Maria Fradera

EL CULTIVO INTERIOR. Elementos para una didáctica. María Fradera y Teresa Guardans

Cuentan los indios lakota que cuando Wakan Tanka hubo dispuesto las seis direcciones (el Este, el Sur, el Oeste, el Norte, arriba y abajo), quedaba todavía por fijar la séptima. Wakan Tanka sabía que esa última dirección –la de la sabiduría- sería la más poderosa, y quería situarla donde no fuera fácil dar con ella. Por ello eligió un lugar en el que no suelen pensar los seres humanos: el corazón de cada uno. Desde entonces ésa es la dirección de la sabiduría.

Seis son las direcciones de la necesidad. La séptima, la de la gratuidad. Seis direcciones nos facilitan todo lo que necesitamos para sobrevivir: unas direcciones que dan forma al mundo y a las capacidades de los seres vivos. La séptima es otro cantar: es una invitación, una puerta abierta, una posibilidad viva. La séptima es poderosa, es transformadora.

Introducción al libro: La séptima dirección, el cultivo de la interioridad (Bubok, 2009. 101 p.

(venta del libro y descarga gratuita del pdf)

 

Desde el mismísimo nacimiento desarrollamos el arte de proveernos para satisfacer las necesidades: necesitamos alimentos, ganarnos un lugar, cobijo, reproducirnos, reconocimiento…, ¡siempre nos hace falta algo! Es lo propio de los seres vivos.

Cada una de nuestras facultades puede quedar totalmente ocupada y limitada en procurarnos provisiones: mirar para…, leer para…, buscar para…, investigar para…, estudiar para…, amar para…, dar para… Con la atención focalizada hacia el objetivo a alcanzar. Desde la perspectiva de la necesidad, cada uno de nosotros convierte la realidad en un escenario y se sitúa en el centro en actitud recaudadora, de cacería, exactamente en medio. Hay, sin embargo, más posibilidades. Desplazando el punto de vista, así como quien no desea nada, mirando como quien no pretende nada… ¡es posible que nos llevemos alguna sorpresa! Los mismos tonos, las mismas personas, los mismos sonidos… pero todo ha cambiado. Nada es como era. Como cuando movemos el punto de enfoque de la cámara fotográfica y lo que sólo era un fondo borroso pasa a mostrarse nítido, vivo. Con profundidad. Bello. Misterioso. Pleno. De repente, cada cosa cuenta, nada es insignificante. Ya nada forma parte de un decorado inerte. Ni siquiera nosotros mismos. Todo adquiere dimensiones insospechadas.

Desplazarse, dejar de ocupar el centro (de atención), tratar con la vida poniendo entre paréntesis nuestro juego de necesidades, equivaldrá a «dejar ser» a la realidad. Un «dejar ser» que da paso a la admiración profunda, a la interrogación, a la veneración. Hablar en términos de una nueva «dirección» es una buena imagen: la dirección de la sabiduría, la que reorienta las capacidades en un sincero interés –distinto de aquel interés que se rige por unas expectativas–. Y desde ese interés sincero, la realidad muestra su rostro inefable, absoluto… El interés sincero es sincero amor, y el amor es corresponsabilidad. No se trata pues de una orientación añadida a las demás, con nuevas tareas, sino de un cambio de perspectiva que transforma, que genera una modificación profunda en la vida misma (el ámbito de aquellas otras «seis direcciones»…). Vivir pasa a ser, verdaderamente, otra cosa.

Es la séptima dirección, la que nos permite ser, en verdad, seres humanos. Una dirección –en cierto modo– escondida, una dirección que hay que encontrar…

Y, para encontrar, hay que buscar. Una búsqueda que –en este entorno– significa desarrollar o alimentar lo que le da solidez, consistencia; y también todo aquello que pueda facilitar el desplazamiento del centro. Buscar es hacer posible que la séptima dirección se convierta en el eje del existir.

Ir en pos de la séptima dirección es cultivar la capacidad de atención sostenida, de observación, de escucha, de silenciamiento: la atención que nos permitirá engendrar el interés por lo que existe, por sí mismo, distinta de aquella otra que ayuda a detectar lo que pueda satisfacer unas necesidades… Es hacer lo posible por ver y transmitir que la realidad no es un escenario plano, inerte, domesticado: es espolear la interrogación, la capacidad de maravilla. Es huir de las respuestas cerradas, de las etiquetas fáciles, de las recetas.

Buscar la séptima dirección es mirar porque la vida se lo merece. Escuchar por que sí, porque vale la pena, jugar, amar… una larga lista que, al fin y al cabo, no es otra cosa que optar por «vivir porque merece la pena”. O lo que es lo mismo: hacerle un hueco a la gratuidad de corazón, de mente y de acción. Es dejar fluir aquella corriente interior que, nacida en las profundidades del existir, desemboca en el reconocimiento y en el agradecimiento.

Buscar la séptima dirección es, también, favorecer la autonomía personal. Que las decisiones se apoyen, cada vez más, en la certeza interior, en el sabor de verdad, en la reflexión compartida e individual. Es valorar la fortaleza, los intentos y el ánimo de reto más que la perfección de unos resultados. Es transmitir que el verdadero éxito reside en la constancia: revisar, modificar, insistir… Al mismo tiempo, es aprender a reconocer la grandeza de la pulga. Porque somos pulgas. Y mi grandeza, la de cada uno, no proviene del papel de primeros actores en el centro del escenario, sino de aquello que trasciende cualquiera de esos papeles…

Ir en pos de la séptima dirección es también desarrollar las herramientas que nos harán capaces de saborear el legado de sabiduría de tantas y tantas generaciones. Es decir,  familiarizarnos con el lenguaje simbólico, el lenguaje de la poesía y de la búsqueda espiritual, el lenguaje del arte y de la música…: hacer nuestros todos aquellos lenguajes que no tienen por finalidad describir cómo funcionan las cosas, sino abrir caminos para poder indagar sobre su valor.

Porque la séptima dirección es precisamente eso: aquella orientación que nos permite darnos cuenta del valor de todo lo que existe y, haciéndolo, genera reconocimiento, gratitud, produce ese movimiento interior que ensancha los corazones y transforma las miradas. Es, en verdad, la dirección de la sabiduría.

 

Queda claro, pues, que estas páginas tratan de buscar la séptima dirección. Si no fuera así, el título sería otro… Para ello, repasaremos, en primer lugar, los puntos que acabamos de mencionar y cómo se interrelacionan; veremos que, de hecho, son aspectos de una misma orientación, que se ayudan unos a otros. Seguirán varias propuestas de trabajo, algunas actividades concretas con las que podrá verse que no se trata de complicarse la vida sino de sacar provecho de lo que ya está a nuestro alcance.

Cada propuesta incluye diversas actividades, presentadas en un abanico de variantes, para facilitar la adaptación a los diversos entornos educativos: familia, escuela, educación no formal…, así como a un amplio arco de edades. Tal como están presentadas pensamos en grupos de niños y niñas de 8-12 años, pero pueden adaptarse a otras edades. Las actividades siguen un cierto itinerario, sin que ello quiera decir que haya que seguirlo punto por punto. Lo que importa es llegar a captar el sentido de la propuesta y, a partir de ahí, cada cual desarrollará aquello que le pueda resultar útil en el entorno concreto en el que interacciona.

Y ya sin más preámbulos iniciamos esta reflexión sobre el crecimiento interior, o sobre un deseable desarrollo humano armónico, pleno, en todas sus dimensiones.