Marià Corbí

El acceso a la dimensión absoluta. Reflexiones sobre el sentir.

Papallona Pedra

 

Esta es la base de nuestras reflexiones: los humanos son animales constituidos, como tales animales, por la competencia lingüística.

El núcleo de este viviente es un sentir-acotador, una sentir el mundo es a la vez una acotación del mundo; un sentir que construye su mundo correlato. Se trata de un sentir individual y también colectivo en el que los individuos son socializados.

Ese sentir acotador es el que constituye el núcleo de su capacidad cognoscitiva y el núcleo en torno al cual construye su supuesta individualidad al reconocer sus necesidades.

Las nociones abstractas que contribuyen a edificar ese núcleo de individualidad y de mundo correlato no forman parte del núcleo sino complementan las construcciones de la individualidad y del mundo correlato.

El verdadero constructor entorno al cual todo gira es el sentir-acotador.

Para los animales el mundo es exclusivamente un sentir y para nosotros es básica y fundamentalmente también un sentir, pero contando con la ayuda de las dos metalenguas. La metalengua axiológica pertenece al ámbito del sentir y la metalengua abstracta que no pertenece al ámbito del sentir, pero le sirve.

En nuestra situación cultural actual el mundo de nuestra modelación resultante del sentir nuclear-acotador es una mezcla porque cuenta con las dos metalenguas, con mayor aportación de la metalengua abstracta.

La espiritualidad, la cualidad humana profunda, que en las sociedades de conocimiento debe ser un indagación y creación libre, tiene que hacerse con el núcleo el sentir-acotador; los términos simbólicos y los abstractos deben ponerse al servicio de ese sentir acotador, no pueden sustituirlo ni llevar la dirección.

 

Intentemos precisar qué es el sentir y con qué rostros se presenta.

El sentir es nuestra capacidad de acotar y así construir un mundo a la medida de nuestras necesidades individuales y como grupo simbiótico.

El sentir es un acotar a partir de las necesidades, para satisfacerlas de forma que lo acotado sea un estímulo para actuar, que genera una tendencia a la respuesta.

En nuestra especie ese sentir-acotador se realiza a través de la lengua, que es toda ella axiológica y que como invento biológico al servicio de la vida se enraíza en los instintos más básicos del viviente humano.

El sentir-acotador es siempre lingüístico porque la competencia lingüística constituye al humano como animal.

El sentir-acotador al ser lingüístico genera el efecto de doble dimensión de la realidad.

Como consecuencia del efecto de doble dimensión, el sentir-acotador construye un efectivo sistema de señales: sentir atracción-repulsión, acercamiento-alejamiento, depredación-huida. Todo esto corresponde a la dimensión relativa de la realidad (la realidad en relación a nosotros). Respecto a la dimensión absoluta se ve imposibilitada para ejercer su función acotadora, pero constata esa dimensión de la realidad como “un ahí que conmueve”, con una conmoción que no es capaz de acotar, ni de poner en funcionamiento su sistema de señales, pero que es operativa porque libera a los humanos de la fijación de los sistemas de acotación. Gracias a la noticia de la dimensión absoluta puede cambiar los sistemas de sentir-acotación cuando sea necesario o conveniente.

Así que gracias a nuestra construcción lingüística tenemos dos dimensiones de la realidad y dos dimensiones en el sentir: el sentir sistema de señales para sobrevivir con eficacia y el sentir hondo incapaz de acotaciones. Podríamos darles dos nombres para distinguirlos con claridad: afectividad y sentir hondo.

El sentir hondo de la realidad no es algo metafísico es sentir, y sentir es ver con los ojos, oír, tocar y es el conjunto de los sentidos que llamamos “el sentir”. La dimensión absoluta es un dato para los sentidos, aunque no pueda acotarlo, describirlo separado del sentir sistema de señales.

Precisamente esos rasgos suyos nos permiten que la dimensión absoluta sirva para hacernos flexibles con respecto a todas nuestras acotaciones sensitivas del medio.

Los sentimientos –el sentir que funciona como sistema de señales– piden actuar, ir más allá de ellos. Sentir la dimensión absoluta no lleva más allá de ella, pide ahondar en ella misma. ¿Cómo? No hay “cómo” porque en ella no es posible articulación alguna. El ahondamiento se produce por el mismo atractivo de esa dimensión, si permanecemos en silencio en ella. No te preguntes ¿qué más debo hacer? ¿y ahora qué hago? No puedes hacer nada ni hay nada que hacer, solo la dimensión absoluta estirará de ti, o no, hacia la profundidad de ella.

Cuando afirmamos que el cultivo de esa dimensión no puede ser, en la sociedad de conocimiento, una sumisión sino una indagación libre ¿quién indaga y con qué facultades?

 

Dos aclaraciones previas más:

Mi sentir, tanto el hondo informulable como el sistema de señales no es una individualidad porque es el sentir el que construye el supuesto de la individualidad: sentirme como un cuadro de necesidades individuales y como miembro de un colectivo me hace tener       que sentirme como una individuación frente a un medio donde podré satisfacer esas necesidades. Tengo que sentir, necesariamente, una dualidad fundamental: esta individualidad de aquí, en un medio de sujetos y objetos. Ese es un supuesto necesario de mi sentir para poder sobrevivir como depredador.

El sentir, mi sentir, es previo y constructor de la individuación porque la construye. Por consiguiente ¿de quién es ese sentir? No mío, es de la inmensidad de los mundos. La dimensión absoluta es el sentir de la dimensión absoluta. La misma dimensión absoluta es también el sentir-sistema de señales al servicio de la sobrevivencia del individuo y del grupo. Esa dimensión es la única fuente de todo sentir, también del sentir-sistema de señales al servicio de la sobrevivencia. Es la única fuente de todo sentir, tanto del hondo como del superficial.

Podemos contestar a la primera pregunta: ¿quién indaga la dimensión absoluta? La dimensión absoluta en mí indaga la dimensión absoluta. ¿Con qué facultades indaga?

Esa dimensión es cualitativa, puramente cualitativa. La metalengua conceptual no tiene por donde agarrar esa cualidad. La metalengua axiológica con sus narraciones y símbolos puede aludirla, puede girar en torno de la dimensión absoluta, pero cuando tiene pretensiones descriptivas de esa dimensión, cae en el error, un error peligroso y dañino para la convivencia pacífica humana. Tampoco la metalengua axiológica puede meterse e indagar directamente la dimensión absoluta; lo más que puede hacer es ponerla ahí delante para invitar a la indagación.

¿Con qué facultad indaga libremente?

La pura mente, la razón no sirve porque se articula desde a metalengua abstracta y la dimensión absoluta es puramente cualitativa. Con los sentimientos, el sentir funcionando como sistema de señales, tampoco se puede, porque esa dimensión ni es estímulo a mis necesidades, ni puede recibir acotaciones relativas a mis necesidades en su seno. Con el sentir rodeado de todos sus auxiliares abstractos, noticias científicas, tecnologías, supuestos de individualidad, dualidades, etc. tampoco se puede realizar la indagación.

Solo el sentir hondo, ese que es previo a la construcción de mi individualidad, que no es mío, que es la dimensión absoluta puede indagar la dimensión absoluta. El puro sentir hondo es el indagador.

 

¿Cómo proceder? Poniendo mi sentir hondo, desnudo de auxiliares, en contacto con la realidad. Todo objeto, todo sujeto, toda realidad es para mí una relación relativa a mí y una dimensión absoluta.

A la que pongo mi sentir hondo con una realidad, estoy poniendo en contacto con su doble dimensión. Si me intereso por esa realidad, sin buscar nada en ella para mí, si lo hago porque sí, porque está ahí, estoy conduciendo mi sentir más allá del sistema de señales, esto poniendo en contacto mi sentir hondo con la dimensión absoluta de esa realidad. Ya puedo indagarla como pura noticia cualitativa. Yo no podré hacer nada para ahondar en esa dimensión, porque al ser sin forma, no puedo articular ningún procedimiento para bracear hacia su fondo, sólo la dimensión absoluta puede arrastrarme hacia su hondura, si mi interés permanece en esa realidad. El punto de partida es el interés, que supone el desapego por olvido de todos mis interesas y el silenciamiento de todos mis patrones mentales y sensitivos.

Mi sentir limpio de ayudadores, en contacto inmediato con la realidad, sea la que sea, con el interés en punta, esperando que desde el centro de la realidad, de la dimensión absoluta, mi sentir, mi corazón sea atrapado y arrastrado al fondo de la realidad de la realidad.

Todo es cuestión de sentir hondo y desnudo de interés con todas sus consecuencias de desapego de mí mismo y silenciamiento completo de mí mismo.

 

Este es el procedimiento que propone Mazu (el maestro chan, del s.VIII, que hemos estado trabajando) y al que lógicamente conduce nuestro proceso.

Hay que estudiar lo más hondo posible la historia de la humanidad en su empeño en esta indagación. Cuantas más tradiciones religiosas y espirituales se estudien, mejor porque

-unas a otras se hacen más sencillas,

-unas a otras se quitan los perifollos inútiles, o recargados,

-unas a otras se ayudan a descubrir su esencia,

-unas a otras se muestran lo que es fruto de circunstancias culturales determinadas.

 

A todo este proceso le cae encima la gran crisis cultural general que provoca la aparición y asentamiento de las sociedades de conocimiento, sociedades de innovación y creación continua exponencialmente acelerada.

El resultado es que no podemos utilizar las ciencias para indagar la dimensión absoluta, y menos para pretender describirla; que no podemos utilizar las narraciones y mitos de las tradiciones para tomarlos como descripciones de la realidad de la dimensión absoluta, tampoco podemos utilizar la razón para probar su existencia o los rasgos de su forma de ser.

Solo podemos utilizar el sentir profundo. Ese sentir profundo constata con claridad y certeza esa dimensión, puede aproximarse a ella para que salga de su ocultamiento y nos arrastre hacia su profundidad.

El contacto inmediato y directo que el interés provoca es el guía y el “atractor”, es la «gracia», el don y la realidad misma de nuestro proceso, que no es proceso porque nadie va a ninguna parte, ni nadie se transforma en nada, ni nadie consigue nada.

Gracias al interés, las realidades nos hablan sin palabras y no dicen que nuestra pretendida individualidad es Eso y solo Eso, que Eso no es “otro” de mí, que nosotros no somos “otro” de Eso. Nuestra realidad es la dimensión absoluta y solo la dimensión absoluta.