Lluís Crespo

Terror y orden económico: una lectura hegeliana de la crisis

Si realmente se desea analizar en profundidad la actual crisis sistémica del mundo  occidental y en especial europeo,  hay que instalarse, como punto de partida imprescindible, en el plano teorético del espíritu que nos sitúa en una nueva perspectiva de análisis. Cabe destacar, ante todo, que por espíritu entendemos la instancia humana que genera  la construcción simbólica del mundo (ideas, conceptos, teorías, categorías, valores).  El espíritu constituye la segunda naturaleza del hombre, que es en rigor su naturaleza estrictamente humana (su otra naturaleza es la biológica, compartida con otros seres del reino animal). Es su segundo origen.

La inauguración del mundo simbólico, indica el nacimiento del mundo del espíritu y conlleva el segundo nacimiento del hombre. Por ello, el punto de partida de todo análisis reside en la conciencia, sus figuras y sus contenidos. La materia prima del conocimiento es aportada por la elaboración por el espíritu de los datos de la experiencia. Los materiales del discurso, tanto ordinario como científico,  consisten exclusivamente en elaboraciones y construcciones simbólicas.

Sólo mediante la instancia del espíritu, el hombre accede al proceso de civilización. El ser humano , de entrada, piensa y reflexiona con elaboraciones mentales (las categorías simbólicas) que no son datos objetivos, sino datos creadas por la conciencia en base a sus capacidades lingüísticas y cognitivas, que constituyen su nivel de inteligibilidad. No parte, pues, de una realidad dada y exterior, sino de la realidad tal como es elaborada por su conciencia (que se define por la interrelación sujeto-objeto). En este sentido, el mundo es una elaboración del sujeto. Estos puntos son fascinantes porque hay un nexo sorprendente entre los presupuestos del idealismo hegeliano y las nuevas aportaciones de la física cuántica, la neurociencia y la psicobiología. De esta manera se entiende que en el texto se hable de ciencia económica y no de economía.

Así pues, desde el punto de vista del espíritu, para entrar en el mundo real de la economía es necesario partir de la idea económica. En su acepción hegeliana, la idea se concibe como realidad inteligible. Valls Plana utiliza la siguiente imagen para describir el concepto de idea: un cuerpo bien formado es, por ejemplo, un cuerpo de atleta que irradia belleza y esbeltez, es como tiene que ser un cuerpo humano, aparece como un arquetipo, por tanto como idea. Pero también existen cuerpos deformados o monstruosos que ya no son idea.

De igual manera, la idea de economía consiste en el concepto de satisfacer las necesidades humanas mediante la transformación humana de la naturaleza. Ello quiere decir que en el plano del espíritu nos enfrentamos al concepto y por lo tanto debemos partir de la teoría económica, de la ciencia económica. En la investigación no partimos de la realidad bruta dada, sino de la realidad efectiva que es la que ha sido mediatizada por el concepto, es decir, en tanto que concepto realizado o realidad adecuada a su concepto. Ya Hegel en su Fenomenología parte de la conciencia sensible (estadio del espíritu), en lugar de hacerlo desde el mundo sensible (naturaleza).  El espíritu se revela y opera en el mundo inteligible (es decir, aquel formado por lo que cada conciencia sabe del mundo y de las cosas), mientras que la realidad bruta pertenece todavía al mundo inexplorado de  lo ininteligible.

El agotamiento del discurso económico en occidente conlleva el  desplome, por la crisis, de los conceptos económicos fundamentales.  Las categorías de desarrollo, bienestar, crecimiento, austeridad, beneficio, riqueza, PIB,  ya no sirven para explicar la realidad económica. Un discurso agotado que no da más de sí.  La crisis actual no es una crisis económica, es una crisis de la economía como ciencia. Hay que ser conscientes que hemos sido prisioneros del discurso económico que se ha convertido en el discurso general de la sociedad.

Estamos ante una crisis de civilización (y en este sentido es una verdadera crisis sistémica) que nos puede conducir a la debacle y a una regresión sin precedentes del mundo humano, si no sabemos inaugurar un nuevo discurso basado en una nueva idea. Perseverar en la salida estrictamente económica de la crisis es una barbaridad política y un suicidio civilizatorio. Es una crisis que demuestra que no puede resolverse con los esquemas convencionales de la teoría económica. Nos remitimos a Keynes, a Hayek, al liberalismo o a su versión moderna neoliberal, a la escuela austríaca, etc. Cuando en realidad hemos llevado el discurso económico a su manifestación extrema, absoluta (todo se mide en términos económicos: rentabilidad, eficiencia, corto y largo plazo, competitividad). La dictadura financiera imperante carece de principios y criterios democráticos y su expresión política neoliberal no debe enmascarar el verdadero problema al que nos enfrentamos: un mundo en que las categorías económicas son ya obsoletas para elaborar nuestra realidad efectiva porque no son adecuadas al concepto de esa realidad. Y todo ello porque se ha instaurado el imperio del dinero como mercancía absoluta, mientras declinaba el reino de los bienes (mundo industrial).  La economía también es una de las ciencias del espíritu que ha entrado en decadencia y declive porque ya no puede explicar el mundo moderno y sobre todo lo distorsiona y empobrece. Han entrado  en juego la sostenibilidad, el medio ambiente, el cambio climático, la ecología, los valores intagibles postmaterialistas. La economía como ciencia se adueñó del espíritu desde la época industrial hasta hoy, cuando ya no es posible avanzar en civilización con los únicos instrumentos de la economía ni con su paradigma. Con ello se obstaculizó y se laminó el discurso humanístico que acabó por prácticamente desaparecer de la elaboración del espíritu, centrado ahora en las ciencias positivas e instrumentales (de ahí el exponencial avance tecnológico y científico que ha cambiado el mundo de las últimas décadas). Cuando el espíritu prescinde del  canon humanístico se destruye territorio, paisaje, medio ambiente, clima, calidad de vida, derechos, cultura. El discurso económico requiere la instauración del terror para no atemorizar a sus actividades y transacciones. De ahí la seguridad en sustitución de la libertad, la submisión de la política a la economía en tanto que dictadura financiera, la importancia de la economía bélica con el pretexto de defender la democracia en el mundo y de luchar contra el espectro del  terrorismo. En nombre de la seguridad se conculcan derechos civiles y políticos en todo el mundo.

¿Por qué la ciencia económica requiere el advenimiento del terror? Porque sus leyes no se rigen por criterios cívicos o éticos, no son leyes de civilidad ni de libertad, sino de orden natural, propias del estado de naturaleza (individuo, posesión, enriquecimiento, egoísmo, agresividad, competencia) y por eso cuando el discurso económico se convierte en el discurso único del espíritu y de la sociedad, aparece el terror en su horizonte.  Son leyes que rigen desde que apareció la sociedad civil y por ello adquieren protagonismo en la sociedad moderna (la del reino del individuo). Nos encontramos ahora en el momento  último del discurso económico cuando ha conquistado el mundo del espíritu como discurso único y absoluto de la realidad (inicio de la política neoliberal en Inglaterra y Estados Unidos en los años 1970), que ha entronizado sus categorías (desregulación, mercado, especulación, beneficio) como ejes de la actividad económica. Se pierde la referencia de la economía real (la que satisface necesidades humanas) ligada a la sociedad civil fundacional. El terror se instaura cuando las leyes de la civilidad se someten a las leyes del orden o del estado natural, cuando la economía se emancipa de la sociedad civil e inicia su vuelo sin ella. Este paso se dio en el plano de la ciencia económica con la matematización del lenguaje económico mediante el uso de métodos y modelos matemáticos (econometría) para analizar sus categorías. Se producía así su ruptura con la economía clásica y con la sociedad civil. Mientras, se producía también una ruptura epistemológica en el seno del discurso económico clásico. Y eso es lo que se aplicó en términos políticos a partir de la era Reagan (Estados Unidos) y Thatcher (Gran Bretaña), en el mundo anglosajón con  el nombre de neoliberalismo: someter la eticidad, la civilidad, al mercado. La claudicación de la política ante las leyes económicas. El atentado a las torres gemelas de Nueva York fue un pretexto definitivo para instaurar  la seguridad como principal categoría de la eticidad (de la vida en común de la gente). La ciencia económica se ha desvinculado de la sociedad civil a la que pertenecía desde su aparición en las sociedades industriales. Ahora es una técnica, una techné, de ingeniería financiera  sólo al alcance de unos exclusivos y selectos expertos. Eso es lo que se afirma cuando constatamos el fin de la economía real. Ahora la ciencia económica ya no pertenece al ámbito de las ciencias del espíritu, se ha convertido en una técnica diabólica para extorsionar el mundo humano. Ha implantado el terror por la vía de la especulación, la corrupción y el empobrecimiento de la población. Ha condenado a millones y millones de personas al sufrimiento, a la desesperación y a la miseria. La economía se ha convertido en una perversión de la ciencia económica. La ciencia económica era la idea de la sociedad civil. Pero hoy es sólo la expresión monstruosa y atrofiada de un orden económico que no es ya idea de la economía (la economía especulativa). El estallido de la burbuja inmobiliaria (2007-2008), la crisis de los sistemas financieros, la crisis de la deuda, no son otra cosa que episodios provocados por el terror especulativo  global.  Tras cuatro años de crisis, hoy España es el escenario de una economía devastada por la especulación, la corrupción y el delirio. La economía ha perdido toda implicación racional. Ha dejado de ser ciencia económica para convertirse en sofisticada e inescrutable técnica de análisis financiero, la idea económica que dio lugar a la ciencia económica clásica se ha desvanecido. El terror no se encuentra en Kabul o Bagdad, se encuentra en Wall Street y en la City.

La dictadura financiera global ha instaurado el terror, no en términos revolucionarios o bélicos, pero sí en términos de explotación, pobreza, desempleo o  exclusión social, que reducen la existencia de la gente a condiciones pre-éticas (con la supremacía de categorías como la seguridad, la protección, la supervivencia o la individualización severa de la sociedad), casi propias del estado de naturaleza, con fuerte destrucción de civilización, y el instrumento de esta instauración del terror ha sido la ciencia económica en su deriva hacia el lenguaje econométrico cada vez más separada del marco que hizo posible su fundación como ciencia: responder a las necesidades de existencia de la gente, a la sociedad civil. Es decir, convertir una ciencia humana en una ciencia formal, es un delirio de la razón.  En el mundo moderno, la ciencia económica legitima la destrucción de civilización que estamos sufriendo en occidente y esto no es otra cosa que imposición del terror entre la población (por destrucción de derechos y libertades, por degradar las condiciones de existencia material y espiritual de las personas).

Por todo ello, no hay más solución que cambiar el paradigma ilustrado que nos ha regido durante siglos y que instauró  la legitimidad moderna bajo óptica utilitarista (bienestar como riqueza y confort, utilidad, libertad de comercio y de pensamiento, progreso y razón). Y de la misma manera que hoy sabemos que esta legitimidad se impuso sobre la regida –paradigma eclesial- por la religión y moral cristianas en tiempos medievales, también sabemos que está emergiendo en las sociedades avanzadas  un nuevo paradigma y por ende una nueva legitimidad. Se trata del paradigma del conocimiento (o educativo), que genera un cambio fundamental en la sociedad al abandonar el discurso económico hasta ahora hegemónico. El centro de gravedad se traslada, pues, de la sociedad civil al proceso de humanización en general de la sociedad (la educación, la nueva paideia).  La primera condición del paradigma del conocimiento es la libertad, que constituye la casa del espíritu. La segunda, es la educación que nos abre las puertas para acceder al proceso de humanización y la tercera, es la propia creación de conocimiento (investigación, innovación, creatividad). En otras palabras, nuestras sociedades deben transitar de la satisfacción de necesidades –sociedad civil-  a la creación de conocimiento y de humanidad. De la economía  a la escuela (studium). Porque el proceso de humanización se fundamenta en el cultivo de la humanidad (Nussbaum), en el cultivo de la cultura clásica, en la educación, en una palabra, en el cultivo del espíritu. La centralidad reside ahora en la educación. La máxima kantiana “solo por la educación nos convertimos en seres humanos”, adquiere ahora todo su significado. Sólo saldremos de la crisis con un cambio de paradigma que entronice la educación como categoría axial de la sociedad moderna y que establezca una nueva legitimidad basada en el cultivo de la humanidad, de las ciencias del espíritu. Sólo cuando se instalen los valores de la nueva legitimidad en el mundo, los derechos humanos y la libertad podrán considerarse derechos universales del hombre. En ellos se basará la cultura del futuro.

Y sin embargo, el gran temor es que todo indica que nos adentramos en el curso de esta interminable e incierta crisis en una nueva e inquietante era caracterizada por una existencia social sin edificación de sociedad, basada en individuos y no en ciudadanos, con una erosión brutal y galopante de la democracia y en una banalización sistemática de las conciencias.  Será  una era destinada a vulnerar la civilización.

Alain Touraine, que cito in extenso a continuación, habla de “un tercer enfoque de la crisis que  consiste en abandonar pura y simplemente la idea misma de sociedad. Según esta perspectiva, la economía y las finanzas ya no guardan relación con las relaciones sociales; se han disociado de ellas y la propia vida social es el resultado de agentes sociales que inventan circunstancialmente nuevas formas de existencia, individuales y colectivas; que intercambian, se comunican, se conectan y desconectan en red pero sin formar sociedad, sin identificarse con una unidad tan amplia como es una sociedad, sin pretender por ejemplo definir, cuestionar o controlar el rumbo de las orientaciones principales de la vida colectiva. Lo que prima, por consiguiente, en el caso de los agentes sociales, es la capacidad de inventar, de innovar, de ser sujeto de su propia experiencia, aun a riesgo de orientar su subjetividad personal  hacia decisiones colectivas, culturales; de inscribirla, por ejemplo, en el seno de una identidad religiosa pero sin miras generales ni proyecto para el cuerpo social en su conjunto.

Ahora bien; ¿qué cabe pensar de la tercera hipótesis, que descansa sobre la idea de la desaparición de la sociedad?¿Podemos aceptar vivir en un mundo donde la economía y las finanzas–y, con ellas, el trabajo, el empleo o el sueldo– ya no permiten siquiera construir sociedad, mientras que las relaciones que ayer eran de naturaleza social y ponían frente a frente a grandes conjuntos como clases y movimientos sociales, hoy se limitan a relaciones interpersonales o en red?¿Podemos aceptar la idea de una reducción de los desafíos de la vida social a cuestiones o situaciones de orden cultural, mientras que quienes quieren mantener la imagen y las referencias de la pertenencia a una gran colectividad sólo encuentran las respuestas que ofrecen el nacionalismo y, por consiguiente, el recurso a la identidad nacional, con el peligro de derivar en xenofobia, racismo y rechazo de la alteridad?”

Esa tercera hipótesis  es, exactamente, la hipótesis que planteo en estas líneas: si prospera  el terror en la ciencia económica- institucionalizado en la dictadura financiera global-  el mundo occidental se verá abocado a una era de empobrecimiento económico, civil, social y político de proporciones gigantescas y de dantescas consecuencias para sus habitantes  (como ya lo están sufriendo países como Grecia y Portugal).

Y hacia esa nueva era abismal nos dirigimos si antes no iniciamos una verdadera inversión del mundo occidental. He aquí la palabra clave y revolucionaria hoy en día: la tarea de invertir el mundo  para acceder a un nuevo paradigma  e instaurar una nueva legitimidad que abandone la civilización material (consumo, goce, cultura de la riqueza), dominada por la economía como su ciencia primordial, y nos lleve a la era del renacimiento espiritual y a la civilización del espíritu. A valorar el hombre no por lo que tiene sino por lo que sabe.

En palabras de Hegel  “la emergencia del hombre espiritual a partir del hombre sensible, perdido en lo natural inmediato, equivale a un auténtico renacimiento espiritual, en que el hombre se remite a su verdadero ser”.  Y el mismo Hegel de juventud escribía, en sus entusiastas y revolucionarias  notas del primer programa de un sistema del idealismo alemán, que la historia universal se dirige hacia el advenimiento de la libertad absoluta de todos los espíritus que llevan en sí el mundo intelectual y que no deben buscar ni a dios ni a la inmortalidad fuera de sí mismos.  “Los hombres ilustrados y los no ilustrados tienen que darse la mano…entonces reinará la unidad perpetua entre nosotros. Ya no veremos miradas desdeñosas, ni el temblor ciego del pueblo ante sus sabios y sacerdotes. Sólo entonces nos espera la formación igual de todas las fuerzas, tanto las fuerzas del individuo como de las de todos los individuos. Reinará la libertad y la igualdad universal de todos los espíritus”.

Hoy nuestro  mundo exige y requiere, en primer lugar, desarrollo y despliegue de lo que es humano, es decir, categorías y recursos para avanzar en el progreso humano (educación, sanidad, cultura, investigación, tecnología, innovación). Para realizar como proclamaba Hegel “una vida totalmente reconciliada, plenamente humana, libre, bella y feliz”. Ignorar estos datos es perpetrar por parte de los dirigentes políticos un verdadero crimen contra la humanidad.

Lluís Crespo