Béatrice Delvaux

Acercar a los ciudadanos a la política y a la toma de decisiones políticas, una experiencia en marcha en Bélgica

Participacion Politica Actitud

Bélgica ha iniciado a modo de prueba dar más participación y poder a los ciudadanos desligados de los partidos. Lo está probando en algunos municipios y barrios de las ciudades como en el centro de Bruselas. Por sorteo se constituyen consejos de 11 personas elegidas al azar a las que se unen 6 representantes de asociaciones vecinales que discutirán sobre el uso de los presupuestos algunos de los cuales llegan al millón de euros anuales y que luego deberá ser aprobado por los demás residentes del barrio o municipio.

Podrán emitir recomendaciones sobre todas las políticas de competencia municipal. Sus recomendaciones deberán publicarse en el boletín municipal y en la web de la Commune y deberán ser estudiadas por el pleno municipal. Además, estos Consejos de Barrio serán consultados sobre cualquier proyecto que afecte a su barrio.

Este experimento que se inició en septiembre de 2018 en la región fronteriza con Alemania con más de 75.000 habitantes sigue las directrices del filósofo flamenco David Van Reybrouck en su libro ‘Contra las elecciones’.

El siguiente artículo lo explica más extensamente.

El ‘laboratorio’ belga

La comunidad germanófona de Bélgica adopta un sistema permanente de consulta a los ciudadanos basado en el sorteo

https://elpais.com/elpais/2019/03/01/opinion/1551465327_906779.html

Béatrice Delvaux

El País 4/3/2019

El pueblo inglés cree que es libre. Pero se equivoca, porque solo lo es durante la elección de los miembros del Parlamento; en cuanto resultan elegidos, se convierte en esclavo, en nada”. Esta frase no es de Nigel Farage ni Boris Johnson, sino que data de 1762 y está sacada del Contrato social de Jean-Jacques Rousseau. Un libro que los partidarios del Brexit deberían haber leído, porque se habrían enterado de que la mejor manera de liberar al elector-esclavo y darle la palabra no es el referéndum, sino que sería mucho más eficaz probar con una asamblea de ciudadanos escogidos por sorteo.

Contra las elecciones: este es el título del polémico libro que descubrió Bélgica en 2013, firmado por el historiador, arqueólogo y escritor David van Reybrouck. En el curriculum vitae de este joven intelectual no hay nada que haga pensar que hubiera perdido la cabeza cuando, para revitalizar una democracia anémica, propuso el método del sorteo. Su libro es resultado de una investigación científica y una experiencia real. En 2011, su grupo, G1000, reunió en Bruselas a 704 ciudadanos belgas, escogidos por sorteo, para debatir temas seleccionados mediante una consulta en Internet.

¿Humo de pajas? Fueron muchos los que, a partir de entonces, se reían por lo bajo cada vez que se decía “G1000” en los círculos políticos. Pero este ovni acaba de reaparecer. La comunidad germanófona de Bélgica acaba de adoptar un sistema permanente de consulta a los ciudadanos basado en el sorteo: por una parte, un consejo de 24 personas que fija el programa de consultas, y, por otra, una asamblea ciudadana (Bürgerversammlungen) cuyos miembros se eligen mediante un sorteo ponderado por criterios de sexo, edad y educación. Se les remunerará por su labor, no tienen que ser belgas y se renovarán por tercios cada seis meses.

¿Parece fácil en una región cuya población cabe en una cabina telefónica? Los autores rechazan el argumento: aunque Eupen tenga una mentalidad muy provinciana en su región de 76.000 habitantes, sus poderes son equivalentes a los de Renania del Norte-Westfalia, Cataluña o Escocia.

La lectura de Contra las elecciones es lo que movió a actuar a Olivier Paasch, ministro presidente de la comunidad germanófona. Llamó al autor para preguntarle: “¿Eso existe en algún sitio?”, y obtuvo una respuesta negativa: “Ustedes pueden hacer historia”. Y he aquí que, tres meses antes de las elecciones federales y regionales belgas, el decreto de creación de esta especie de “Senado” compuesto por ciudadanos fue aprobado unánimemente el lunes pasado por el Parlamento de la tercera comunidad de Bélgica. Entre la primera llamada de teléfono y esta votación ha habido grupos de trabajo y 13 expertos llegados de Australia, Irlanda y Polonia para debatir durante una semana con los germanófonos, bajo los auspicios del G1000. Este último forma parte desde hace dos años de Democracy R&D, una red que agrupa a los australianos, brasileños, japoneses y muchos más interesados en la democracia colaborativa y los sorteos. El G1000 obtuvo recientemente el apoyo económico de la Open Society Initiative for Europe del hombre de negocios George Soros.

¿Dinero para hacer qué? “Mostremos a Europa lo que sucede en Eupen”, declaró el intelectual y activista la semana pasada a Le Soir. Van a organizarse “cursos de verano” en Eupen para dar a conocer el modelo “de los cantones del Este” a alcaldes belgas y extranjeros. “Pawel Adamowicz, el alcalde polaco de Gdansk, defensor de la participación ciudadana, iba a ser nuestro primer conferenciante; por desgracia, lo asesinaron”, añade Van Reybrouck.

“No hay nada mejor ni más legítimo, para oír a los ciudadanos, que las elecciones”, afirmaba la semana pasada un (viejo) político belga flamenco en un estudio de televisión. “El sorteo es una cosa simpática, pero no me gusta demasiado”. Tonterías y ceguera, responde el fundador del G1000, que menciona el ejemplo de Irlanda. El mundo político, que se debatía sin solución con unos problemas tan delicados como el aborto y el matrimonio homosexual, los remitió a un panel de 99 ciudadanos seleccionados por sorteo, a los que permitió modificar la Constitución. Otros casos de consultas sin relación directa con el G1000 son el de la ciudad de Amberes, que pudo superar así unos terribles enfrentamientos por las restricciones de tráfico.

No puede extrañar que David van Reybrouck estuviera en la cabeza de la manifestación de Youth for Climate en Bruselas, junto a la madre de la líder, de 17 años, Anuna De Wever. Las marchas estudiantiles se producen todos los jueves, otra expresión ciudadana, pacífica e innovadora que ha trastocado desde hace ocho semanas la agenda política belga y ha impuesto el clima a los partidos que esperaban enardecer al votante a propósito de la inmigración o el confederalismo.