J.Amando  Robles

De la espiritualidad religiosa a la espiritualidad laica comprometida

Ponencia presentada en el Primer Coloquio Internacional. Diálogos: presente y futuro de las religiones y la espiritualidad, sus contextos en Europa y America Latina. 22-26 de marzo, 2011. Guadalajara (México). Organizan: Universidad de Guadalajara, ITESO, UNIVA, Colegio de San Luís y CETR

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Resumen

En diálogo-debate con la teología de la liberación, la ponencia comienza planteando un concepto riguroso de espiritualidad, para a partir de él resaltar aportes y limitaciones de la teología de la liberación. Entre los aportes se señala el concepto teologal de la opción de Dios por los pobres y el concepto teologal de praxis liberadora. Entre las limitaciones se reseñan cuatro: una concepción todavía religiosa de la espiritualidad, enfeudada por la concepción occidental de la historia, las víctimas como principio epistemológico, y primacía de lo teórico y práxico sobre el cultivo de la propia interioridad. Para terminar presentando la espiritualidad laica o sin creencias como superación de estas limitaciones y única garantía del compromiso total.
Para mayor claridad desde un principio, como explicitación del contexto social y religioso en el que quisiéramos ubicarnos –reconocimiento al gran aporte espiritual que en nuestro continente ha supuesto la teología de la liberación, y por tanto tomando éste como desafío–, el título de la ponencia tendría que decir “en el contexto de América Latina”; no queriendo sugerir con ello que en otros contextos sociales, como en los países del primer mundo, otra espiritualidad, desentendida del compromiso, sea posible, sino, como expresamos, para enfatizar contexto, reconocimiento y desafío.
Precisado así el título, los pasos, limitados por razones de espacio pero necesarios, que nos proponemos dar en nuestra ponencia son los siguientes. Como primer paso, por su importancia y necesidad, explicitar el concepto que vamos a manejar de espiritualidad: sin creencias ni contenidos, únicamente experiencial y, sin embargo, totalmente comprometida. En segundo lugar y desde este concepto, acoger y valorar como gran aporte y desafío espiritual el compromiso teologal –opción por los pobres y praxis liberadora– que la teología de la liberación y su espiritualidad han sabido poner en primer plano. En un tercer paso, y pese al reconocimiento de este aporte, mostrar lo que a nuestro juicio constituyen cuatro de sus insuficiencias en tanto propuesta de espiritualidad y en orden al compromiso mismo. Para, a modo de conclusión y como garantía del compromiso más radical y liberador que existe, terminar proponiendo una espiritualidad laica, sin creencias, pero por ello mismo plenamente comprometida.

Una espiritualidad sin creencias y, por tanto, laica

Si en cualquier dominio el rigor en la comprensión y en el uso de conceptos es fundamental, en el dominio de la espiritualidad lo es aún más, dada su importancia y sobre todo la forma tan etérea y vagarosa como en este dominio y en nuestros días se utilizan los términos, comenzando por el de espiritualidad. Una forma que no es inocente y que tiene dos expresiones: una de excelsitud y de espontaneidad, generalmente poco comprometida, y otra, aparentemente muy comprometida, que valora la espiritualidad por su compromiso ético, social y político.

De acuerdo a la primera expresión, la espiritualidad es la dimensión humana formalmente más valiosa, pero tan espontánea que todo ser humano la experimenta y en cierta manera la cultiva. Es la espiritualidad como visión global de sentido y de valor al alcance de todos, en buena parte retórica, y que como retórica demanda poco esfuerzo.

De acuerdo a la segunda, compromiso ético y espiritualidad serían conceptos tan próximos que prácticamente serían equivalentes, o al menos el primero sería testimonio inequívoco del segundo, y la espiritualidad, fuerza y motivación que lleva al compromiso ético, y a la inversa, no percibiendo sus diferencias.

La espiritualidad tal como aquí la concebimos no tiene nada de retórica ni se reduce a la realización ética. Al contrario, es la concepción más anti-retórica que existe y más allá de toda ética. Porque es la realización humana más plena y total, y como tal gracia o don, es decir en sí misma considerada no tiene causa ni conoce proceso, a la vez que demanda esfuerzo, el esfuerzo humano más grande que existe.

Como todos los hombres y mujeres espirituales dicen, no se sabe cómo es que la experiencia espiritual ocurre, cómo se produce, pero sí se sabe qué es: una experiencia sin contenido ni forma; más aún, sin sujeto ni objeto; un conocer, dirán los maestros orientales, donde el que conoce, lo conocido y el acto de conocer son la misma cosa, no se distinguen; una experiencia de la realidad en términos de unidad y totalidad; realización plena y total; ser y solo ser. Por ello una experiencia totalmente desegocentrada y desinteresada, sin objetivo y sin interés. Gratuidad pura, plena y total, fin en sí misma, nunca función o medio para otra realización. Un existir donde no hay diferencia entre sentir, percibir, amar, entender y actuar, porque todo ello se da a la vez. Acto puro, único y total.

La espiritualidad es, pues, un conocer, un vivir y un actuar sin creencias. Por lo mismo que es un conocer, un vivir y un actuar que no tiene contenidos ni forma, ni se basa ni se fundamenta en estos, sino en la experiencia pura y desnuda de su propio acto o ser, en sí misma, y en nada ni nadie más. Sin creencias ni religiosas ni laicas, puesto que no se apoya ni en verdades de fe ni en argumentaciones de naturaleza científica, filosófica o afines.
En la experiencia espiritual y en orden a ella las creencias no son adecuadas. No porque sean religiosas, y en tanto religiosas, autoritarias, lo que sin duda es un obstáculo añadido, sino ante todo y sobre todo porque significan contenidos, conocimiento ya preexistente, religioso o racional, a fin de cuentas recibido y convencional, no creado, no originario y único. Y la espiritualidad en cuanto conocimiento y experiencia es única, específica, auténtica y verdadera creación cada vez que se da o ello ocurre.
Una espiritualidad con creencias, religiosas o laicas –lo corporal, la multiplicidad y el tiempo, decía el Maestro Eckhart en términos de su época (1)– es el mayor obstáculo para la espiritualidad genuinamente tal. Porque la convierten en más de lo mismo, en ética, filosofía, religión…, y en este sentido la hacen imposible, más aún, la pervierten.

Por tanto cuando hablamos de espiritualidad estamos hablando de una experiencia laica, en el sentido religioso pero también, si se nos permite hablar así, en el sentido profano, técnico y científico. Porque en la espiritualidad como experiencia que es todo lo que tiene forma y contenido, ya sea religioso o científico y filosófico, es creencia.

Hoy la naturaleza laica de la espiritualidad como experiencia se hace más evidente. La espiritualidad, que en sí misma siempre ha sido laica, en el pasado fue normal en ella expresarse en formas culturales religiosas. Las religiones eran portadoras de espiritualidad y podían conducir hacia ella. Pero, dada la crisis epistemológica de las formas y contenidos religiosos con el advenimiento de la sociedad de conocimiento, eso ya no es más posible.

Una última precisión. La espiritualidad así concebida, por ser fin en sí misma, realización plena y total, no es útil para nada más, no es medio ni existe en función de otra realización que en el tiempo, y por lo que respecta al individuo o a la sociedad, sería superior. La espiritualidad no es una realidad sometida al tiempo y dependiente de éste. «El pasado y el porvenir son, en efecto, extraños a Dios», decía el Maestro Eckhart (2). Por ello el criterio de lo útil e instrumental tampoco es adecuado en esta dimensión humana. Y sin embargo es la mayor fuente de compromiso, de liberación y de realización humana, personal y social, que existe. Porque ella no es una realidad aparte.

 


1. Maestro Eckhart. 1998. Sermón n. 5 Qui audit me, non confundetur, en Obras Escogidas. Barcelona: Edicomunicación, p. 145.

2. “El libro del consuelo divino” en Obras Escogidas, p. 60