Dídac P. Lagarriga

La sinceridad, clave para la armonía

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traducción del artículo publicado en el diario ARA (02/12/2015 pgs. 30-31)
Cuando queremos apropiarnos de la sinceridad y construirla desde nuestros parámetros mentales, se desvanece.

A menudo pensamos que en una relación social, por ejemplo en el trabajo o la familia, las cosas fluyen mejor si no somos del todo sinceros. En el juego de las apariencias y las buenas maneras se esconden actitudes hipócritas que, si bien superficialmente o en un primer momento pueden parecer efectivas para mantener un cierto orden o estabilidad…

A menudo pensamos que en una relación social, por ejemplo en el trabajo o la familia, las cosas fluyen mejor si no somos del todo sinceros. En el juego de las apariencias y las buenas maneras se esconden actitudes hipócritas que, si bien superficialmente o en un primer momento pueden parecer efectivas para mantener un cierto orden o estabilidad, acaban por dañar las bases de cualquier relación. El valor de la sinceridad no siempre está bien visto, sobre todo en sociedades complejas acostumbradas a funcionar a base de mentiras o medias verdades, hechas de silencios que tapan y no de silencios que abren.

Porque sinceridad y silencio son espacios comunes indisociables en su aspecto liberador cuando entramos respetándolos y admitiendo lo que son. Si se tergiversan, si los ponemos a nuestro servicio, pierden toda función vital para convertirse en herramientas represoras, ya sea en uno mismo o en la sociedad. Cuando entramos en el espacio de la sinceridad, en el terreno del silencio, desaparecen los miedos, ya que una relación sin este espacio compartido es una relación fundamentada en el miedo.

 

Los velos de la sinceridad

Emprender el camino de la sinceridad no es un movimiento rápido ni automático. Decir lo que se piensa y expresar en todo momento lo que sentimos no significa necesariamente actuar desde la sinceridad. De hecho, a menudo es lo contrario: lo que consideramos sincero no es más que una construcción mental basada en prejuicios, bloqueos emocionales y maneras de encajar la realidad en los propios deseos. El autoconvencimiento se confunde con la sinceridad, aunque no sea más que un velo que tejemos con el hilo del miedo: miedo a ser, miedo de sentir, miedo a encontrarnos y miedo -muy especialmente en esta cultura material-, de perder, de no poseer. Si la sinceridad es este espacio común vital, fértil, se hace patente que no nos pertenece ni es exclusivo de nadie, todo lo contrario: su inclusión nos acoge y nos nutre. Cuando queremos apropiarnos de la sinceridad, cuando la queremos construir desde nuestros parámetros mentales, se desvanece. Por eso el mejor aliado de la sinceridad, el mejor vehículo para llegar a este espacio, es el silencio.

Silencio de deseos, de expectativas, silencio físico en que el cuerpo también participa. Poco a poco (la sinceridad, como el silencio, no conoce las prisas) vamos recuperando ese estado natural, nuestra condición primigenia. Venimos de la sinceridad de la infancia, de aquel talante espontáneo en el que aún no hemos escindido materia y espíritu. Con los años, con el recorrido que ha ido alimentando nuestro ego, nos hemos alejado de toda autenticidad para llenarnos de falsas promesas y máscaras sociales. Creíamos que la sinceridad no nos ayudaría en nuestro proceso de ascender a la vida. Vestidos de ruido, profesionales del engaño, sufrimos los desequilibrios internos y externos de esta opción. No es un modelo sostenible, ni para el cuerpo ni para la Tierra.

Decíamos que la sinceridad plena no nos pertenece, pero aún más: ni siquiera es exclusiva del ser humano. “La sinceridad del pájaro es su vuelo”, nos dirá un dicho popular cuando la cordura colectiva entienda el valor catártico de la sinceridad por encima de la vanidad de la apariencia.

Insertarnos en el terreno de la sinceridad es, en primer lugar, sentirnos acogidos, ya que el primer sentimiento que nos ofrece es la serenidad. Con esta serenidad crecen también el asombro y el agradecimiento, la profunda sensación de llegar a casa. El despojo es integral, dignificado. Caen los velos de lo que representamos, se diluye la ilusión de un imaginar ávido de emociones, hambriento de confrontación y exterioridad. La sinceridad nos invita a mirar con la visión interior, donde el corazón observa y disfruta de la pura presencia.

El esfuerzo para lograr este espacio pasa, en primer lugar, por reconocer las trampas que uno mismo se interpone; atravesar un camino lleno de autoengaños. El marco mental necesita verdades a las que poderse agarrar, pero expresar estas verdades no siempre implica imbuirnos de sinceridad. Las verdades que razonadamente erigimos, las que hemos heredado, las que juzgamos por inercia o comodidad, pueden convertirse en simple humo cuando la sinceridad nos acoge. En este inicio de camino a casa, la práctica -y no la teoría- es idónea para decapar al ego, para ir sacando lo externo, lo impropio. Aferrarnos a una hipotética estabilidad y al miedo de perder personalidad, estatus, amistades o cualquier espejismo elaborado a partir de ensoñaciones estimuladas por el entorno, es el principal freno a desnudar el alma y bañarnos en las cálidas aguas de la sinceridad, inmersos en la serenidad del silencio. La práctica no de hacer, sino de deshacer: la de que, en apariencia, no consigue nada, ni se impone metas, ni se estresa o enferma por no llegar a alcanzarlo.

 

 

Vivir la sinceridad

El estado natural, del que brota la sinceridad, no es un objetivo planificado ni un territorio por conquistar. Lo poseemos, siempre lo hemos poseido, y sólo necesitamos tomar conciencia de ello para tornarlo evidente, enterrado por tantos velos como le hemos ido poniendo a lo largo de los años. Tampoco es una garantía: al igual que la sinceridad aparece, puede volver a desaparecer rápidamente cuando queremos fijarla en nuestras conveniencias, cuando la instrumentalizamos y la aprovechamos para tergiversar y edulcorar. Porque si algo nos pide la sinceridad es dejarnos fertilizar por ella y no creernos, una vez más, dueños de sus frutos y señores de su tierra. Asombrados, cautivados, profundamente enamorados y sin lugar, ya, para el miedo y el dolor, miramos a los ojos del otro, de los otros, libres de opiniones, humildemente abiertos; agradecidos de poder permanecer, fugazmente, en nuestra condición primera. Sí, a lo mejor no se entiende, pero ¿quién necesita entender la sinceridad, cuando la podemos vivir?