Marià Corbí

¿Desde dónde hablan los grandes textos?

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 Los grandes textos son el hablar de mi propia dimensión absoluta a mi propia dimensión relativa. Una dimensión de mi propia realidad, habla a la otra.
Aunque lo que leemos en los grandes textos religiosos y espirituales parece que hablan desde fuera, desde la divinidad o desde el maestro, en realidad no hablan desde fuera, sino desde dentro mismo de quien los lee con atención y dedicación.

            Lo que dicen, Eso innombrable, no puede decirse desde fuera. Sólo quien oye decir desde dentro puede comprender lo que parece que se dice desde fuera. Si lo que suena fuera no se oyera claramente desde dentro, no podría ser comprendido.

            ¿Cómo va a poder hablar desde fuera lo que no tiene ninguna dualidad? Esta es la razón a la que apuntan los maestros cuando afirman que la transmisión se hace de mente a mente, de corazón a corazón.

            Cuando los grandes textos se expresan lo hacen desde un lugar, que no es ningún lugar, en el que no hay ni fuera ni dentro.

            ¿Cómo podría hablarse de lo innombrable, no dual, único, y ser comprensible, si escuchamos desde las categorías de fuera y dentro?

            Así, pues, una dimensión de nuestro propio existir, la dimensión no relativa, absoluta, no dual habla a nuestra dimensión relativa que se cree alguien, para que la reconozca, para que se deje guiar a su verdadero ser, para que se deje arrancar de su error sin origen.

            Sumergirse con la mente y el sentir en los grandes textos es sumergirse en el propio interior, en ese lugar que no es un lugar, que es como una hornacina donde brilla una luz que no se apaga.

            Los textos, como los maestros, parece que hablan desde fuera para que mi pretendida individualidad, para quien hay fuera y dentro, escuche y comprenda que lo que se oye habla desde lo más íntimo de la propia intimidad.

            Los seres corrientes tienen fuera y dentro, y están fuera. Los grandes textos, como los maestros, carecen de fuera y de dentro, no están, pues, fuera. Cuando ellos hablan no hay fuera.

(Reflexiones. 2013)

            Todos los maestros hablan del más allá de las fronteras del silencio. ¿Cómo se podrá entonces absolutizar a un maestro sin quedarse a este lado de la frontera del silencio? ¿Qué podría absolutizarse de su mensaje de silencio?

            Los maestros no imponen ni someten a ningún dios. Los dioses son sólo símbolos útiles para la indagación libre. Quien se somete a un símbolo se cierra a sí mismo el paso a lo que se refiere el símbolo, y aquello a lo que se refiere el símbolo sólo se comprende desde el silencio.

            Los maestros no tienen nada que predicar, ni doctrina ni camino. Lo único que predican es el cielo azul, las montañas y los valles. El camino que todos los maestros enseñan es el no-camino.

            Los maestros hablan desde fuera para despertar la guía interior. Sólo la guía interior es libre; por ello, sólo desde la guía interior puede arrancar el auténtico interés por las realidades y el auténtico amor.

            Los maestros inducen a la iniciativa, a la creatividad, a la autoconducción. Hasta que no arranca de uno mismo la iniciativa, la autoconducción y la creatividad no ha nacido el interés y el amor. La inercia, la rutina y la actitud reactiva son hijas de la egocentración del pensar y del sentir. Mientras quede sumisión, el amor no ha despertado del todo.

            Los maestros enseñan a no reivindicar para sí ningún poder. Son los maestros de la desnudez y del silencio, ¿qué harían con el poder, para qué les serviría? La pretensión de los maestros es sólo un ofrecimiento, una oferta, y lo que ofrecen es su propia creación, ellos mismos, se dan a sí mismos como comida. Sólo ellos son el camino, el camino no existe fuera de su don. Los maestros son don y comida porque son los maestros del amor, no son señores, ¿qué uso iban a hacer del señorío?

            Los maestros no reivindican ninguna peculiaridad, especificidad, diferencia o exclusividad. La novedad de lo que todos ellos predican es siempre el viejo y venerable mensaje de siempre.

            Si lo que afirman es que el individuo es “un lugar deshabitado”, que “no hay nadie en casa” ni “casa a la que volver”, ¿sobre qué va a caer la peculiaridad, especificidad y exclusividad de un maestro o una tradición?

            Si la tarea que proponen todas las tradiciones es «sólo reconocer», ¿de qué sirve la lucha por lo específico que distinga una tradición de otra?

            La única cosa legítima en el camino es el interés incondicional, el amor, el servicio sin retorno, la veneración a todo «tal como viene»; ¿contra qué clamarían?

 

            ¿Qué se pretende con toda esta humildad, pobreza, desnudez y vacío?

            Se pretende posibilitar la inmediatez directa del sentir; posibilitar la ida completa y total de todo el ser hacia las cosas mismas; posibilitar el nacimiento de la escucha total, del interés incondicional por toda la realidad; posibilitar la completa acogida de toda la realidad, tal cual viene, sin ponerle condiciones para aceptarla.

            La sencillez, la humildad, la pobreza, el completo vacío son el alejamiento de la centralización del pensar y el sentir en torno de sí mismo para poder enfocar toda la potencia de nuestros sentidos, toda la luz de nuestra mente y nuestro cuerpo, toda la capacidad de conmoción de nuestra carne a la inacabable maravilla y misterio de la presencia misma de la realidad que en torno nosotros y en nosotros mismos.

            Sin embargo, la desnudez y el vacío que predican las tradiciones de sabiduría es sólo el vestíbulo de la escucha, el vestíbulo de la comprensión, la pasión y la visión. Pasar el vestíbulo es atinar. Para atinar sólo hay un procedimiento: probar una y otra vez, sin desfallecer, y estudiar antes y después de cada intento cómo lo hicieron los hombres y mujeres que lo consiguieron, los maestros. Ellos no nos darán la fórmula para nuestro intento pero lo corregirán, lo orientarán.

 

            Todo lo que hay que hacer es interesarse con toda la mente, todo el corazón y todo el cuerpo por la realidad, ésta, la que hay, tal cual viene.

            Hay que interesarse hasta tal punto por ésta realidad, que la vida se convierta en una indagación.

            Una indagación que sea directa sin doblez, sin otro interés que la realidad misma.

            El interés que conduzca a una indagación así es amor incondicional. El interés total y el amor incondicional son dos caras de un mismo hecho.

            Quizás en otras épocas la religión pudo apuntar a esa absoluta sencillez y desnudez vestida con ropajes de creencias, de sacralidad, de exclusivismo. En nuestra época, la sencilla desnudez debe mostrarse como es, humilde y vacía porque es silenciosa y amante. Ahí está su verdad, su ofrecimiento, su legitimidad y su gran don. Sólo la humildad silenciosa y vacía puede ser amante y, así, conocer.

(de: El camino interior. pgs. 63-68) 

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