Marià Corbí

LA MÚSICA Y LA DIMENSIÓN NO DUAL DE LA REALIDAD

 

            Antes de hablar de la música y la cualidad profunda humana, la “espiritualidad” de nuestros antepasados, empezaré hablando de la belleza.

            La verdad espiritual no es ninguna formulación, es la verdad del no-dos, por tanto más allá de toda formulación. Desde el punto de vista de la objetivación, de la formulación, de la posibilidad de acotación, de definición, es una verdad vacía. Es noticia, es certeza, pero no es ni noticia ni certeza de nada ni de nadie, porque se sitúa más allá de las categorías de sujeto, objeto, individualidad.

            Esa verdad, no es una verdad entre otras, es la Verdad, la roca sólida e inconmovible del conocer silencioso, del sentir silencioso y de la certeza silenciosa. Les llamo silenciosos porque son firmes como ninguna otra firmeza, pero callados, informulables, indecibles. Su indicibilidad no es a causa de su oscuridad, sino a la potencia de su luz inasible con nuestras débiles categorías y capacidades de significar, propias de pobres vivientes necesitados.

            La belleza, no la belleza de ésto o aquéllo, sino la gran Belleza, la que expresa la gran música, la gran poesía y las grandes artes plásticas, es la belleza de “lo que es”. Es la belleza no-dos.

            Entre la Verdad y la Belleza no hay frontera ni diferencia alguna. La Verdad es el no-dos, “lo que es” que se dice a nuestra mente, o mejor dicho, que se dice a sí misma en nuestra mente, y la Belleza es el no-dos, “lo que es” que se dice a nuestros sentidos y a nuestro corazón, o mejor, que se dice a sí misma en nuestros sentidos y en nuestro corazón.

            La Belleza es el vocero de la Verdad, es el esplendor de la Verdad. La Belleza es la Verdad.

            La Belleza, como la Verdad, se dice en este mundo, en nuestro mundo que es siempre concreto, de sujetos, objetos, individualidades. Se dice en ese mundo humano, pero dice y canta “lo que es”. Dice que eso que parecen objetos y sujetos, cosas e individualidades es patentemente, a vista de ojos, a nuestros oídos, a nuestro tacto, “el que es”, “lo que es”, no-dos. Y “eso que es” está más allá de todas nuestras posibles categorizaciones, es vacío de toda posible delimitación. La Belleza es como la Verdad, una Belleza vacía porque habla, se expresa, canta, sin que haya un sujeto que se exprese, cante o hable y no expresan, ni hablan, ni cantan algo objetivable.

            Todas las artes, en la pequeña o gran medida en que lo son, apuntan y expresan “lo que es”, nos introducen, nos empujan a sumergirnos en la Verdad de lo que todo es.

            La música es una forma especialmente sutil de hacer presente la Belleza en toda su sutilidad vacía de sujetos, objetos e individualidades.

            Toda música se sitúa en un ámbito de la realidad en el que no hay ni sujetos, ni objetos, ni individualidades. Este es un hecho muy poco ponderado al pensar en la naturaleza de la música. No es la expresión del artista, -la expresión de un sujeto-, aunque sí sea la vivencia de esa dimensión de lo real en un individuo concreto. Lo que se expresa en la obra musical no es una subjetividad, ni siquiera la más genial del artista, sino el aspecto de la realidad en el que ya no hay ni sujetos ni objetos.

            La obra musical es la expresión del “no-dos” en una subjetividad y en sus condicionamientos culturales y personales. Como la espiritualidad se dice en las condiciones culturales de los pueblos y de las personas, como la mística se expresa también en los condicionamientos culturales y personales de una individualidad, así ocurre con la música.

            Pero como lo que se dice en una religión no son los condicionamientos culturales, sino eso sutil innombrable; igualmente en el místico no se dicen sus condicionamientos personales, sino la profundidad de la presencia, en su espíritu, de esa otra dimensión; de forma semejante en la música no se dice la expresión de la subjetividad del compositor, sino la vivencia del “no-dos” en su mente y su corazón.

            En el conjunto de condicionamientos culturales y personales del músico se dice “Eso que está presente en todo tipo de condicionamientos”, pero que no es ninguno de ellos.

            La música habla de “Eso real” que no es ni sujeto, ni objeto, ni individualidad alguna; y lo dice con la mente y el corazón. O mejor, en la música canta “Eso no-dos”. En la música se dicen las infinitas caras del diamante de “lo que es”; y se dicen con las formas sensibles más sutiles que se pueda imaginar para un pobre animal viviente: con los sonidos.

            La música es el uso de nuestra capacidad auditiva y de nuestra capacidad de emitir sonidos, sea con la voz o con instrumentos construidos para eso, prescindiendo de lo que es el uso habitual y práctico de nuestro sentido del oído y de nuestra capacidad de articular sonidos. En la música no se usa toda esa nuestra capacidad acústica para defendernos, ni para comunicarnos con otros, de manera que articulemos nuestra acción conjunta de forma eficaz para sobrevivir. La música es un uso del sonido completamente gratuito; es un juego gratuito. Y es más que eso, porque es una recia y profunda investigación de “lo que es”. Es una investigación más allá de las fronteras de los sujetos y objetos y es la expresión de esa investigación.

            Toda obra musical es una investigación del mundo que está más allá de las fronteras de nuestras necesidades y es un acto de necesaria comunicación de lo hallado. Es un acto de raíz lingüística –si no fuéramos hablantes no podríamos tener música-, pero ya sin palabras, que usa los sonidos para llegar a unos grados muy altos de sutilidad y complejidad.

            La música es un acto de comunicativo de un animal que habla, pero un acto profundamente comunicativo en el que nadie dice nada sobre nada. Se canta el puro existir, con sus alegrías, sus penas, sus angustias y sus dolores. No se canta la alegría ni el dolor de nadie, ni tampoco de nada concreto, aunque las ocasiones que la provoquen sean concretas.

            Cualquier situación, sentimiento, acontecimiento, preocupación puede ser motivo para que la música cante  el Ser, la dimensión “no-dos” que está en el seno de todo, pero no es nada concreto.

 

            La música es una prueba fehaciente de que hay más, mucho más que el mundo de realidades que se presenta como de sujetos u objetos, de individuos o grupos; es prueba de que existe un nivel de realidad más profundamente real, más profundamente sentida como real, que ese mundo construcción de los vivientes; es prueba de que existe la dimensión “no-dos” de las realidades.

            La música prueba que existe una dimensión de la realidad, que está presente en cada cosa, en cada acontecimiento, en cada sentir, pero no se liga a esas realidades y acontecimientos, porque continúa teniendo valor cuando se perdió la memoria de los acontecimientos o realidades que la provocaron. Es más, la música es autónoma de su autor, puede olvidarlo y continuar teniendo todo su valor.

            La música está condicionada por el tiempo y por el espacio, y los utiliza, pero los utiliza para cantar esa dimensión extraña y sutil, que está más allá del espacio y el tiempo.

            Está condicionada por los tipos de sociedades en que ocurre y por los instrumentos y voces con las que canta, pero utiliza esos condicionamientos para cantar  de formas diversas y siempre nuevas, la dimensión de lo real que trasciende todo condicionamiento. Y lo hace de tal forma que cuando desaparecen esos condicionantes, la música continúa con todo su valor intacto.

            La música es la prueba irrefutable de que la dimensión del puro existir es sutil, pero que su sutilidad no le impide, sino todo lo contrario, ser luz, conocimiento, conmoción de la sensibilidad, la conmoción más alta y honda. La música habla, a quien sabe escuchar, de la dimensión “no-dos” de lo real, de “Eso que es”, que sin ser persona, ni individualidad, ni realidad objetivable alguna; es luz de la mente y conmoción profunda de la sensibilidad.

 

            La interpretación de la naturaleza de la música ha estado presa y condicionada por el teísmo y el individualismo de la cultural occidental. Occidente no ha podido reconocer el carácter de la música como canto del “no-dos”, de eso sutil que está más allá de toda categoría de sujeto, objeto e individualidad. Rumí, por el contrario, sí fue capaz de reconocer esa naturaleza de la música en el canto del ney.

            Desde un punto de vista espiritual podríamos decir que la música es la presencia explícita de “Eso que es”; es su pisada en nuestro pobre mundo; es el manto glorioso de Dios; es la conmoción que provoca la proximidad.

La mística llega al corazón mismo de “lo que es”; la música es el canto que brota de la proximidad, que en ocasiones llega al corazón mismo de la proximidad.

            Quien se sumerge en la música se sumerge más allá de sí mismo pero en sí mismo; en “lo que es”, que no es ni Dios, ni persona, ni objeto, ni individuo, pero que es más sólido que el objeto más sólido, que es más que cualquier individualidad por poderosa que sea, que es luz mental y calor del sentir no subjetiva y que es más real y sutil que cualquier figuración divina.

            La música, toda ella, y cada tipo de música a su nivel, es la presencia patente y clara “de lo que es” que no es dual ni individual. Toda la música es alejarse de las costas del ego y de sus intereses. El alejamiento puede ser mayor o menor, pero siempre es navegación mar adentro, aunque en muchas ocasiones sea para volver a tierra pronto, en el ego.

 

            ¿Hay un uso perverso de la música? Si lo hay; como hay un uso perverso de la religión e incluso de la alta espiritualidad. Se puede utilizar la música para encender las pasiones, para estimular la agresividad, para sumergir en una sensualidad vaga, autocomplaciente.

            La música es un fenómeno antropológico y, por tanto, es un fenómeno, aunque sutil, de un depredador. El depredador puede utilizar todas sus dimensiones, incluso las más altas y sublimes para depredar mejor y más eficazmente. En un viviente, con tantos niveles como el humano, hay muchos tipos de depredación: la física, la mental, la de la sensibilidad e incluso la depredación espiritual.

            Pero el mal uso que se pueda hacer de la música, mal uso que se apoya en la profundidad de la riqueza de la experiencia que provoca, no desminuye su valor, ni desfigura su realidad. Tampoco justifica que por el mal uso que se pueda hacer de ella, se la excluya de la vida de los hombres.

 

            Hoy es uno de los pocos lugares en el que las gentes encuentran un acceso real y verdadero a la dimensión “no-dos” y sutil de nuestra existencia. Basta con asistir a una sala de conciertos para poderlo comprobar. Incluso los grandes acontecimientos musicales de la juventud tienen mucho de navegación que permite, aunque sea por unos breves ratos, navegar más allá de loas playas del yo.

 

            La música se puede vivir como creador, como intérprete y como oyente. Tres maneras de presentarse el mismo fenómeno, intrínsecamente emparentadas, tanto que deben formar una unidad.

            El creador, cantando y construyendo su canto, vive, siente y conoce lo Real en su sutilidad. Su creación es una indagación y es el resultado de su indagación.

El intérprete recrea, vive de nuevo lo que el autor creo, indagó y vivió.

El oyente debe recrear, con el autor y el intérprete, lo que ellos ya hicieron. La suya no es una actitud pasiva, sino que debe ser tan activa, a ser posible, como la del creador y la del intérprete. Escuchar música es verificar por sí mismo lo que otros indagaron, rehaciendo la indagación y verificándola.

 

            Hay una forma de escuchar música incorrecta, aunque muy practicada. Consiste en ponerse en una actitud pasiva para que la música remueva los sentimientos y emociones del yo. Eso no es escuchar música, sino utilizar la música para escucharse a sí mismo. De todas formas no crea  un efecto negativo, porque amplifica, purifica, engrandece, ennoblece, diversifica los sentires del yo, ayudándole a salir de sus estrechos límites. La música, incluso así de mal oída, mejora a la gente, la hace más sensitiva, pero no la libera del yo, ni le da el conocimiento que le podría proporcionar.

Incluso puede servir para construir un yo más poderoso, más egocentrado, más pagado de sí mismo. Eso puede ocurrir en creadores e intérpretes más que en oyentes; y no es infrecuente, ni mucho menos. Ya hemos indicado antes que la música, como la espiritualidad, puede tener un uso diabólico.

 

El correcto uso de la música, en cualquiera de sus formas, podríamos decir que es sagrado, en cuanto que, poco o mucho, superficial o profundamente, saca del yo e introduce en el ámbito del “no-dos”.

A causa de esta naturaleza de la música, puede ser empleada de muchas maneras para hacer silencio, para orar en sentido amplio, para indagar adentrándose en el “no-dos”.

Describiré algunas formas de hacerlo. No pretendo ser exhaustivo.

 

La primera forma es sumergirse en el “no-dos” expresado y puesto patente por la música. Sumergirse en el gran canto de la gran música es adentrarse en la indagación y en la verificación de “Eso que es”.

Hay que vivir la música como la presencia explícita del “no-dos”. Se trata de una indagación con la mente y el corazón, consciente de que se está en la presencia revelada de “lo que es” sin sujetos, sin objetos, sin individualidades, ni palabras, sutil e inmediata. Incluso cuando en el canto se utilizan palabras, la música las traga y en muchas ocasiones, si no en todas, el canto podría ir con esas palabras o con otras.

 

Hay otra forma importante de hacer silencio, de meditar con la música: utilizarla como plataforma. La música que se escucha funciona como una especie de plataforma ya no situada en el nivel de los sujetos,  los objetos, las individualidades, sino situada en el nivel de la no-cotidianidad. Desde esa plataforma se puede partir para indagar lo Real con la mente, con el corazón o con los dos a la vez.

Este uso es potente y eficaz, si se sabe huir de la actitud que hemos expresado ya: la actitud pasiva que utiliza la música como una cuchara para remover el propio interior, los propios sentimientos siempre relacionados con deseos, temores y expectativas.

 

Se puede usar la música también para purificar la mente y el corazón; para estimularlos, para darles potencia para adentrarse en la meditación, en la indagación, en la verificación de lo Real.

La música es, además, un potente medio para enamorarse de la dimensión sutil que expresa, que es “el que es”, para acrecentar el interés y el amor por esa sutil dimensión gratuita, que es la verdaderamente real; para ejercitar el desapego de todo lo que la gente valora; para silenciar nuestras preocupaciones cotidianas, nuestros deseos y temores, nuestros recuerdos y expectativas.

 

También puede utilizarse como objeto de concentración. Concentrándose en su canto, en la complejidad de su armonía, en las diversas líneas que componen la obra, en la instrumentación, en el ritmo, en el conjunto sin tiempo de la obra, en su mensaje profundo. Esa concentración silencia al yo.

 

En el aprendizaje del uso de la música se precisa una cierta estrategia para no caer en el uso de la música que es, básicamente cultivar y excitar los sentimientos. Se puede empezar por escuchar la música que para nosotros resultan hoy menos centradas en los sentimientos, como la música medieval y renacentista, el gregoriano, la música clásica, la barroca, algunas formas de música contemporánea, algunas músicas étnicas, algunos tipos de música árabe o hindú.

Luego puede uno enfrentarse con las obras románticas, las escuelas nacionales, etc. Puede seguirse con el jazz, el flamenco, etc. Por fin se pueden utilizar las músicas populares.

Todas sirven, pero uno debe saber donde está y qué pretende, si bordear los abismos o pasearse por el jardín.