{"id":56051,"date":"2012-05-24T00:00:00","date_gmt":"2012-05-24T00:00:00","guid":{"rendered":""},"modified":"-0001-11-30T00:00:00","modified_gmt":"-0001-11-29T22:00:00","slug":"madurez_interior","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/cetr.net\/es\/madurez_interior\/","title":{"rendered":"Madurez interior"},"content":{"rendered":"<p>Con una calma total y con todo el ceremonial requerido, como si tuviera  tiempo infinito interiormente, un maestro tiene siempre tiempo infinito,  el abad se puso a preparar la tinta. Con un movimiento regular de la  mano, estuvo frotando hasta que el agua qued&oacute; negra. Sorprendido al ver  que fuera el propio Maestro el que hac&iacute;a este trabajo, pregunt&eacute; cu&aacute;l era  la raz&oacute;n. Su respuesta fue muy significativa: &ldquo;Gracias al tranquilo  movimiento de balanceo de la mano que prepara la tinta cuidadosamente,  una gran calma se va apoderando de todo el ser, y &uacute;nicamente de un  coraz&oacute;n en calma perfecta es de donde puede nacer algo perfecto.<\/p>\n<p>Quiero referir aqu&iacute; una historia vivida para explicar mejor este concepto de madurez interior y del cumplimiento que, necesariamente, tiene como efecto. Fue en una visita a un claustro japon&eacute;s, en Kyoto, en 1945. Un amigo japon&eacute;s consigui&oacute; para mi una audiencia con el maestro Hayashi, abad del c&eacute;lebre monasterio Zen de Myoshinji. Los japoneses tienen la delicada costumbre de hacerse regalos. El visitante, cuando es recibido por primera vez, lleva un regalo a su anfitri&oacute;n y a su vez &eacute;ste se ocupa de que el invitado no se vaya con las manos vac&iacute;as. El regalo m&aacute;s valorado es siempre aquel que es obra de la propia persona que lo ofrece. Fue as&iacute; como, al final de una larga y fruct&iacute;fera conversaci&oacute;n, al llegar el momento de terminar, el Maestro me dijo: &ldquo;Quiero hacerle un peque&ntilde;o regalo. Voy a <em>pintar<\/em> algo para usted&rdquo;. Dos monjes j&oacute;venes trajeron el material que se precisaba. Sobre una estera cubierta con tela roja, colocaron una hoja fina de papel de arroz de 60 x 20 cm., sostenida arriba y abajo por una barra de plomo. Trajeron luego los pinceles y la tinta. Era, en realidad, una barra de tinta de China que se transformaba en tinta l&iacute;quida a base de frotarla mucho contra las paredes de una piedra negra hueca que conten&iacute;a un poco de agua.<\/p>\n<p><em>Con una calma total y con todo el ceremonial requerido, como si tuviera tiempo infinito interiormente, un maestro tiene siempre tiempo infinito, el abad se puso a preparar la tinta. Con un movimiento regular de la mano, estuvo frotando hasta que el agua qued&oacute; negra. Sorprendido al ver que fuera el propio Maestro el que hac&iacute;a este trabajo, pregunt&eacute; cu&aacute;l era la raz&oacute;n. Su respuesta fue muy significativa: &ldquo;Gracias al tranquilo movimiento de balanceo de la mano que prepara la tinta cuidadosamente, una gran calma se va apoderando de todo el ser, y &uacute;nicamente de un coraz&oacute;n en calma perfecta es de donde puede nacer algo perfecto.<\/em><\/p>\n<p>Todo estaba ya preparado. El Maestro Hayashi se sent&oacute; sobre los talones, el cuerpo bien derecho, la frente serena, los hombros relajados, en la posici&oacute;n que caracteriza a quien practica desde hace mucho tiempo &ldquo;la sentada&rdquo;: el tronco distendido, pero a la vez con la tensi&oacute;n justa, vital. Con un movimiento inimitable, pues hasta ese punto era sosegado y fluido, el Maestro cogi&oacute; el pincel. Por un momento, mir&oacute; el papel, su mirada estaba como perdida en lo infinito. Luego dio la impresi&oacute;n de abrirse cada vez m&aacute;s hacia el interior, esperando que la imagen que contemplaba saliera libremente como de si misma. En ning&uacute;n momento tuve la impresi&oacute;n de que le inquietara el temor de <em>no lograr su prop&oacute;sito<\/em>, o el deseo ambicioso de <em>conseguirlo por encima de todo<\/em>. El resultado fue el testimonio de una maestr&iacute;a que expresaba mucho m&aacute;s que el dominio de una t&eacute;cnica.<\/p>\n<p>De los seguros trazos del pincel fue naciendo, poco a poco, la imagen de una Kwannon, diosa de la caridad divina. Traz&oacute; primero la cara, con una serie de trazos finos; despu&eacute;s, apoyando m&aacute;s, pint&oacute; el vestido y los p&eacute;talos de la flor de loto sobre la que la diosa se mantiene sentada. Luego lleg&oacute; en momento que me incita a contar esta an&eacute;cdota, aquel momento en que el Maestro se puso a dibujar el nimbo que rodea la cabeza de la Kwannon, o sea, dibujar un c&iacute;rculo perfecto. Todos los que estaban presentes retuvieron el aliento. Siempre es una experiencia conmovedora esa manifestaci&oacute;n de suprema libertad despojada de todo temor, al llevar a cabo una acci&oacute;n de cuya perfecci&oacute;n no se puede dudar. Hay que decir que en aqu&eacute;l papel de arroz, extremadamente fino, una m&iacute;nima pausa con el pincel, o una ligera vacilaci&oacute;n lo estropea todo. Sin detenerse, el Maestro moj&oacute; su pincel en el agua, lo frot&oacute; ligeramente, escurri&oacute; el l&iacute;quido que sobraba, y despu&eacute;s, como si se tratara de la cosa m&aacute;s f&aacute;cil del mundo, dibuj&oacute; con un solo movimiento el c&iacute;rculo perfecto, s&iacute;mbolo de la pureza divina que irradia de la diosa. Ese fue un momento inolvidable. En toda la habitaci&oacute;n reinaba una calma bienhechora, era simplemente la calma del Maestro que emanaba del c&iacute;rculo perfecto que acababa de dibujar. Cuando el Maestro Hayashi me entreg&oacute; la hoja, le di las gracias y le pregunt&eacute;: &ldquo;&iquest;qu&eacute; hay que hacer para devenir Maestro?&rdquo;. El me respondi&oacute; sonriendo: &ldquo;Basta con dejar que salga el maestro que hay en nosotros. S&iacute;, es as&iacute; de sencillo, hay que dejar que salga&rdquo;.<\/p>\n<p>Para llegar a esto tan sencillo, hay que recorrer un largo camino. Ese es el camino que nos muestran los Maestros orientales: el camino del ejercicio tal como ellos lo entienden [&hellip;] el hombre aprende a ser due&ntilde;o de s&iacute; mismo. Ni que decir tiene que llegar a un saber-hacer, necesita al principio una atenci&oacute;n mantenida, una voluntad firme e infatigable, as&iacute; como una gran regularidad en la pr&aacute;ctica de ejercicios repetidos constantemente hasta, por fin, lograr la t&eacute;cnica. Y el ejercicio, en su verdadero sentido del t&eacute;rmino, no empieza hasta que se domina la t&eacute;cnica. S&oacute;lo entonces, &ldquo;el alumno&rdquo; puede soltar el influjo de su Yo, que es un obst&aacute;culo en su Camino. Este Yo se caracteriza, tanto por la ambici&oacute;n y el deseo de brillar, como por el temor a fracasar. La piedra angular de todo ejercicio sigue siendo conseguir y consolidar el centro.<\/p>\n<p><em>Hara. Centro Vital del hombre,<\/em> Ed. mensajero 1987. P&aacute;g. 39.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Con una calma total y con todo el ceremonial requerido, como si tuviera tiempo infinito interiormente, un maestro tiene siempre tiempo infinito, el abad se puso a preparar la tinta. Con un movimiento regular de la mano, estuvo frotando hasta que el agua qued&oacute; negra. 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