Marià Corbí

Reflexiones sobre la vida y la muerte

Llac Fulles

La guía interior

Toda acción humana o es egoísta, o es ambigua. ¿Por qué?

Porque son actuaciones regidas por el ego, que opera siempre en beneficio propio; ese es el papel que debe ejercer como función del cerebro al servicio de la sobrevivencia del animal necesitado que somos los humanos.

Incluso cuando se actúa a favor de otros, como es el caso de la familia o el propio colectivo, su actuación será egoísta –el bien de la familia o del propio grupo redunda también en bien propio- o será ambigua.

Para que el ego haga la función que debe ejercer tiene que considerarse como alguien venido a este mundo lleno de amenazas; como alguien sujeto de necesidades y lleno de fragilidad. Sin embargo, se considera ser alguien y no es nadie; se cree actor autónomo y no es ni actor.

Ese es su error necesario, ese es su supuesto inevitable si quiere sobrevivir.

Los sabios enseñan que esa no es nuestra realidad; que no somos nadie venido a este mundo. Enseñan que, como ego, no somos actores libres; que no somos el actor que tenemos que suponer que somos; que el único actor es la DA, esa inmensidad.

Enseñan también que cuando el ego sale de su error de creerse una entidad y un actor libre y reconoce su naturaleza real como forma de la DA, cumple su función como gestor de la supervivencia del organismo a la perfección.

La raíz del malfuncionamiento del ego es la misma raíz que es el motor de la vida: el deseo y su contracara el temor. El deseo inseparable del temor es el fundamento de su egoísmo insaciable y es la raíz de las malas interpretaciones de lo real y de las situaciones que se presentan.

El deseo/temor selecciona los recuerdos de acciones que juzga que fueron positivas,  y  mantiene  en  la  memoria  los  recuerdos de las acciones que considera negativas. Sobre esas bases diseña sus expectativas de futuro. La realidad no suele responder a las expectativas construidas sobre el deseo/temor de los individuos, porque las ansias del deseo y los miedos del temor deforman la realidad que se espera conseguir, y la realidad no obedece a las deformaciones.

Es sabio reconocer la ambigüedad de todas nuestras actuaciones y se reconcilia con ella. La ambigüedad funciona incluso cuando se actúa buscando decididamente la sabiduría.

¿Cómo no va a ser ambigua nuestra marcha y nuestra búsqueda de la DA si necesariamente hemos de partir del falso supuesto de que somos alguien, un actor libre? Hemos de partir y actuar desde un ego erróneo y lleno de temores, que inevitablemente actúa ambiguo incluso para salir de su supuesta entidad y de su egocentración.

Hay que aprender a reconocer la guía que viene de la realidad misma de nuestro ser, a pesar de la ambigüedad en la que nos movemos y a pesar de los errores explícitos.

Desde ahí hay que hacerse capaz de reconocer el paquete de deseos/temores que recibimos  de nuestros  padres y  mayores, y las expectativas que desde esa fuente nos vinieron ya diseñadas. Si no reconocemos esa herencia, no podremos contrapesarla, ni podremos liberarnos de ese legado, aunque tengamos que llevarla inevitablemente a la espalda como una mochila.

Lo que no  se  reconoce,  nos  domina,  aunque  sea  revestido de justificaciones.  Cuando  se  reviste  de  justificaciones,  impide la reconciliación con esa nuestra condición y genera actuaciones contra sí mismo y contra lo que le rodea.

Cuando se reconocen los factores determinantes del pasado, se puede uno reconciliar con ellos y desidentificarse de ellos. La no identificación les quita su fuerza.

Hemos dicho que hay que reconocer la guía que viene desde la realidad de nuestro ser. Hay que ir más allá de esta afirmación. Decir que hay una guía es hablar todavía dualmente suponiendo que hay alguien que es guiado y que existe también la guía de la DA.

En realidad, en nosotros no hay nadie diferente de la DA. Por consiguiente, la DA no sólo guía, sino que es el único actor. En mí mismo no hay un actor fuera de Él. Reconocer y vivir eso es sabiduría.

La DA es la que es y la que actúa. Es el único actor sin segundo.

Sin embargo, cuando decimos que la DA es la única que es y que es el único actor, debemos ser conscientes de la debilidad, inadecuación y pequeñez de nuestras afirmaciones. De la DA no podemos decir que es o que no es, tampoco podemos decir que sea un actor o no lo sea. Esas son categorías de un pobre viviente de la tierra, hablando de lo que no se puede hablar.

Por ello, el misterio innombrable de la realidad de nuestra realidad es también nuestro propio misterio innombrable.

Reflexiones sobre la muerte en las sociedades de conocimiento

Todas las tradiciones de la humanidad han dado a la muerte una interpretación que la mitigue, que la haga asumible sin gran angustia, que no haga de la muerte un final abrupto en el abismo negro de la no existencia.

En el pasado se ha hablado de la vida del espíritu después de la muerte del cuerpo, del paso al reino de los espíritus, del paso al reino de los antepasados, se ha hablado de la resurrección de los muertos, de una muerte que sabiamente asumida es en realidad una no muerte, de la reencarnación, de la vida eterna, de la vida en Dios.

Los judíos y los griegos de la Grecia clásica hablaban del reino de los muertos como un reino oscuro de sombras. Pero los griegos terminaron por adoptar los mitos y ritos de muerte y resurrección de los misterios helenos, y muchos judíos aceptaron la resurrección de los muertos.

Esas referencias a mundos de ultratumba no era un autoengaño colectivo, era una interpretación de la vida que veía en la muerte no a una enemiga sino su contracara necesaria. La muerte teñía toda la vida y haciéndolo mostraba que la vida era tan perecedera como las hierbas del campo; y la vida teñía a la muerte como un traspaso a otro nivel, no como un final trágico en la nada.

La vida y la muerte no son dos asuntos simplemente contrapuestos, son una unidad, son una sola realidad con dos caras. La vida necesita de la muerte para sentirse siempre fresca y nueva; la muerte sirve así a la vitalidad perpetua de la vida.

Esto  intuyeron  y  vivieron   nuestros   antepasados   y así interpretaron la  muerte  como  no  separada  de  la  vida. La contraposición de vida y muerte no la vivieron como la contraposición del ser y la nada. Las SC deben proporcionar una lectura de la muerte que sea fiel a esa unidad de vida/muerte y que haga a la muerte asimilable para los humanos. No se trata sólo de intentar mitigar a la muerte para los ciudadanos, se trata de aprender de su misterio y de su estrecha conexión con la vida.

Donde hay vida hay muerte, y donde hay muerte hay vida. Hay que aprender qué enseña la muerte sobre la realidad de la vida y qué enseña la vida sobre la  muerte.

Las SC se ven forzadas a asumir la muerte sin las mitigaciones y soluciones que pensaron y vivieron nuestros antepasados. Tenemos que aprender a vivirla sin creencias, sin soluciones religiosas, sin dioses, sin una antropología de cuerpo y espíritu, desnudos de todas las soluciones que crearon las generaciones pasadas de la humanidad.

Lo que roba la muerte y lo que no arrebata

Veamos lo que elimina la muerte:

Elimina el cuerpo, la individualidad, el ego con sus deseos y temores, con sus recuerdos y expectativas, elimina el mundo que como vivientes construimos, los amores y los amigos, los trabajos que hicimos. Con todo eso arrasa la muerte.

La muerte, como una potente riada o como un tornado que lo arrastra todo, lo arrasa todo, no deja nada. Nada resiste o prevalece a la muerte.

Después de muerto de mí no quedará nada, ni residuos siquiera. Todo se lo lleva la muerte. Durante un breve tiempo, mi memoria será un nombre, sin historia, en papeles, pero dándole tiempo al tiempo, la muerte eliminará también ese residuo.

Nada resiste a la muerte.

Sin embargo, para quien comprende, nada arrebata la muerte.

La muerte no puede con lo que yo era antes de nacer. No es capaz de barrer la DA (dimensión absoluta) de lo real, de la que todo lo que existe son formas pasajeras, como olas breves del mar, de un mar y que sólo es mar, sin nada añadido.

La DA es“Eso”que era antes de nacer, y que fui, aunque no los supe, mientras existía, y a lo que volveré después de la muerte.

¿Qué es eso que era antes de nacer, que fui nacido y que seré muerto?

Algo imposible de conocer, indecible como un abismo, porque es un abismo. Cada ser no es lo que parece ser, sino un abismo que escapa a toda representación y conceptualización humana.

Si reflexionamos, comprenderemos que nadie ha venido a este mundo; todas nuestras facultades son de este mundo. No somos “otro” de este mundo, ni el mundo es “otro” de nosotros.

Para vivir y poder depredar hemos de suponernos ser alguien, en un medio del que se vive. Pensamos que nosotros somos “uno” y el medio “otro”. Pero ese supuesto, necesario, es falso: somos formas breves de “Eso”. Formas que no añaden nada a la DA que es todo.

Esta es una comprensión racional de la muerte, sin creencias y ciñéndonos a los datos de lo que elimina radicalmente la muerte y de lo que la muerte no puede arrebatar.

De nosotros como individuos no queda nada después del paso por la muerte. Pero, agua somos del agua de la fuente, mientras vivimos, y a la fuente tornamos cuando morimos.

La fuente es la inmensidad de los mundos. Esa fuente no es la interpretación del cosmos que nosotros construimos. Nuestra interpretación científica del cosmos es una modelación a la medida de nuestro cerebro, de los sentidos y sus amplificadores científicos e instrumentales. Jamás saldremos de las posibilidades y características de nuestro cerebro y nuestros sensores. El cosmos, para nosotros, siempre será una interpretación y una construcción. Será una descripción, pero sólo desde nuestros modelos de construcción.

La fuente de la inmensidad de los mundos son los mismos mundos, no un Dios, ni otro mundo, ni nada “otro” de todo esto.

Esa inmensidad, ciñéndonos a los datos, es como mente, como conciencia, como inteligente, como providente y calculador, pero sólo “como” porque ninguno de esos conceptos se le pueden aplicar rigurosamente,  sólo  valen  como  apuntamientos.  Nada  se  puede predicar de ella porque está fuera de la posibilidad de modelación; es el vacío de toda nuestra posibilidad de acotación, categorización.

Con respecto a la DA de lo real tenemos noticias que son como datos, pero no podemos convertirlas en datos conceptualizables.

El despertar a nuestra propia realidad

La DA es una noticia mental-sensitiva no ordenada a la estimulación de forma que se desencadene la acción. Es una noticia no relativa a nuestras necesidades de vivientes.

Es una noticia axiológica gratuita, porque sí. Al no estar ordenada a la operación, como tal noticia no se sitúa en el tiempo y en el espacio de nuestra cotidianidad.

Se presenta siempre en un tiempo y en un   espacio, pero no se sitúa en ellos para emitir su noticia. No hace referencia a una situación espacio-temporal que deba desencadenar una operación.

Podríamos decir que la DA desde un tiempo-espacio arranca del tiempo-espacio. La DA puede presentarse en una flor de calabaza; esa flor se da en un tiempo-espacio, en la época de la floración de las calabazas, desde la esquina del campo en que está plantada. Desde esa situación, la flor de la calabaza puede emitir dos tipos diferentes de noticias: que está ahí y se puede rebozar con harina para freírla y comerla, esa es su DR, y que está frente a mí con toda su delicadeza, su belleza su complejidad. Me habla de los abismos de espacio-tiempo que le llevaron a ser como es, del abismo del misterio de su propio ser, esa es su DA.

La DA  se  expresa  desde  un  tiempo-espacio  concreto,  pero se sale de esa situación ordenada a nuestra vida cotidiana y a la sobrevivencia. Al hacerlo remarca su gratuidad. Se presenta como una cualidad pura, sin pretensión alguna.

En el arte ocurre un fenómeno semejante, pero más acentuado. Un cuadro, una sinfonía enmarcan sus obras en un espacio delimitado, con movimiento en su propio interior, y por tanto, con un tiempo en su composición.

Pero ese espacio-tiempo del cuadro o de la sinfonía se escapa del espacio-tiempo de nuestra cotidianidad y sus finalidades de sobrevivencia.

Es un espacio-tiempo diferente, sin ninguna  pretensión práctica. No es útil, es puramente cualitativo. La cualidad es la que expresa el cuadro o la sinfonía.

Según estas consideraciones, quien realiza la DA, la CHP, aunque esté situado en un lugar de la tierra y en un tiempo determinado, se sale de ese espacio-tiempo cuantitativo para situarse en un espacio- tiempo puramente cualitativo.

Quien comprende y vive que su auténtica realidad es la DA, quien realiza su identificación con ella, la DA le saca del espacio- tiempo de la sobrevivencia y la depredación y le sitúa en un ámbito puramente cualitativo, gratuito, más intensamente cualitativo que en el caso del arte.

Quien reside en esa intensidad cualitativa se sale del tiempo- espacio y, por ello, se hace ajeno al nacer y al morir. Los grandes maestros de la DA y de la cualidad humana profunda, ni mueren ni permanecen eternamente. No tiene sentido preguntarse si el Buda sobrevivió a su muerte. Así lo piensan los grandes budistas. Otros grandes maestros si mueren resucitan; esa es una manera simbólica de expresar la misma idea, pero en una sociedad agraria. Afirmar que esos maestros cuando mueren están en Dios, es otra forma de expresar la misma idea.

Decir que los que despiertan a la DA viven eternamente es intentar expresar, con las categorías del tiempo, lo que se sale del tiempo. Decir que están en el paraíso, en el cielo, es expresar lo que se sale del espacio con categorías de espacio.

La pura cualidad se sitúa fuera del tiempo-espacio y fuera del nacer y morir.

Porque están fuera del tiempo-espacio quedan fuera de la individualidad, porque la individualidad necesita situarse en un tiempo-espacio. Por tanto, quien realiza la DA está fuera del tiempo- espacio, fuera de la individuación y es pura cualidad.

Habrá que sustituir las expresiones que hablan de eternidad y paraíso, por la cualidad intensa, sin tiempo ni espacio, sin aniquilación, sin eternidad y sin individuación.

Quien se va

Quien se va
es quien no vino;
Quien no vino
no se va.

La vuelta

Ya vuelvo
a donde
no salí.

Lo que seré

Lo que era,
lo que he sido,
lo que soy,
seré Eso,
de mí, nada.

A qué llamar despertar

 Cuando nací,
nadie nació
otro de Él,
si no es Él.

Él no se manifestó
a nada fuera de Él.

Cuando se cierren mis ojos
nadie morirá a nada.

No existe la ignorancia,
ni existe el despertar.

¿Quién se despertaría
dónde no ha habido nadie?

¿A qué despertaría
que sea definible?

No sobreviviré
porque mi yo es ensueño.

Hay ignorancia,
mas la ignorancia
sin Él es nada.

A esa luz
la llamaremos
el despertar.

La Luna

¡Oh bella luna!
Eres mi cuerpo,
yo soy tu mente.
El cuerpo-mente
son solo uno.

La mejor ofrenda

Rendir ofrenda
a lo que es
desde este cuerpo
que ya se va.

¿Qué ofrenda hay
si no es servir
al existir
de todo ser?