Zhuang Zi

TODO SER ES OTRO Y TODO SER ES ÉL MISMO

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          Zhuang Zi (1)

Del libro II. De la unidad de los seres. La gran sabiduría abarca, la pequeña distingue; las grandes palabras son brillantes, las pequeñas son verborrea. Durante el sueño el espíritu del hombre está confuso; durante la vigilia, su cuerpo no está quieto; demasiado enmarañado es su trato con el mundo, que el día entero andan intrigando los unos contra los otros. Hablan para dar largas, o para engañar, o para ocultar sus intentos. El pequeño temor los deja abatidos, el grande paralizados. Disputan con el “es-no es”, cual si saetas se lanzaran con ballesta; se obstinan en sus opiniones, cual juramentados que resisten y no cejan; se debilitan como el otoño-invierno, y día a día se van extinguiendo; se hunden en la acción, y ya no es posible hacer que vuelvan; se contristan como si estuvieran amarrados, y cuanto más viejos más incapaces de romper sus ligaduras; cerca su espíritu de la muerte, no hay modo de hacer que cobres su energía vital. Alegría y cólera, pesadumbre y contento, cuitas y lamentos, caprichos y temores, arrebatos y abandono, insolencia y afectación: todo esto surge cual música de instrumento hueco, como hongos de los terrestres vapores. Se alternan día y noche ante nosotros, mas nadie sabe de dónde brotan. ¡Basta, basta! ¡En cuanto nos percatemos de todo esto, su origen se nos hará patente!

[…] Una vez que el ser humano ha recibido su forma corpórea, la conserva sin mudanza hasta que se agota (su energía vital). Trata con las cosas exteriores, y así se van puliendo mutuamente, Siempre persiguiendo algo, cual galope de corcel, y nadie hay que lo detenga. ¿No es digno de compasión? Pasa la vida entera penando sin ver provecho alguno; fatígase y padece, y no sabe para qué. ¿Acaso no es digno de lástima? La vida de estas gentes, aun diferente de la muerte, ¿qué sentido tiene? Se agota poco a poco la forma corpórea del hombre y se va debilitando, y a la par también su espíritu. ¿No es esto algo sobremodo lamentable?

[…] Todo ser es otro y todo se es él mismo. Uno mismo es también el otro, y el otro es también uno mismo. El otro tiene su propia afirmación y negación, y uno mismo también tiene su propia afirmación y negación: Mas, ¿verdaderamente hay diferencia entre el otro y uno mismo?, ¿no hay realmente diferencia entre ambos? ¿Que el otro y el yo no se contrapongan: a eso nombran eje del Tao. Sólo acomodándose a ese eje se puede penetrar en el círculo, para así corresponder a los infinitos cambios. Los cambios del “es” son infinitos, e infinitos los cambios del “no es”. Por eso se dice: nada mejor que una mente iluminada.

[…] Nada hay que no tenga su “es”, ni nada que no tenga su “puede ser”. Por eso una yerbecilla y un gran árbol, una sarnosa y la bella Xishiu, así como cuanto hay de asombroso, todo en el Tao se hace uno. Divídese la unidad y toman forma los seres. Solo quien ha alcanzado la sabiduría conoce que los millones de seres son uno, y así no se aferra a sus prejuicios y se atiene a lo común. Lo común es útil, lo útil aprovecha, el provecho es logro. Conseguido el logro, se ha llegado al fin.

Agotar la luz del espíritu buscando la unidad, mientras se ignora la identidad de todos los seres, es lo que se llama “Tres por la mañana”. ¿Qué es eso de “tres por la mañana”? Un criador de monos que les daba castañas para comer, dijo a sus monos: “Os daré tres por la mañana y cuatro por la tarde”. Los monos se enfurecieron. Dijo entonces él: “Bien, os daré cuatro por la mañana y tres por la tarde”. Y los monos mostraron grandísimo contento. Palabras y realidad no habían cambiado, mas fueron ocasión de cólera primero y luego de alegría: aquel hombre había sabido acomodarse al natural de los monos. De ahí que el sabio no se pierda en disputas acerca del “es-no es”, sino que reposa en el equilibrio del Cielo.

[…] Toda distinción encierra indistinción; toda discusión encierra indiscusión. ¿Cómo es esto? El sabio todo lo abraza; los hombres discuten sólo por hacer alarde. Por eso se dice: “el que discute es que no ve”. El gran Tao no se puede nombrar, el gran debate no usa de palabras, la gran benevolencia no es benevolente, la gran honestidad no destaca, el gran valor a nadie hace tuerto. El gran Tao que se manifiesta no es Tao, la palabra que disputa no alcanza la verdad, la benevolencia que se obstina en serlo no es perfecta, la honestidad que deja trazas no es real y verdadera, el valor que intenta hacer tuerto no es un valor acabado: todos cinco son cual el círculo probando a ser cuadrado.

Saber que hay cosas que no se pueden saber es la cumbre del saber. ¿Quién conoce el debate sin palabras y el Tao que no tiene nombre? A quien sea capaz de conocerlo, se le podrá llamar tesoro del Cielo. Verterás en él no importa cuánto, que no lo has de colmar; y por más que saques de él, jamás lo verás agotado; ni tampoco se sabe por qué. Llámase a esto luz escondida.

Del libro XII. Cielo y Tierra. Lo miras y es oscuridad, lo escuchas y es silencio. Sólo en medio de su oscuridad ves la luz, y sólo en medio de su silencio oyes la armonía. Profundidad de profundidades, puede engendrar las cosas; misterio de los misterios, puede formar la esencia sutil. Por eso el Tao está unido a los seres; suprema Vacuidad, que a todas las necesidades no deja de proveer. […]

El Tao cubre y sostiene a todos los seres, ¡inmenso en su grandeza! El sabio no puede menos que vaciar su mente si quiere comprenderlo. Actuar sin actuar, he ahí el Tao; hablar sin hablar, he ahí la Virtud; amar a los hombres y aprovechar a los seres, he ahí la benevolencia; tener por igualdad las diferencias, he ahí la grandeza; no comportarse de forma desatinada, he ahí la amplitud de espíritu; abarcar dentro de sí las innúmeras diferenciaciones, he ahí la riqueza. Y por eso aferrarse a la Virtud es la norma universal, la práctica de la Virtud es la propia afirmación, obedecer al Tao es la previsión completa, no sufrir desánimo por causa de cosas exteriores es acabada entereza. Alguien así, esconde el oro en las montañas y las perlas en las profundidades del mar; no se afana por acumular bienes, ni busca honores y riquezas; ni se ufana de sus logros ni se avergüenza de su pobreza. Aunque posea todas las riquezas del universo, no se tendrá por su dueño; aunque reine sobre el mundo, no hará alarde de su persona. Todos los seres son uno. Muerte y vida son lo mismo.

[…] Quien ha alcanzado la Virtud se hace uno con el origen del universo. Hacerse uno con él es Vacuidad, y Vacuidad es grandeza. Confundirse con el canto de los pájaros; y en esta confusión con el canto de los pájaros alcanzar la gran confusión con el Cielo y la Tierra. Esta gran confusión es el total desvanecimiento, que aparece como simplicidad y también como oscuridad. Nómbrase a esto Virtud Profunda, y se identifica con la gran armonía.


(1) El maestro taoísta Zhuang Zi (o Chuang Tsé) vivió en China en el siglo IV a.C.
El libro que lleva su nombre consta de 33 capítulos de los que la crítica moderna ha dejado establecido que se le pueden atribuir con seguridad los 7 primeros. Es central en su pensamiento la doctrina de la no-acción (wu wei), es decir, del obrar desapegadamente, sin perseguir deseos. Identificarse con el Tao y dejar a la vida actuar desde esa identificación, será la fuente de la verdadera libertad, de la paz, de la profunda compasión. La selección que ofrecemos proviene de la edición del Zhuang Zi de Iñaki Preciado publicada por Kairós (Barcelona, 1996. 477 p.)