Juan Diego Ortiz Acosta

Crisi axiològica i canvi valoral a Mèxic. Perspectives per a la construcció d’un subjete social ètic.

Juan Diego Ortíz doctor en Filosofia, és director del Centro de Estudios de Religión y Sociedad adscrit al Centro Universitario de Ciencias Sociales y Humanidades de la Universidad de Guadalajara, Guadalajara, México

VIII Encontre Internacional CETR 2012

Introducción

Desde este espacio se comparte la tesis de que la actual crisis axiológica y el cambio valoral de las sociedades contemporáneas representa la raíz de todas las crisis que sufre nuestro mundo. Como sabemos, detrás de toda crisis económica, política, social, ambiental, religiosa, podemos encontrar una diversidad de actos humanos que atentan contra la convivencia social guiados por el afán de poder, de dominio y de lucro que terminan por imponer las condiciones de cómo nos relacionamos tanto en el ámbito personal, social, nacional e internacional.

Esos actos que causan conflicto y que son motivados por valoraciones que atentan contra el Otro (persona, comunidad, clase social, raza, credo, pueblo, cultura, nación) son el núcleo de la crisis axiológica, que si bien no es nueva porque siempre han existido relaciones de dominación, sí exige sin embargo, una profunda revisión con el propósito de contribuir en la construcción de nuevos saberes y prácticas que cambien esa antropología de poder por un proceso de humanización donde se reconozca el profundo valor de la vida como totalidad con sus intrínsecas relaciones de coexistencia[1]. Hasta el momento no hemos terminado de entender que la existencia humana depende de la relación con los demás, de la religación con el mundo, con la naturaleza y con la espiritualidad.

En este sentido, ni las tecnociencias, ni el modelo económico globalizado, ni la influencia de los medios de comunicación, ni el predominio del poder, deben ser quienes sigan condicionando el entramado de las relaciones humanas. La tarea no es nada sencilla toda vez que la ideología neoliberal ha venido imponiendo nuevas valoraciones y valores, comenzando por desarticular la dimensión social comunitaria de la persona humana, reduciéndola sólo a su estatus de individuo que tiene que luchar por su existencia a costa de lo que sea, incluyendo la violación de los derechos de los demás. Esta ideología del individualismo, del egoísmo, de la ambición desmedida, de la dominación, pretende constituirse en el nuevo marco axiológico de una sociedad fragmentada que va perdiendo paulatinamente su naturaleza relacional.

Ante lo anterior, no queda más que acelerar la reflexión sobre nuevos conocimientos y prácticas axiológicas, las cuales pueden ir en la perspectiva de fomentar la construcción de un sujeto social ético que pueda tener la capacidad de advertir y transformar las tendencias autodestructivas del tejido social, de las relaciones humanas e incluso del propio medio ambiente. Esto supone que dicho sujeto social podría asumir una nueva subjetividad que le ayudará a reconocer los riesgos que padece la sociedad contemporánea, que actuará en relación a causas comunes y que contribuirá en el fortalecimiento de la cohesión social.

El presente trabajo aborda los temas anteriores teniendo como referencia el contexto nacional de lo que está sucediendo en México, particularmente a partir de tres problemas lacerantes que están afectando el desarrollo del país. Nos referimos a la violencia, la corrupción y la pobreza, asuntos que son una manifestación de la actual crisis axiológica y el cambio valoral, y que hoy tienen un enorme impacto en amplios sectores de la sociedad.  El ensayo es tan sólo un bosquejo que pretende mostrar el tema desde un contexto particular, por lo que será necesario presentar también una serie de datos para ilustrar el problema de estudio.

El trabajo tiene entonces una estructura que parte del reconocimiento de una crisis axiológica y un cambio valoral, ante lo cual se resalta la importancia de favorecer el desarrollo de un sujeto social ético capaz de ir contrarrestando esos y otros fenómenos de carácter moral procurando la cohesión social de la sociedad. Finalmente, se analiza la posibilidad de que dicho sujeto social pueda transitar hacia la cualidad humana profunda, o en su caso, que el impulso de la cualidad humana profunda pueda contribuir en el desarrollo de dicho sujeto social ético.

 

Violencia, corrupción y pobreza. Un trasfondo de carácter ético moral

La sociedad y el Estado mexicano atraviesan por serias dificultades de tipo ético moral que han profundizado una serie de problemas sociales que aquejan a gran parte de la población. Desde luego que dicha situación no es exclusiva de nuestro país, sino que esto se advierte también en casi todas las sociedades contemporáneas, ninguna escapa a ese resquebrajamiento moral que es analizado por todas partes del mundo tratando de explicar causas y consecuencias. Sin embargo, es importante reconocer que México ha llamado la atención a nivel internacional por el creciente fenómeno de la violencia, el cual se ha tornado incontrolable y parece enganchar cada día más a cientos de personas que han hecho de esa actividad su modus vivendi y han encontrado ahí una nueva identidad que les proporciona reconocimiento.

México es parte del proceso de globalización actual y sabemos que dicho fenómeno se ha impuesto en todo el orbe a través de relaciones de dominación, relaciones que representan una crisis ética porque se manifiestan a través de ciertas formas de sometimiento que afectan particularmente a los países de la semiperiferia y la periferia del sistema capitalista. Aunque esa crisis también impacta a ciertos sectores de la población de los países centrales y hegemónicos del sistema mundo[2]. Estamos hablando de una globalización que se ha impuesto, que uniformiza las culturas, que no respeta derechos humanos, que sólo permite la libre circulación de mercancías y capitales de un país a otro, pero no de personas, es una globalización que además acentúa desigualdades. Y es precisamente esa globalización la que impera en México y la que ha profundizado, entre otros factores, la crisis axiológica.

Con lo anterior, no estamos adelantando que los problemas de nuestro país tengan su origen exclusivamente en el sistema global, pero sí afirmamos que la crisis tiene un carácter estructural, por lo que tiene una relación con factores internos pero también externos. Muchos de los problemas se derivan de las

políticas impuestas desde los centros de poder, pero otros son resultado de nuestro pobre avance educativo y cultural, lo que obliga a reforzar la estructura educacional con un enfoque no sólo centrado en el conocimiento y el dominio de la técnica, sino también atendiendo las necesidades éticas, que serán las que armonicen los intereses sociales con los intereses individuales, cuestión clave en un país donde se viene anteponiendo el interés privado sobre el interés colectivo.

Violencia, corrupción y pobreza son tres de los problemas sociales más acuciantes que tenemos, y en ellos podemos encontrar un trasfondo de carácter ético moral. Los tres casos son fenómenos donde podemos localizar una causa y una consecuencia, uno o varios victimarios y muchas víctimas, una relación de dominación y una población inerme, un acto de injusticia y un acto de resignación. Es decir, violencia, corrupción y pobreza entrañan una relación entre diferentes actores y entraña un vínculo de sometimiento y de maldad, por lo que requieren un tratamiento no sólo sociológico que tiene que ver con las estructuras que posibilitan esos problemas sociales, sino también dichos conflictos tienen que ser vistos desde la óptica de la ética, es decir, desde el análisis del comportamiento moral de los hombres que viven en esa sociedad, o sea, estudiando esos actos humanos conscientes y voluntarios que afectan a otros[3].

         Violencia. En este campo los datos son alarmantes, revisaremos al respecto un informe reciente elaborado a través del llamado Índice de Víctimas Visibles e Invisibles (IVVI) de delitos graves. El estudio lo hizo la organización civil México Evalúa a través de datos oficiales del gobierno federal, particularmente del Sistema Nacional de Seguridad Pública. Según este estudio que comprende el periodo diciembre 2006 a marzo de 2012[4], es decir, el sexenio del presidente Felipe Calderón, se registraron 88 mil 361 homicidios dolosos, o sea, homicidios intencionales. Lo anterior representa que se han cometido un promedio de 1402 homicidios intencionales por mes.

Pero además la violencia también se ha manifestado a través de los secuestros de personas, por lo que el estudio revela que en el periodo referido se

reportaron 5 mil 478 secuestros, es decir, 87 secuestros al mes, muchos de los cuales terminan fatalmente. El reporte también da cuenta de las quejas por extorsión directa o vía telefónica sufridas por la población, las cuales suman 26 mil 853, que equivalen a 426 por mes. Estas extorsiones no sólo afectan a las clases sociales más acomodadas, sino también se practican contra gente pobre y de la clase media.

Según Leticia Ramírez de Alba, responsable del IVVI, habría que considerar que no sólo las víctimas visibles fueron afectadas, sino también el entorno familiar de estas (víctimas invisibles), por lo que señala que en los últimos seis años han sido impactadas, de acuerdo a su metodología, un total de 440 mil personas por el delito de homicidio, secuestro y extorsión. La investigadora revela que en los últimos 15 años los delitos de alto impacto se han incrementado, lo que demuestra que los mexicanos corren mayores riesgos ante este tipo de violencia.

Aquí cabe precisar que la mayoría de los delitos anteriores tienen relación con el crimen organizado, es decir, con el narcotráfico y sus distintas formas de violencia, por lo que dicho fenómeno resulta importante para el análisis, dada la cantidad de personas que día a día se van involucrando en esas actividades. Los cárteles y las distintas bandas que operan por todo el territorio nacional han tenido un crecimiento desbordado a partir de la capa joven de la población, aquella que oscila entre los 20 y 35 años de edad, quienes han nutrido a dichos grupos o han dado origen a nuevos.

Desde luego que hay una explicación a la situación anterior, ya que en México, según cifras oficiales, existen alrededor de 7 millones 820 mil jóvenes que ni estudian ni trabajan[5], los llamados ninis, debido fundamentalmente a la falta de oportunidades en el mercado de trabajo y la educación. En términos porcentuales los casi 8 millones de ninis equivalen al 21. 6 por ciento del total de jóvenes del país, lo que representan “una presa fácil de la violencia, las adicciones y el crimen organizado, además de ser un peligro para la cohesión social”[6]. Es esta capa joven la que se ha ido involucrando en el crimen y la que comete cotidianamente los delitos antes descritos.

Corrupción. Por otra parte, el asunto de la corrupción es un problema que también se ha expandido en México, sobre todo porque se encuentra presente tanto en el ámbito público como en el privado. La corrupción es cosa del Estado y sus instituciones, pero también de la empresa y de los ciudadanos. Tiene su manifestación más notoria en la actuación de la clase política, particularmente en el poder judicial en todos los niveles de gobierno, donde se conjuga con otro problema igual de grave que es la impunidad. En este ámbito de los poderes de justicia fuimos testigos recientemente de un fallo escandaloso relacionado con las elecciones presidenciales pasadas, en donde a pesar de que la izquierda presentó una multitud de pruebas sobre el fraude electoral que cometió el PRI a través de la compra del voto y rebasando los gastos de campaña autorizados, el tribunal electoral desechó todas las pruebas y validó la elección a favor del que será el próximo presidente. Ese fallo judicial fue a todas luces ilegal y demostró una vez más las alianzas y los abusos de poder en detrimento del respeto a las leyes.

La corrupción ha terminado por filtrarse en todo el tejido político, económico y social del país, no hay espacio institucional y social donde no se presenten casos de abusos de poder desde la esfera pública y privada para beneficio propio, donde los ciudadanos terminan por ser víctimas pero también, en muchos casos, parte activa del soborno. La economía mexicana está marcada también por prácticas de corrupción, por ejemplo, un estudio titulado La corrupción-gobierno-empresas en México[7] establece que 62 por ciento de las compañías que operan en México admiten que destinan una porción de sus ingresos a pagar sobornos a funcionarios públicos para obtener algún beneficio. Según algunas estimaciones,  los actos de corrupción le cuestan a México alrededor de 30 mil millones de dólares anuales, lo que representa entre 3 y 4 por ciento del Producto Interno Bruto, algo así como el 10 por ciento de los impuestos recaudados en el país.

Los datos sobre nuestra posición internacional en el campo de la corrupción muestran el tamaño del problema: en 2011 el país fue calificado como el más corrupto de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE). Además fue ubicado en la posición 100 de 183 países considerados en el Índice de Percepción de la Corrupción 2011 de Transparencia Internacional (TI). El Índice de Percepción de la Corrupción utiliza datos de 17 encuestas que analizan factores como la aplicación de leyes contra la corrupción, acceso a la información y conflictos de interés. Como decíamos, corrupción e impunidad son una mezcla que ha producido una cultura de la ilegalidad en el país, o si se quiere ver de otro modo, son dos prácticas cotidianas que atentan contra el estado de derecho.

Pobreza. En este tema es necesario también documentar el delicado problema de las carencias sociales. Según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), del gobierno mexicano, en nuestro país hay  52 millones de personas que viven en la pobreza[8], lo que representa un 46.2 por ciento de la población total, es decir, casi la mitad de los mexicanos son pobres. Esta pobreza es el indicador principal de la desigualdad social que priva en la sociedad, lo que también se puede documentar citando los siguientes datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía e Informática (INEGI) que dio a conocer el rector de la UNAM, José Narro Robles: mientras el uno por ciento de los mexicanos más acaudalados acumula 8.1 por ciento del total de ingresos disponibles en el país, el uno por ciento de los más pobres sólo obtiene el 0.07 por ciento, que equivale a  115 veces de diferencia[9].

Los dos fenómenos, pobreza y desigualdad tienen relación con dos problemas centrales de la economía mexicana, el desempleo y los bajos ingresos de los trabajadores. Sobre el primero se puede señalar que en el primer trimestre de 2011, no tenía trabajo 5.6 por ciento de la población en condiciones de laborar[10]; mientras en relación a los ingresos los datos indican que el ingreso anual por habitante se situaba en 2011 en 8 mil 890 dólares[11], o sea, 741 dólares por mes, el equivalente a 563 euros mensuales. Esto como promedio de toda la población que trabaja, incluyendo las capas bajas, medias y altas de la sociedad. Pero si se promedian los ingresos de los trabajadores con menores ingresos, estos sólo alcanzan un promedio inferior o igual a 4,724 dólares anuales, o sea, 394 por mes, que en euros equivalen a 299 euros mensuales. Situación precaria que facilita la reproducción de la pobreza.

Pues bien, hasta aquí hemos dado cuenta de tres problemas fundamentales que tiene México. Los datos ilustran el tamaño del conflicto social, el cual nos lleva a comprender que se trata de un asunto relacionado con factores internos y externos de la dinámica del país, pero que la raíz la podemos localizar en la crisis axiológica de los grupos de poder y de la población misma, crisis que será analizada en las siguientes líneas a partir del cambio valoral que se percibe en la sociedad contemporánea.

 

Crisis axiológica y cambio valoral

La sociedad mexicana se ha convertido en una sociedad del riesgo, como lo apunta Beck[12]. “La ganancia de poder del progreso técnico económico se ve eclipsada cada vez más por la producción de riesgos”.  El prometido progreso de la globalización económica se ha concentrado en pocas manos, y en contraposición, ha surgido una extensa variedad de problemas (violencia, corrupción, pobreza, destrucción) que han derivado en un conjunto de riesgos para  la sociedad. Podemos asegurar, en el caso mexicano, que varios problemas se han salido de control y por ello se han generado actitudes de agresión, de inseguridad, de temor y de desconfianza. El Estado mexicano es un Estado fallido que no puede controlar los conflictos, mientras la sociedad ha sido arrastrada por dichos problemas, por lo que hoy, lo único que quieren los grupos de poder y los ciudadanos es sobrevivir a cualquier costo sin importar si se violentan valores, leyes o derechos de los demás.

Por ello se afirma que la sociedad contemporánea atraviesa por una crisis axiológica pero también por un cambio valoral. En el caso de la crisis axiológica, los grupos de poder global y nacionales, así como importantes sectores de la sociedad, han tomado la determinación de apartarse de aquellos valores que enseñaron las religiones, las filosofías y el civismo, tales como: el bien, la justicia, la igualdad, el respeto y la solidaridad, entre otros, los cuales entrañaban la búsqueda del bien común y la armonía social. Esto, como lo sabemos, importa cada día menos, de ahí que el comportamiento ético moral esté distante de esos principios, convirtiendo las relaciones humanas en relaciones instrumentales donde el otro es convertido en objeto, medio o cosa. Todo en aras de satisfacer las necesidades, deseos e intereses propios. Esto es lo que se encuentra en el fondo de la violencia, la corrupción y la pobreza mexicana.

De este modo, nos encontramos ante una crisis axiológica, toda vez que los valores que pretenden armonizar las relaciones sociales y dotarnos de humanidad a través de relaciones de respeto y afecto, han sido dejados de lado para asumir otros que buscan la utilidad y el dominio sobre los demás. Estamos perdiendo así el sentido de vivir en sociedad, el sentido común, el sentido comunitario, que es aquí donde se ponen en juego los valores relacionados con el bien, la justicia y la igualdad. La cosificación del otro conlleva entonces a sostener relaciones de indiferencia sobre la dignidad de la persona humana para transitar hacia relaciones utilitarias donde la egocentración se convierte en el motor del comportamiento ético moral.

Marìa Corbí[13] dice que quien vive egocentrado “siempre intentará sacar algún provecho propio en el servicio a otros… Que mientras el ego siga vivo hay siempre algún tipo de utilización de los otros, y el amor que se proclama hacia ellos es primero amor a sí mismo”.  Bajo esta premisa se privilegia el interés privado por sobre el interés común, poniendo en crisis aquellos valores que pretenden la cohesión social y la humanización del ser en su “carácter ternario, que es el de individuo-sociedad-especie”[14], esa condición humana de totalidad a la que hacíamos referencia al inicio del texto.

Hasta aquí la reflexión sobre la crisis axiológica, ahora revisemos lo relacionado con el cambio valoral. Algunos autores se niegan a aceptar que se vive una crisis axiológica y se pronuncian por entender la situación actual como un cambio de valores que es resultado del proceso de globalización. Desde estas líneas asumimos que el cambio valoral va de la mano de la crisis axiológica, es decir, son dos hechos interrelacionados que pueden ser revisados por separado, por ello, analizaremos a continuación lo que entendemos como cambio valoral.

Las sociedades globalizadas están asumiendo otro marco referencial de valores. Los otros valores (bien, justicia, igualdad, respeto, etc.) que son los que pueden hacer viable la vida social comunitaria, están siendo abandonados por otro núcleo valoral, hay una especie de desplazamiento o reagrupamiento de otros valores que la gente ahora considera relevantes para su vida. Se ha roto el equilibrio, si es que algún tiempo lo hubo, de esa condición ternaria de lo humano individuo-sociedad-especie, en la que suponíamos movernos en las tres dimensiones. Sin embargo, ahora la balanza está inclinada absolutamente a la dimensión individual, teniendo protagonismo el yo por sobre todas las relaciones y cosas. La egocentración, como lo apunta Corbí, es el rasgo distintivo que distingue el comportamiento humano.

El individualismo como marca de la contemporaneidad está siendo alimentado por otros valores, tales como: el poder, el dinero, el éxito, la dominación, el consumo, la competencia, la acumulación, entre otros. Estos valores han sido propagados sistemáticamente por la ideología neoliberal y son parte de la cultura globalizada que está fragmentando a las sociedades. Ello ha tenido unas consecuencias desastrosas para las relaciones humanas e incluso para las relaciones que sostenemos con la naturaleza, toda vez que se acentúa el carácter depredador del hombre. Pero a su vez, este cambio cultural enfatiza también el carácter materialista de la sociedad y esa idea de que la realización humana tiene su manifestación cumbre en el tener, en el consumo y en la acumulación.

La ideología neoliberal ha penetrado el pensamiento actual de los individuos condicionando su espectro de necesidades, deseos e intereses. Pero lo más delicado de esta cultura individualista es quizás la pérdida del sentido común, es decir, ese destino humano constructivo que debemos tener como sociedad, como civilización y como especie. La fragmentación social nos está autodestruyendo, por lo que el cambio valoral atenta incluso contra la naturaleza relacional de la persona humana. Mientras sigamos privilegiando al dinero, al consumo y al poder como ejes rectores de nuestro comportamiento moral, estaremos reforzando el proceso autodestructivo y menos serán las posibilidades de reconstruir la convivencia justa y amorosa de la sociedad.

Algunos podrán decir que el cambio valoral es consustancial al cambio de época por el que atraviesa la historia humana, que los valores no son estáticos y por tanto cambian, por lo que es preciso ver este fenómeno como algo natural. Sin embargo, aún cuando hay razón en ello cabe advertir que los valores predominantes de hoy nos confrontan y nos fragmentan dejando poco espacio para recuperar la condición humana del bien.

La egocentración a partir del poder, el dinero y el consumo subyacen en la corrupción, la violencia y la pobreza, por lo que el cambio valoral no está contribuyendo a forjar una sociedad en armonía, sino contrariamente está alimentando una cultura de la ilegalidad donde cada quien lucha por su sobrevivencia sin importar que se pisoteen las leyes y las normas de convivencia.  Lo que se está manifestando en la sociedad contemporánea a partir del cambio valoral es la naturaleza profunda de la ideología capitalista, convertida en campeona de las relaciones individualistas y autodestructivas.

 

Sujeto social. Educación ética y cualidad humana profunda.

Un primer punto a comentar es que a pesar de la crisis axiológica y el cambio valoral de nuestro tiempo, no podemos resignarnos a un destino fatal irremediable, por el contrario, asumimos qué sí es posible superar esa condición precaria del comportamiento ético moral. Las vías pueden ser distintas, pero hay una que es fundamental en dos sentidos para la configuración[15] del sujeto social ético: nos referimos a la educación, tanto en su dimensión ética como espiritual. Sobre la primera se parte del supuesto de la existencia de una potencialidad axiológica de la persona humana capaz de transformar su conciencia, mientras que lo espiritual se aborda desde la perspectiva del cultivo de la cualidad humana profunda como una posibilidad de desegoncentración.

Pero antes de adentrarnos en ello es necesario clarificar qué se entiende por sujeto social ético, por lo que decimos que se trata de toda aquella persona “que por procesos de formación dinamiza sus aptitudes cognitivas, sociales, éticas para transformarlas en capacidades críticas, generadoras de propuestas que coadyuven al desarrollo de sí mismo, de los demás, de la sociedad”[16], es decir, es aquel que junto con muchos otros puede mirar más allá de su dimensión individual para comprender que también es comunidad y especie, y que eso le reclama responsabilidad en sus acciones hacia los demás y hacia la naturaleza misma.

Pues bien, siguiendo a Figueroa de Fatra, asumimos que para la configuración del sujeto social ético toda persona tiene una potencialidad axiológica que está dada por sus condiciones ontológicas “de reflexividad, eticidad, alteridad, apertura, complejidad y contradicción”[17]. Por tanto, es a través de procesos educativos como se puede dinamizar esa potencialidad hasta construir valores que orienten el comportamiento humano desde una perspectiva armoniosa, justa y solidaria.

Lo anterior tiene sus exigencias epistemológico-teóricas, de las cuales sólo indicaremos tres: la capacidad de hacer reflexionar al educando, favorecer su apertura mental y fomentar su capacidad crítica. En torno al reflexionar como elemento epistémico hay que comprender que se trata de buscar claridad en una realidad que es compleja y confusa. Es como dice Figueroa de Fatra, retornar a sí mismo y, a la vez, fortalecer la reciprocidad con los otros, con el mundo. Es la dialéctica objetividad-subjetividad en acción. En cuanto a la apertura mental se puede indicar que se trata de saber pensar para no encerrarse en lo conocido, es abrirse a la duda, a la interrogación, lo que puede fortalecer el pensamiento alternativo, rechazando así el saber absoluto o reduccionista. La otra exigencia epistémica-teórica del proceso educativo es la capacidad crítica, entendida como un pensamiento que es capaz de confrontar la realidad a través de argumentos, donde el diálogo problematizador entre educador y educando puede generar una razón autocrítica y crítica que permitirá hacer inteligible la propia realidad para transformarla.

Con la potencialidad axiológica de la persona humana que puede desarrollarse por medio de la educación, y los imperativos epistémicos-teóricos señalados, puede darse paso a la configuración de un sujeto social ético capaz de recomponer la crisis axiológica y el cambio valoral para tejer otro entramado de principios que resitúen a la persona en su condición ternaria, lo que supone nuevas actitudes que desegocentren y perfilen la construcción de relaciones basadas en el respeto, la justicia y el amor.

El hipotético sujeto social ético puede ir naciendo desde la educación básica, pero también puede crearse desde la educación media y superior, e incluso desde procesos populares a través de organizaciones ciudadanas y movimientos sociales que promueven causas comunes. El campo educativo es amplio ya que ahí caben también experiencias ligadas a lo laboral, lo vecinal, lo religioso y una amplia gama de espacios de encuentro social. El punto está en poner atención a esa educación axiológica con bases epistémicas para la generación de ese otro conocimiento relacionado con lo ético. Creo que tenemos claro que no basta una educación para el dominio de la técnica con fines instrumentales, sino que también es imprescindible ese campo de conocimientos que sustenten la humanización de la persona y la sociedad.

El otro sentido de la educación que resaltamos es lo relacionado con la espiritualidad o la cualidad humana profunda como configurador de un sujeto social capaz de actuar desinteresadamente y con gratuidad a favor del otro en todas sus acepciones. Para ello nos adentraremos en el estudio de dicha cualidad humana que ha sido conceptualizada desde el Centro de Estudios sobre las Tradiciones de Sabiduría.

Corbí señala que es importante fomentar la cualidad humana profunda –lo que nuestros antepasados llamaron experiencia mística- como la mejor manera de hacer crecer la cualidad de nuestras sociedades, de mejorar su convivencia pacífica y evitar o por lo menos paliar los destrozos que puedan causar las transformaciones profundas de nuestros modos de vida colectivos[18]. Esta cualidad humana profunda “resulta ser la completa desegocentración” o dicho de otra manera se trata de “silenciar por completo al ego como paquete de deseos, temores y expectativas”, lo que al final puede permitir el interés sin condiciones por todas las cosas y por todas las personas. Corbí precisa que sólo hay amor verdadero y verdadero interés por las realidades de esta tierra y por los demás humanos, cuando se ha callado el ego[19].

Como se ve, la cualidad humana profunda también es un proceso educativo que busca recuperar lo axiológico en nuestras sociedades a través de un esfuerzo continuo y profundo de indagación personal, cualidad que pudiera llegar a ser configurador de un sujeto social ético desegocentrado y movido por la gratuidad. Este camino representa una apertura o un desarrollo interior que cultiva la sensibilidad hacia la existencia que va más allá de nuestras necesidades, deseos e intereses. Es comenzar a comprometerse con la vida al margen de cualquier interés personal que no sea el de servir al otro y a la sociedad.

Esta búsqueda interior puede ser posible porque como lo dijimos antes, la persona, a pesar de sus condicionamientos culturales que lo egocentran, tiene potencialidades axiológicas que le pueden permitir adentrarse en esa indagación para descubrir la validez de la vida y el mundo independientemente de las necesidades propias. Uno de los desafíos en este campo es desarrollar los recursos pedagógicos y epistémicos para generar este otro conocimiento, e insertarse en circuitos educativos de diversa índole para cultivar la cualidad humana profunda.

 

Conclusiones

 

La educación en su dimensión ética como en su dimensión de cualidad humana profunda, pueden ser configuradores de un sujeto social con capacidades críticas que coadyuven al desarrollo de sí mismo, de los demás y de la sociedad, sólo así se podrá revertir el vaciamiento o desmantelamiento axiológico de las sociedades contemporáneas y el cambio valoral, y por consiguiente se podrá ganar cohesión social en lo referido a los comportamientos y valoraciones de los sujetos en el sentido de recuperar pertenencia y solidaridad, en la aceptación de normas de convivencia y la disposición a participar en espacios de deliberación y en proyectos colectivos”[20]. Hay un principio rector en las relaciones humanas que es importante recordar: sólo a través de la vida en sociedad es como las personas adquirimos conciencia de nuestro ser, por ello la educación ética y el cultivo de la cualidad humana tienen un valor intrínseco.

La proposición formulada a lo largo del texto no se asume como una idea acabada, tampoco se pretende asumir como verdad que primero tenga que darse la educación ética y luego la espiritual ni viceversa, tan sólo se trata de poner sobre la mesa de la discusión la validez de los enunciados, sus limitaciones y sus posibles alcances, sabedores de que no hay caminos únicos y que tratar de imponerlos es un desacierto para el intelecto y los contextos socio históricos.

[1] Boff, Leonardo, La dignidad de la Tierra. Ecología, mundialización, espiritualidad. La emergencia de un nuevo paradigma. Editorial Trotta, Madrid 2000, p.23

[2] Dos Santos, Theotonio, La teoría de la dependencia. Balance y perspectivas. Plaza & Janés Editores, Barcelona 2002, p.55

[3] Sánchez Vázquez, Adolfo, Ética. Editorial Grijalbo, México 1969, p.23

[4] Díaz, Gloria, Las víctimas visibles e invisibles del sexenio, reportaje publicado en el semanario Proceso, número 1857, México 2012, p.19

[5] Avilés, Karina, México, segundo lugar de la OCDE en ninis, con 7 millones 820 mil, nota periodística publicada en el diario La Jornada, México, 12 de marzo de 2012.

[6] Ibid

[7] Martínez, José, Wal-Mart y el deporte de la corrupción, artículo publicado en la Agencia Latinoamericana de Información, México, 2012, dirección electrónica: http://alainet.org/active/54481&lang=es

[8] Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social, Pobreza 2010. Porcentaje de la población en pobreza según entidad federativa, Estados Unidos Mexicanos. Dirección electrónica: http://www.coneval.gob.mx

[9] Juárez, Vicente, Desigualdad y carencias de la población, tema ineludible para el próximo gobierno: Narro, nota periodística publicada en el diario La Jornada, México, 27 de mayo de 2012, p.33

[10] Poy Solano, Laura, Difíciles condiciones sociales estorban la educación superior, dicen rectores, nota periodística publicada en el diario La Jornada, 27 de mayo de 2012, p.33

[11]  González, Roberto, Cae México 9 lugares en ingreso por habitante en este sexenio: BM, nota periodística publicada en el diario La Jornada, México, 21 de abril de 2012, p.27

[12] Beck, Ulrich, La sociedad del riesgo. Hacia una nueva modernidad. Paidós, Barcelona 1996, p.19

[13] Corbí, Marìa, No hay cualidad humana profunda sin desegocentración, ni desegoncentración sin actuación incondicional a favor de toda criatura, ensayo publicado en La cualidad humana fuente de equidad y justicia. La herencia de las tradiciones de sabiduría. CETR, Barcelona 2009, p.105

[14] Magallón, Mario, Ética y educación en tiempos de crisis, ensayo publicado en la revista Razón y palabra, núm. 52. Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Monterrey, México 2006. Dirección electrónica: www.razonypalabra.org.mx

[15] Figueroa de Fatra, Lyle, La dimensión ético axiológica: configuradora de sujetos sociales, artículo publicado en la revista Reencuentro, núm. 043. Universidad Autónoma Metropolitana-Xochimilco, Distrito Federal 2005. El ensayo se puede consultar en la Red de Revistas Científicas de América Latina y el Caribe, dirección electrónica: www.redalyc.org

[16] Ibid

[17]  Ibid

[18] Corbí, Marìa, La sociedad del conocimiento globalizada y sus consecuencias epistemológicas, antropológicas, axiológicas y religiosas, ensayo publicado en Memorias del I Coloquio Internacional Diálogos: presente y futuro de las religiones y la espiritualidad. Sus contextos en Europa y América Latina. Universidad de Guadalajara, México 2011.

[19]  Corbí, op. cit., p.105

[20] Ottone, Ernesto, y Sojo, Ana, Cohesión social: inclusión y sentido de pertenencia en América Latina y el Caribe. Comisión Económica para América Latina, Santiago de Chile 2007, p. 17