Teresa Guardans

Quiere Él que vuele el sapo por sí mesmo…

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Reflexiones con motivo del quinto centenario del nacimiento de Teresa de Jesús (publicadas en un blog de Carmelitas Descalzos: castellinterior.wordpress.com). Me rondaba por la cabeza dedicar estas líneas al papel de Teresa de Jesús como maestra de la experiencia del Absoluto, maestra de aquel silencio personal que ofrece la posibilidad de descubrir el fondo de eternidad que nos habita, esa fuente de la propia existencia «que por comodidad podemos llamar Dios» (escribía Etty Hillesum en su Diario): el palacio del Rey -en expresión de santa Teresa-. Y mientras estaba preparando el material, me llegó un enlace a un artículo

Me rondaba por la cabeza dedicar estas líneas al papel de Teresa de Jesús como maestra de la experiencia del Absoluto, maestra de aquel silencio personal que ofrece la posibilidad de descubrir el fondo de eternidad que nos habita, esa fuente de la propia existencia «que por comodidad podemos llamar Dios» (escribía Etty Hillesum en su Diario): el palacio del Rey -en expresión de santa Teresa-. Y mientras estaba preparando el material, me llegó un enlace a un artículo (1) sobre los movimientos de búsqueda espiritual que no se identifican con una religión particular («espiritualidad sin religión»). El artículo no aporta especial novedad sobre el tema, pero es interesante poder constatar, una vez más, el alcance de un fenómeno que ya no se puede tachar de moda pasajera: «el paso de una fe social y culturalmente heredada, a una fe asumida como camino personal de búsqueda y de experiencia particular «-escribe el autor- que «privilegia la experiencia por delante de la doctrina»; el «rechazo de prácticas y rituales reglamentados y válidos por sí mismos» en contraste con «una interioridad como espacio de encuentro y actualización de lo sagrado»… Pero, ¿no era eso también lo que vivía Santa Teresa? -me preguntaba yo mientras leía estas descripciones-. ¿No se podrían decir palabras muy parecidas acerca del itinerario de la mística de Ávila?

Quinientos años nos separan y las realidades culturales y religiosas son muy, muy diferentes; resultaría muy anacrónico colgarle a ella la etiqueta de «religiosidad posmoderna». Aún así… saltan a la vista algunos rasgos comunes que nos gustaría señalar, en un ejercicio que quizás pueda ayudar a poner de relieve lo que la maestría de Teresa de Jesús podría aportar a los movimientos espirituales contemporáneos.

No entraría dentro de las posibilidades de su época el cuestionar doctrina o rituales. Pero, aún así, no deja ella de plantar cara a una religiosidad «socialmente heredada» para poner la práctica religiosa al servicio de la experiencia. Apuesta por la experiencia, sí. Y nos muestra que hablar «de experiencia» no tiene porque ser interpretado como sinónimo de «emociones» o «contentamientos»: vivencia espiritual es «experiencia» porque implica todo el ser; experiencia que es conocimiento con todo el ser, pues es «transformamiento del alma de el todo en Dios» (LV 20:18 (2)), «pues es andar en verdad delante de la mesma Verdad» (LV 40.3); es «beber el agua de vida y caminar hasta legar a la misma fuente» con «determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniera, murmure quien murmurare«. Porque seréis criticadas y la institución os pondrá en cuestión: ‘hay peligros’, ‘hulana por aquí se perdió’, ‘dañan la virtud’, ‘no es para mujeres que les vienen ilusiones’, ‘mejor será que hilen’, ‘no han menester esas delicadeces ‘, las’ basta el Paternóster y Avemaría’… «(CP 35.2 (3))

Pero ella lo tiene muy claro. El objetivo de una vida «en religión» es experiencia, experiencia de conocimiento, no dejará de insistir en ello. Y pondrá todo el esfuerzo en orientar a sus compañeras en esta vía de experiencia. Dentro de los estrechísimos márgenes de maniobra, escribiendo siempre bajo vigilancia y bajo sospecha, con delicadeza y no poco sentido del humor, le da la vuelta a todo aquello que se supone que debe ser de estricto cumplimiento y lo coloca al servicio de un camino que las oriente hacia el «centro del alma», lugar de Encuentro («llámase recogimiento porque recoge el alma todas las potencias y se entra dentro de sí con su Dios» -CP 47.1-). Y si resulta que lo que «toca» es repetir un montón de Padrenuestros, ¿quién podría decirnos nada si resulta que necesitamos una hora entera para llegar a decir, simplemente, «Padre Nuestro»?: «en decir ‘Padre Nuestro’ una vez se les pasará una hora» (CP 53.3); «amor me parece será entender quién es este Padre» (CP 40.1); rezaremos con mucho sosiego el Paternóster, de manera que si havíamos de decirle muchas veces el Paternóster, nos entienda de una. Que es muy amigo de quitarnos travajo, aunque en una hora le digamos una sola vez» (CP 50.2).

Una hora centradas en una sola palabra… ¿Qué nos está diciendo con esto? Implica una actitud de meditación silenciada, que pone todas las capacidades en quietud lúcida, atenta. Está señalando, bien claro, que «vida religiosa» no es rendirle tributo a un Señor allá arriba, tenerlo contento por medio de salmodias y sacrificios, tal como se esperaba de ellas en el modelo institucional religioso establecido. «No es eso» -avisa Teresa de Jesús-; “pues es ansí que tenemos el cielo dentro de nosotros” (CP 50.1)… ¡! El Reino está en nosotros, Dios está en nosotros, y quiere ser conocido. Servirle es conocerle. No es camino fácil, pero es posible. «Si he podido yo…» Digan lo que digan, no os dejéis intimidar: «ningún caso hagáis de los miedos que os pusieren ni de los peligros que os pintaren […] Quien os dijere que éste es peligro, tenedle a él por el mesmo peligro y huíd de él (y no se os olvide, porque por ventura habréis de menester este consejo)». (CP 36.2)

Caminar hacia la fuente de agua viva, es posible, y no es para unos pocos: “entended que no es cosa sobrenatural, sino que podemos nosotros hacerlo» (CP 49.3). Se requiere, eso sí, «determinada determinación«. Y página a página, muy especialmente en el Camino de Perfección y en Las Moradas, va aclarando cómo avanzar en el proceso de desnudez que nos puede llevar hasta el «centro», hasta ser aquello que en verdad somos pero que, desgraciadamente, ignoramos.

Éste es el principal -el verdadero- obstáculo: la ignorancia, el desconocimiento de la posibilidad. Lo era entonces, lo ha sido siempre, lo puede ser también hoy. Y nos damos cuenta que esa es una «lección» que encontramos una y otra vez en todos los maestros de sabiduría (de cualquier tiempo o latitud): hay un tesoro escondido que… Reconocer ese tesoro en uno mismo no es darse importancia, no es orgullo, es hacer justicia a la verdadera posibilidad humana: “que importa mucho y todo que nos conozcamos, que sepamos quien somos, que de ‘ser a ser va mucho’. No sé si queda dado bien a entender, porqué es cosa tan importante este conocernos”. (M1ª, 2.9 (4)) Que no se trata de «andar con el entendimiento amontonando pecados para ver que no lo merece» (LV 15.6); que los guías que así orientan no son en verdad maestros, pues dejan al sapo atrapado en el pantano, enseñan a ser «sapo contento en sólo cazar lagartijas» (LV 13.3), mientras que la Majestad «espera a que vuele el sapo por sí mesmo.» (LV 22:13)

Y este «volar» es fruto de la experiencia de conocimiento, fruto del camino de desnudez que nos lleva ante la cámara del Rey, «castillo de puro cristal» en el interior, en un proceso transformador: “una noticia en el alma más clara que el sol; no digo que se ve el sol, ni claridad sino una luz que sin ver luz alumbra el entendimiento; trai consigo grandes bienes«(LV 27.3). Porque libera, porque hace «grande» al ser humano, liberándole de la errónea identificación con el sapo: «no se da a conocer hasta que va ensanchando esta alma poco a poco, conforme a lo que entiende es menester para lo que pone en ella. Por eso digo que trai consigo la libertad, pues tiene el poder de hacer grande este palacio. Todo el punto está en que se le demos por suyo con toda determinación y le desembaracemos.» (CP 48.3)

No caer en la trampa, o en la limitación, de quedarse dando vueltas sobre sí mismo. Éste es un punto clave que preocupaba a la maestra del camino, y que señalan a menudo los que escriben sobre los nuevos movimientos espirituales, poniéndolos bajo sospecha de cortarse «trajes a medida» para la propia satisfacción personal. Antiguamente, «autoayuda» al servicio de conseguir un buen lugar en la otra vida; hoy, el bienestar en ésta: dos versiones de la misma actitud, ambas alimentadas por el mismo desconocimiento: «Que importa mucho y todo que no nos imaginemos huecas en el interior» (CP 48.2); «no es pequeña lástima y confusión que por nuestra culpa no entendamos a nosotros mesmos ni sepamos quién somos«… (M1ª, 1.2). De ahí la urgencia de «traducir» las palabras y la maestría de una Santa Teresa, o de un San Juan de la Cruz, despojarlos de revestimientos conceptuales del pasado que puedan dificultar su comprensión hoy, y ponerlos al servicio de los buscadores. Poner al alcance del gran público todo el inmenso esfuerzo que llevaron a cabo para ayudar a sus contemporáneos a abrir «el ojo del corazón»; los recursos que desarrollaron para trabajar con las capacidades desde el silencio, «pues si no hay ejercicio de ellas siempre hueso quedaréis enanas» (M7ª, 4.10); por «desembarazarlas», que «no anden alborotadas», como «cavallos desbocados que no hay quien los haga parar» (CP 30,2). Verter todo ese saber en palabras y herramientas que puedan ser hoy comprensibles.

Recoge el artículo que mencionábamos al inicio el contraste entre un cierto rechazo hacia el cristianismo y el interés que pueden despertar las tradiciones orientales, percibidas como más experienciales, menos burocratizadas, menos dogmáticas. Resulta bastante evidente que la corriente central del cristianismo no ha puesto nunca las cosas fáciles a la maestría interior, que páginas muy valiosas se han perdido para siempre entre las llamas, o se dejaron olvidadas. Pero una parte muy importante de ese legado ha podido sobrevivir hasta aquí.

Urge ahora esforzarse en “traducir” para facilitar la difusión de un patrimonio como éste. Las mesas de las librerías están repletas de manuales de mindfulness, libros para cultivar la atención plena, compendios de prácticas de concentración y meditación de sabor budista. Los hay de mayor o menor calidad, en el sentido de que hay obras que reflejan más (o menos) el espíritu que impregnaba, originariamente, todas estas propuestas: el espíritu de búsqueda de la verdad y compasión universal del Buda que se hallaría en la base de todas ellas, una maestría transmitida a lo largo de los siglos en textos como el antiquísimo Satipattana Sutra (sutra de la atención) y tantos otros. Desde hace años el mundo budista ha puesto al alcance de las gentes orientaciones y recursos milenarios, desincrustándolos de complejas tramas conceptuales y del mundo terminológico pali o sánscrito, que los podían hacer ininteligibles para una inmensa mayoría. Un esfuerzo loable con resultados, como decíamos, de calidades variables. Puede haber autores que sólo busquen generar negocio jugando con las necesidades de los demás y hay propuestas que son realmente fruto de itinerarios de búsqueda, largos y maduros, llevados a cabo con espíritu de servicio. El miedo a que pueda mezclarse el grano con la paja no debería ser excusa para no hacer todo lo posible para facilitar el acercamiento apatrimonios tan valiosos.

Creo que sobran voces señalando las limitaciones de los movimientos de búsqueda espiritual contemporáneos, y faltan ayudas que puedan alimentarlos y enriquecerlos. Nos gustaría ver menos actitudes de sospecha hacia el «trabajo interior» (como si éste fuera contrario o refractario al compromiso con la realidad) y más confianza en la sinceridad de tanta gente, hoy. Más comprensión, más solidaridad, más esperanza, como las que destilan las palabras de Cristina Kaufmann, con las que me gustaría cerrar esta reflexión:

            La interioridad es consustancial a la existencia. No es algo estático, sino dinámico, la constante fuerza centrípeta hacia lo Absoluto. La conciencia de estar «dentro» de Dios, de que todo está dentro de Dios; descubrir esta conciencia y vivirla es, creo, ser una persona interiorizada. Me parece que todo el mundo tiene la posibilidad de descubrir su interioridad, de descifrarla y, conociéndola, amarla y vivir desde ella. […] Recobrar la interioridad es recobrar la verdad de uno mismo: formamos parte de un todo, del Único, de la Realidad. Hoy se escribe mucho sobre esto: las nuevas ofertas de espiritualidad y la antigua sabiduría de la humanidad lo atestiguan, y nuestra época está sedienta de poder oír este testimonio para aprender, de nuevo, a ser humanos. (5)

 

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 Traducción, texto original publicado en: http://castellinterior.wordpress.com/

 

notas:

1. Miguel Pastorino. Creyentes sin religión, la tendencia que más crece en el mundo.

2. LV: Libro de la Vida

3. CP: Camino de Perfección

4. M: Moradas

5. de la antología: La Transparència de l’Invisible, v.1. Claret, 2007. pgs. 92 y 94