Albert Schweitzer

UN BIEN PRECIOSO

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Albert Schweitzer (1875-1965)

Estoy totalmente convencido de que el esfuerzo que merece la pena hacer a lo largo de toda la vida es conservar la frescura que tenían los pensamientos y los sentimientos en la juventud. Esta convicción ha sido siempre para mí, una fuente de buenos consejos. Instintivamente, es como si me mantuviera en alerta para no llegar a convertirme nunca en aquello que suele llamarse una «persona madura».

La expresión «maduro» siempre me hace sentir mal. Me suena a sinónimo de empobrecimiento, de desaliento, de avaricia intelectual o moral. El espectáculo que nos ofrece normalmente el típico «hombre maduro» es el de una razón fraguada de desilusiones y de resignación. Nos vamos modelando los unos a los otros abandonando poco a poco los pensamientos y los ideales que amábamos en nuestra juventud.

Creíamos en el poder de la verdad; hemos dejado de creer en ello. Creíamos en los hombres, creíamos en el bien: ahora ya no. Defendíamos con celo la justicia y ese celo se apagó. Teníamos fe en la bondad y en la tolerancia, ¿dónde quedó aquella fe? ¿Y dónde está la capacidad de entusiasmarse? Para poder navegar mejor entre arrecifes y tempestades hemos tirado por la borda todo aquello que nos parecía que nos estorbaba. Pero eran nuestras provisiones, eran la reserva de agua. Ahora navegamos más ligeros, pero en dirección al hambre y a la inanición.

Cuando era joven oía conversaciones entre los adultos que me llenaban de tristeza. Reconocían aquel idealismo y entusiasmo de juventud como un bien precioso que no tuvieron más remedio que dejar atrás. Temí que también yo, algún día, miraría hacia mi pasado con esa misma carga de añoranza. Y me hice el firme propósito de no someterme a la trágica necesidad de convertirme en un hombre razonable. Desde entonces he intentado orientar mi vida guiado por ese voto que, surgió así en un arranque de juventud.

Los adultos se esfuerzan en hacer ver a los jóvenes que aquello que aman y desean no son más que ilusiones. Pero yo he entendido que hay otra manera de salir en ayuda de los jóvenes en su inexperiencia. Es cuestión de animarlos a fortalecer y a desarrollar aquellas ideas que laten en su corazón. La persona madura de verdad, la persona «hecha», certifica que el idealismo juvenil es un precioso tesoro que no hay que abandonar por nada del mundo. Todos pasamos por instantes en los que parece que la vida pueda arrancarnos el entusiasmo y la fe en el bien y la verdad. Pero nada nos obliga a sacrificarlos. Si el ideal queda derrotado ante la embestida de la realidad, no quiere decir eso que aquel ideal fuera falso sino que estaba falto de fuerza; no quiere decir más que no era todavía lo suficiente explícito, puro, ni lo bastante arraigado en nuestro corazón.

La fuerza del ideal puede llegar a ser incalculable. Los ideales son pensamientos; mientras los mantenemos sólo a nivel mental su fuerza interna no es operativa, aunque le pongamos ilusión. Sólo alcanzan operatividad cuando esos ideales se encarnan, se enraízan, en un ser humano que ha trabajado por purificar sus sentimientos.

La madurez que debemos perseguir, al precio que sea, es llegar a ser cada vez más sinceros, más limpios, más pacíficos, más dedicados, más indulgentes, más comprensivos, más sabios. Y vale la pena renunciar a lo que haga falta para conseguirlo. Éste es el fuego que transforma el hierro fundible del idealismo innato de los años jóvenes en un acero inalterable de idealismo consciente capaz de perdurar toda la vida.

Llegar a reconocer con lucidez la causa de las desilusiones y de los fracasos es fuente de sabiduría. Cada hecho es el resultado de un movimiento interior u otro; si la fuerza que nos motiva es lo suficientemente poderosa, podemos tener éxito. Si es débil probablemente seguirá el fracaso. ¿Mi amor resulta impotente? Es que todavía mi capacidad de amar es poca. Quien trabaja por fortalecerse y purificarse interiormente verá como su idealismo en lugar de desaparecer con los años, se fortalece más y más y se convierte en una fuerza transformadora.

La lección vital que los adultos deberían poder transmitir a los jóvenes no será: «la realidad barrerá pronto tu idealismo», sino «¡que tu ideal se fortalezca tan profundamente en tu interior que nada en esta vida pueda arrebatártelo nunca!»
. Estrasburgo, febrero 1924

 


de: Albert Schweitzer.
SOUVENIRS DE MON ENFANCE.
Paris, Librairie Istra, 1951