{"id":52700,"date":"2006-11-08T00:00:00","date_gmt":"2006-11-08T00:00:00","guid":{"rendered":""},"modified":"-0001-11-30T00:00:00","modified_gmt":"-0001-11-29T22:00:00","slug":"un_cosmos_que_danza","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/cetr.net\/es\/un_cosmos_que_danza\/","title":{"rendered":"Un cosmos que danza"},"content":{"rendered":"<p><span>Para el derviche, cuanto existe danza, del &aacute;tomo a los planetas que gravitan en el universo. Danzan los animales, la lluvia, el viento, tambi&eacute;n las piedras, los &aacute;rboles y el ser humano. Todo es sam&acirc;, todo danza al son de una misteriosa melod&iacute;a, interpretada en la distancia por un ejecutante invisible, como dijera Einstein. No existe en la creaci&oacute;n m&aacute;s que vida y la esencia de &eacute;sta es el movimiento, la (re)creaci&oacute;n renovada, en cada s&iacute;stole y di&aacute;stole, de una realidad inacabada, que se contrae y se expande, muere y renace, a cada instante.<\/span><\/p>\n<p>El derviche no persigue atrapar la realidad; antes bien, expresa al danzar su solidaridad con un cosmos habitado por el ritmo, el orden geom&eacute;trico y el movimiento duradero. Danzar es trascenderse, situarse en el lindero de lo humano, para hacerse part&iacute;cipe de la liturgia de la vida y sus leyes. Danzar significa vaciarse, morir a s&iacute; mismo. En la muerte simb&oacute;lica halla el derviche la comprensi&oacute;n del misterio de la vida. Morir es para &eacute;l vivir m&aacute;s. Al cabo, el derviche encuentra su plenitud en el vac&iacute;o. Escribi&oacute; Yalaludd&iacute;n Rum&iacute;, maestro de derviches, all&aacute; por el siglo XIII: &ldquo;<span style=\"font-style: italic; font-weight: bold;\">No ser nada es la condici&oacute;n requerida para ser<\/span>&rdquo;. Danzar es uni&oacute;n: uni&oacute;n del hombre consigo mismo, con el resto de seres humanos, con el cosmos y, a la postre, con el misterio de lo divino. <\/p>\n<p>La danza constituye el primer y fundamental arte del hombre. Con todo, el sam&acirc;&rsquo;, la danza derviche del giro, m&aacute;s que arte es celebraci&oacute;n, rito sagrado, plegaria en movimiento, que utiliza el cuerpo como instrumento. El material del sam&acirc;&rsquo; es, en efecto, la propia corporeidad del derviche. Danzar es, para &eacute;l, celebrar el misterio de lo divino con la totalidad de su ser, el cuerpo en primer lugar. El derviche se distancia as&iacute; de las llamadas religiones del Libro -juda&iacute;smo, cristianismo e islam- y su repudio at&aacute;vico de lo corporal. El derviche, a diferencia del predicador, no habla el dialecto de la culpa. <\/p>\n<p>Danza: el primer arte del hombre y tal vez el m&aacute;s esencial y puro de todos, seg&uacute;n el decir de Maurice B&eacute;jart. Sublime arte del instante, de la danza, al final, no queda nada. Por ello, el sam&acirc;&rsquo; s&oacute;lo existe mientras el derviche lo ejecuta, en el momento preciso de la entrega a la espiral embriagadora de su ef&iacute;mero girar. <\/p>\n<p>El sam&acirc;&rsquo; es una danza circular, como lo es el movimiento giratorio del peregrino musulm&aacute;n en torno a la negra Ka&rsquo;aba de La Meca o el discurrir c&oacute;smico de los planetas alrededor del sol. El movimiento circular es el movimiento perfecto, el de las esferas, el de la regeneraci&oacute;n, contrariamente al de la l&iacute;nea recta que representa el mundo de lo corruptible. El c&iacute;rculo constituye una unidad completa y muestra, al tiempo, la unidad del punto de origen. Carece de principio y fin, siendo finito e infinito a la vez. El c&iacute;rculo constituye para el derviche el espacio por excelencia del viaje alqu&iacute;mico, de la transmutaci&oacute;n interior. El c&iacute;rculo permite hacer visible lo invisible. El punto, por su parte, es la primera de todas las determinaciones geom&eacute;tricas, de igual manera que la primera de las determinaciones matem&aacute;ticas es la unidad. La unidad y el punto constituyen la expresi&oacute;n del ser. El c&iacute;rculo aparece, as&iacute; pues, como irradiaci&oacute;n del punto, que es el centro. El punto es, al mismo tiempo, el principio, el centro y el fin de las cosas. El movimiento del sam&acirc;&rsquo; derviche se hace desde el centro y remite, justamente, a la inmovilidad vibrante del centro. El derviche es punto y c&iacute;rculo a la vez. En el lenguaje suf&iacute;, hallar el centro, &uacute;nico sentido del vivir, es degustar la totalidad. <\/p>\n<p>El derviche gira de derecha a izquierda, en un flujo de movimiento constante, como el gr&aacute;cil deslizamiento de la pluma del cal&iacute;grafo sobre el papel virginal. De derecha a izquierda, o lo que es lo mismo, hacia el coraz&oacute;n, ab intra. De derecha a izquierda, en sentido contrario a las agujas del reloj, esto es, a contratiempo. El derviche, con su fald&oacute;n blanco desplegado como un p&aacute;jaro alado, anhela remontar el curso de la historia hasta el instante en que fue uno con la divinidad. El p&aacute;jaro de fuego del esp&iacute;ritu abandona, por fin, el nido del cuerpo. El viaje del derviche no es sino un vuelo de Dios a Dios en Dios. <\/p>\n<p>El derviche celebra danzando el incendio del coraz&oacute;n, la s&uacute;bita ebullici&oacute;n interior, liberado de todo deseo, incluso del deseo de Dios. Al fin y al cabo, sabe que a Dios no se le encuentra busc&aacute;ndolo, aunque quienes no lo buscan jam&aacute;s lo hallar&aacute;n. <br \/><br style=\"font-weight: bold;\"><span style=\"font-weight: bold;\">Por Halil B&aacute;rcena<\/span><\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Para el derviche, cuanto existe danza, del &aacute;tomo a los planetas que gravitan en el universo. Danzan los animales, la lluvia, el viento, tambi&eacute;n las piedras, los &aacute;rboles y el ser humano. Todo es sam&acirc;, todo danza al son de una misteriosa melod&iacute;a, interpretada en la distancia por un ejecutante invisible, como dijera Einstein. 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