Joan Maragall

Carta a una señora. Joan Maragall

Especial Joan Maragall (1860-1911)

 

(artícle publicat al Diario de Barcelona. 9-XI-1911)

Usted va siempre por extremos, señora; pues así me reprende por místico y despreciador de esta vida a poco que yo insista en su valor espiritual orientándola hacia el más allá, como me niega la hermosura que Dios ha puesto en ella y que nos deja presentir su buen fin, aun en medio del mal y del dolor que le son inseparables, En el primer caso me exhorta a tratar con gran atención y preferencia los intereses materiales, la salud del cuerpo, el bienestar y las riquezas que pueden procurarnos la satisfacción de muchas necesidades y apetitos; en el segundo se revuelve usted contra toda tolerancia del mal y aceptación del dolor, y casi llega a la conclusión de que esta vida es un mal en sí y de que más valiera no haber nacido. Y a mi me parece usted tan pagana en el primer caso como en el segundo, No absolutamente pagana en ninguno de los dos, porque bien conozco la firmeza de su adhesión a la fe cristiana y cómo se aplica a templar uno y otro estado de su espíritu con las prácticas religiosas que de aquella se derivan; pero sí relativamente pagana en cuanto dicha adhesión y sus prácticas más parecen en usted una actitud violenta de defensa contra los asaltos de aquel espíritu de paganismo que siente vivir en usted bien a su pesar, que no un natural y efusivo despliegue de un sentido verdaderamente cristiano de la vida.
[…] Tal como ha llegado a nosotros, esa contraposición entre Dios y el mundo, induce a muchos hombres y a muchas mujeres a creer necesaria cierta opción entre la vida religiosa y la vida mundana; o si no, en una alternación entre una y otra. […] Esa escisión a mí me parece que es fuente de muchos males porque es precisamente la negación del espíritu del Evangelio. Es un error funesto del cual hemos de pedir continuamente a Dios y a su Iglesia que nos libren.

 

 

Esta escisión es la que induce a creer al hombre que vive de su trabajo, que todo esto de dios es cosa de curas y beatas; es la que induce al acumulador de millones y placeres a creerse en paz con Dios con donar en vida o en muerte un millón para un asilo o para un templo […] Y Dios, sin embargo, quiere entrar en el trabajo penoso, y en los millones del banquero (esto es, en el modo de tomarlos y de darlos en el mundo mismo), y en el dolor que nos aguarda en casa, y en el placer de partir el pan de cada día a nuestros hijos, y en el trato que damos a nuestros amigos y nuestros enemigos, y en el ejercicio de nuestra profesión, y en todo puede Dios esta, en todo lo del mundo.

[…] De modo que esta contraposición entre Dios y el mundo no estará sino hasta donde nosotros queramos. En cualquier parte de él donde nosotros queramos recibir a Dios, allí estará Dios y cesará la contraposición. Si sé usar de mi placer de tal modo que en él quepa Dios, en aquella parte de mi mundo estará Dios y ya no será enemiga suya; y si sé ponerlo en mi dolor, allí estará; en mi lucro, allí estará, en mi tedio, en mi flojedad, en mi desesperación, y cada una de estas cosas dejará de ser tal al unirse con Dios, Así se unifica la vida, así se hace el mudo amigo de Dios, así muere la contraposición entre lo terrenal y lo eterno, haciéndose uno en Dios.
Y todo lo demás, sin esto, a mi me parece paganismo, o una actitud violenta de defensa por adhesión superficial a la fe y a sus prácticas.

Así me he esforzado de persuadir a usted, señora, de que cuando digo que la vida es hermosa no debe usted tomarme por un epicúreo; y de que cuando digo de orientarla hacia su más allá, no debe usted tomarme por un asceta; y de que cuando digo que todo es uno, tampoco debe tomarme por un panteísta. Porque yo sólo quiero ser cristiano, y como conozco me que falta mucho para ello, me esfuerzo en vivir cuanto puedo en Cristo; y como siento la solidaridad de las almas y me parece ver muchas dormidas, quisiera despertar alguna.