Joan Maragall

La panacea. Joan Maragall

Especial Joan Maragall (1860-1911)

(artícle publicat al Diario de Barcelona. 16-XI-1911)

Esta distinción que solemos hacer tan terminante entre el cuerpo y el alma, es hija de la soberbia de nuestra razón que todo quiere reducirlo a sus pobres mecanismos y considerarlo dentro de las categorías bien deslindadas que le son precisas y a las que, sin embargo, escapa la vida en la inmensa riqueza de aquel misterio que es la mayor y mejor parte de ella.

 

 

Así, por ejemplo, solemos juzgar y decir con el mayor aplomo: -Para los males del cuerpo, el médico; para los males del alma, el director espiritual; para el cuerpo, medicina; para el alma, máximas, consejos, reflexión.- Pero yo me atrevo a preguntaros: -¿estáis seguros de saber bien lo que en vosotros es cuerpo y lo que es alma? […] Yo creo que mientras vivimos en nuestra vida actual el cuerpo y el alma forman una unidad que no se puede desconocer sin grave daño: llamemos a esta unidad cuerpo animado o alma encarnada, lo mismo da, con tal que no la rompamos queriendo considerar cada cosa por su lado.

Cuando bañamos y purificamos y entonamos esto que queremos llamar exclusivamente nuestro cuerpo en el agua, cuando lo ungimos y vestimos y adornamos, yo creo que también lo que llamamos nuestra alma queda purificada y entonada, y ungida y vestida y adornada en mucho, y que si lo hiciéramos con perfecta conciencia e intención de la integridad de nuestra persona, es decir, dejando toda el alma en el cuerpo, aquélla quedaría tan bañada y adornada como éste, porque en tal caso, esto es, presidiendo el acto tal conciencia e intención de unidad, no son cuerpo y alma, cosa y cosa, sino una sola.

Lo mismo digo de cuando se promueve en nosotros un gran bien espiritual, que si entonces sabemos incorporarlo a nuestra unidad: es decir, que si sabemos orar con los nervios y con los músculos y con la sangre, todo esto que llamamos cuerpo queda igualmente mejorado. […] Bien sabéis de cómo un enfermo se ha mejorado con sólo haberse trasladado del lugar donde enfermó a su casa; o por la simple presencia de una persona muy querida, o por una noticia buena.
Pues yo creo que el beneficio promovido por estos hechos exteriores puede lograrse igualmente, y mucho más, con un acto interior, con un esfuerzo de conciencia de nuestra unidad personal, con una invocación a aquella cosa invulnerable, pacífica, eterna, que sentimos latir en el fondo de nuestra naturaleza, a aquello que es nuestra casa de eternidad, que es un infinito de amistad siempre presente, que es una buena noticia que nos está llegando si constantemente la escuchamos; es aquel sentirse seguro en la mano de dios, sano o enfermo, en dolor o en descanso, muerto o vivo; aquella paz indestructible que no hay dolor, ni enfermedad, ni muerte, que pueda turbar; aquella cosa buena que nadie, nadie, ninguna criatura de Dios puede dejar de sentir si bien se atiende a sí mismo, porque está en la masa de lo que hemos sido hechos. Y aquella cosa, entonces, no hay sino avivarla en la conciencia de ella, no hay sino como acurrucarse uno y meterse todo en ella, para sentir cómo nos abriga y nos modela y nos vuelve a hacer en ella de modo que sentimos la vida afluir otra vez y, poco a poco, subir como una marea, invadiendo, difundiéndose por nuestros miembros hasta reintegrarnos en la sanidad y el vigor de todos ellos. Y si entonces nuestra naturaleza no consiente tanto, es igual, el beneficio no se pierde, estamos seguros de encontrarlo en otra parte.

Pero en éste “es igual”, en el anticipado goce de este beneficio, en esta seguridad de “la otra parte” está precisamente la mayor eficacia para conservarnos en ésta. En tal indiferencia está la mayor posibilidad, porque cuanto más todo nos es uno, más fácil colocación hallamos en cualquier cosa. Cuanto más, recogiéndome en mí mismo, digo: “Ya estoy muerto”, más vida siento en mí, porque entonces, en el fondo, de mi conciencia conozco que, del todo muerto, nunca podré estarlo; que ante la sola potencia de eternidad que se deja sentir en nosotros, con ser nuestra medida tan pequeña todavía para ella, la muerte es ya, sin embargo, una palabra vana.
Esta me parece que ha de venir a ser una resultante ideal de sentirnos bien unos en cuerpo y alma dentro de nuestra naturaleza; y no estar, como ahora, tan torpes, que creamos que son dos cosas enemigas que hay que servir por separado. Y así, cuando por tratar de servir al alma mortificamos innecesariamente al cuerpo, la ira de éste se siente en el alma misma porque ¿qué otro órgano tiene aquí el alma para su función? ¿Qué más alma tengo aquí sino este cuerpo? ¿Con qué ojos veo esta puesta de sol que resplandece delante de mi ventana y me inunda de sentir, de eternidad, con qué nervios la siento, con qué cerebro la ideo, con qué corazón late en todo mi ser, sino con estos ojos, con estos nervios, con este cerebro y con este corazón de mi cuerpo, de este cuerpo que con tales usos se hace alma?

[…] también es muy torpe y ridículo el otro extremo de los que atienden tanto a su cuerpo con regalos, con afeites y con drogas, que llegan a olvidar su naturaleza verdadera […] tan preocupados están en conservar en buen estado el martillo, que no les queda tiempo para batir el hierro. Y entonces yo pregunto: ¿para qué un martillo tan bonito? Que tampoco es tan bonito, porque las cosas no se embellecen ni mejoran sino en su propio trabajo. Tratad de usar el cuerpo como alma y el alma como cuerpo y estaréis en algo de la unidad de su naturaleza y en su trabajo más propio, y por tanto es la única salud y belleza de toda ella.