Raimon Panikkar

EL DISCURSO SOBRE DIOS

UserFiles/Image/panikkar.jpg

Raimon Panikkar

 

 

 
La experiencia de la humanidad, expresada a través de innumerables tradiciones –tanto orales como escritas—ha llamado a lo que solemos denominar “Dios” con muchos nombres y, casi únicamente, ha nombrado y entendido a Dios como símbolo, como nombre, no como concepto.

El origen sánscrito de la palabra “Dios”, dyau (día), sugiere lo brillante, la luz, la divinidad (como en griego theos). La luz permite ver y da la vida. No sin motivo el Sol se acepta universalmente –también en el catolicismo—como uno de los símbolos divinos.

Hay una política de los vocablos, y hoy día los medios de comunicación ejercen un influjo considerable sobre el poder de las palabras. Hay muchas concepciones sobre el significado de esta palabra. Y nadie tiene el monopolio sobre su sentido. Más de una vez he pensado si no sería saludable una moratoria sobre tal nombre. Pero teniendo poco poder para proponerlo lo utilizaremos. Sacándole el mayor partido posible, apoyados en la sabiduría ancestral de una gran parte de la humanidad. Este pequeño libro no es sino una meditación sobre el sentido que aún pueda tener esta palabra tan usada y abusada. Si algún lector tiene alergia al nombre le rogaría que lo cambiase y viese si acaso no nos referimos a una preocupación común.

En las nueve proposiciones siguientes no se pretender decir nada sobre Dios, sino tan sólo situar el lugar donde el discurso acerca de Dios pueda tener sentido y resultar fecundo, para vivir una vida más plena y libre. La cuestión sobre Dios no es primariamente la cuestión sobre un Ente, sino la cuestión sobre la Realidad. Si “la cuestión sobre Dios” deja de ser la cuestión central de la existencia ya no es la cuestión sobre Dios, y ésta se desplaza hacia la problemática que ha ocupado su lugar. No se discute si existe un Alguien o Algo con tales o cuales atributos. Se pregunta por el sentido de la vida, el destino de la tierra, la necesidad o no de un fundamento; se pregunta, sencillamente, por aquello que para cada cual es la última pregunta, o por qué no la hay. He aquí el novenario.

1. No se puede hablar de Dios sin un previo silencio interior

Toda disciplina parte de unos presupuestos epistemológicos que le permiten acercarse a su campo propio. De la misma manera que para detectar a un electrón se requieren laboratorios sofisticados y matemáticas complejas, el método adecuado para hablar de Dios requiere la pureza de corazón que sabe escuchar la voz de la trascendencia (divina) en la inmanencia (humana).

Sin pureza de corazón no sólo no es posible “ver” a Dios, sino que es igualmente imposible vislumbrar de qué se trata. Sin el silencio del intelecto y de la voluntad, sin el silencio de los sentidos, sin la apertura de lo que algunos llaman el “tercer ojo” – del que no sólo hablan los tibetanos sino también los victorinos—no es posible acercarse al ámbito en donde la palabra “Dios” pueda tener sentido. Según Ricardo de San Víctor, hay tres ojos: el oculus carnis, el oculus rationis y el oculus fidei. El llamado “tercer ojo” es el órgano de la facultad que nos distingue de los demás seres vivos, permitiéndonos el acceso a una dimensión de la realidad que trasciende, sin negar, lo que captan la inteligencia y los sentidos.

2. Es un discurso “sui generis”

El discurso sobre Dios es radicamente distinto de cualquier otro discurso sobre cualquier otra cosa, porque Dios no es una cosa. Sería entonces un mero ídolo.

La palabra “Dios” apunta a un campo semántico de búsqueda y enseñanza radicalmente distinto a cualquier otro. Tomemos, por ejemplo, la física. La diferencia no consiste en decir que Dios es misterioso y la física no lo es. Los conceptos de la física –energía, fuerza, masa, número—son tan misteriosos como pueda serlo la palabra “Dios”. Pero si en la física, aun desconociendo a ciencia cierta lo que sea, disponemos o podemos disponer de parámetros que nos permitan medir regularidades o formular posibles leyes sobre el funcionamiento de la realidad física, con Dios esta operación no es posible. No hay parámetros adecuados que nos permitan hablar del “funcionamiento” de esta realidad a la que llamamos “Dios”.

El discurso sobre Dios es único y, por tanto, incomparable con todos los demás lenguajes humanos. Es irreductible a cualquier otro discurso.

3. Es un discurso de todo nuestro ser

Y no sólo del sentimiento, de la razón, del cuerpo, de la ciencia, de la sociología, ni siquiera de la filosofía o de la teología académicas. Dios no es localizable con ningún instrumento. El discurso sobre Dios no es una especialidad elitista de ningún tipo.

No necesitamos mediaciones para abrirnos al misterio de Dios. Ciertamente, para hablar, sentir, ser conscientes de Dios, necesitamos la mediación del lenguaje, del sentimiento, de la conciencia. Pero esto no significa que necesitemos un lenguaje particular, un determinado sentimiento, un contenido de conciencia especial. La única mediación posible es nuestro propio ser, nuestra existencia desnuda, nuestra propia entidad entre Dios y la nada.

El Libro de los XXIV filósofos, que tan citado y estimado fue por los escolásticos cristianos, dice en su proposición 4: “Dios es lo opuesto a la nada por mediación del ser”. No hay otra mediación que nosotros mismos. No necesitamos mediación, porque aquello último que nosotros somos, nuestro ser, es precisamente mediación: “La criatura es la mediación (el mediator) entre Dios y la nada”, escribió Tomás de Aquino. Brevemente, esse est coesse (ser es ser conjuntamente). No hay monismo absoluto.

La experiencia humana de todos los tiempos ha intentado siempre expresar un “misterio” que está tanto al principio como al final de todo cuanto somos, sin excluir nada. Dios, si “es” no puede estar ni a la derecha ni a la izquierda, ni arriba ni abajo, en cualquiera de los sentidos que podamos dar a estas palabras. Pretender situar a Dios a nuestro lado, en contra de los otros, es sencillamente una blasfemia.

 

4. No es un discursos sobre ninguna iglesia, religión o creencia.

Dios no es el monopolio de ninguna tradición humana; ni de las que se llaman “teístas”, ni de las mal llamadas creyentes, puesto que todos creen en una u otra cosa. Tampoco es “objeto” de pensamiento alguno. Sería un discurso sectario el que quisiera aprisionarlo en cualquier ideología […]

Pero si el nombre de Dios tiene que desempeñar algún papel en todo esto, tiene que ser un símbolo de otro orden, un símbolo con el que se quite el aguijón del absolutismo a toda actividad humana, un símbolo que ilumine la contingencia de todas las empresas humanas y haga así imposible todo totalitarismo, se a del tipo que sea. “Dios no es extramundano, sino que es absolutamente intramundano”, decía Zubiri. Tan intramundano que no se le puede ni metafísicamente separar, ni políticamente dividir ni socialmente compartimentar.

5. Es un discurso siempre mediatizado por alguna creencia

No es posible hablar sin la mediación del lenguaje, ni utilizar éste sin expresar alguna creencia, aunque no se debe nunca identificar el discurso sobre Dios con creencia particular alguna. Hay una “relación trascendental” entre el Dios del que se habla y lo que de él se dice. Las tradiciones occidentales lo han llamado mysterion, que no quiere decir ni enigma ni incógnita. Los hombre de Dios no son independientes de Dios y cada denominación del misterio representa un aspecto de este misterio, del que no puede decirse que sea ni uno ni múltiple.

Cada religión es un sistema diferenciado de mediaciones. Todo lenguaje es particular y está vinculado a una cultura. Cada lenguaje depende de un contexto concreto que le da sentido, a la vez que lo limita. Es necesario darse cuenta de la inadecuación constitutiva de cualquier expresión. No es ningún escándalo que cada religión defienda sus formulaciones, con tal de que respete a las demás y se dé cuenta de que cada mediación es una mediatización […]

6. Es un discurso sobre un símbolo y no sobre un concepto

Dios no puede ser objeto ni de conocimiento ni de creencia alguna. La palabra Dios es un símbolo que se revela y vela en el mismo símbolo del que se habla. Todo símbolo es tal porque simboliza y no porque es interpretado en un contenido e idéntico objetivo. No hay hermenéutica posible del símbolo, porque en él está su propia hermenéutica. El símbolo es símbolo cuando simboliza, esto es, cuando se le reconoce como tal. Un símbolo que no hable inmediatamente a quien lo percibe deja de ser símbolo. Se nos puede enseñar a leer símbolos, pero hasta que no entendamos directamente lo que leemos el símbolo es letra muerta.

A diferencia de los conceptos, que tienen al menos la intencionalidad de ser unívocos, los símbolos son polisémicos. El símbolo es eminentemente relativo; no en el sentido de relativismo, sino de relatividad, de relacionalidad entre un sujeto y un objeto. El símbolo es contemplado y no pretende ser universal ni objetivo. Es concreto e inmediato, es decir, sin intermediario entre el sujeto y el objeto. El símbolo es a la vez objetivo-subjetivo; es constitutivamente relación. Por eso, el símbolo simboliza lo simbolizado en él y no otra “cosa”. […]

7. Es un discurso polisémico que no puede ser ni siquiera analógico

El discurso sobre Dios tiene constitutivamente muchos sentidos y no puede existir un primum analogatum, puesto que no puede haber una metacultura desde la que se haga el discurso. Hay muchos conceptos de Dios, pero ninguno de ellos lo “concibe” [..].

Pretender limitar, definir, concebir a Dios es una empresa contradictoria, porque aquello que surgiría de ello sería una creación de la mente, una criatura. Es una deformación del pensamiento el pretender encontrar algo más amplio, más englobante, que Dios –aunque evidentemente podemos comparar distintas nociones de divinidad.

8. Dios no es el único símbolo de lo divino

El pluralismo es inherente a la condición humana e impide que se pueda mentar aquello que la palabra Dios quiere decir desde una sola perspectiva, ni tampoco desde un único principio de inteligibilidad. La misma palabra “Dios” no es necesaria.

Cualquier pretensión de reducir el símbolo “Dios” a lo que nosotros entendemos por tal no sólo destruiría, sino que también cortaría los lazos con todos aquellos hombres y culturas que no sienten la necesidad de este símbolo. La misma pretensión de presentar un esquema de inteligibilidad unificado a escala universal es un resto de colonialismo cultural. Universalizar nuestra propia perspectiva representa una extrapolación no justificada. La misma posibilidad de una “perspectiva global” es ciertamente una contradicción in terminis.

No niego que filósofos y teólogos puedan matizar las dos afirmaciones precedentes, pero quizá la solución podría surgir más fácilmente si cortásemos el nudo gordiano de una teoría universal sobre Dios y redescubriéramos lo divino como una dimensión y el pluralismo (no la pluralidad) como un rasgo de la misma realidad.

9. Es un discurso que revierte necesariamente en un nuevo silencio

Un Dios puramente trascendente, aparte de la contradicción interna de cualquier discurso sobre él (¿cómo hablar de lo puramente trascendente?), se convertiría en hipótesis superflua, cuando no perversa, y oscurecería la inmanencia divina destruyendo la trascendencia humana. El misterio divino es inefable y ningún decir lo describe.

Pertenece a la experiencia humana el saberse limitada, no sólo linealmente –por el futuro—sino también constitutivamente –por su propio fundamento, que le viene dado–. Sin amor y sin conocimiento, sin corporalidad y temporalidad, no es posible esta experiencia. “Dios” es la palabra, biensonante para algunos y malsonante para otros, que rompiendo el silencio del ser nos da la oportunidad de recobrarlo nuevamente. […] El silencio es la matriz de toda palabra auténtica.

 


Este texto procede de la obra de Raimon Panikkar,
ICONOS DEL MISTERIO:
LA EXPERIENCIA DE DIOS.
Ediciones Península, pgs. 17-32)