Marià Corbí A un viviente que tiene un doble acceso a la realidad se le plantean dos posibilidades: una es hacer todas las construcciones culturales apoyados en nuestra condición necesitad y, por tanto, en la autorreferencia a nuestra condición de vivientes, lo cual supone que hacemos las construcciones y su gestión desde nuestra egocentración que, por las dificultades que se presentan se transforma en egoísmo. La otra posibilidad, apoyamos todas nuestras construcciones culturales en la experiencia de DA de nuestra condición humana. La humanidad, en toda su historia ha fundamentado todos los rasgos de la cultura y sus construcciones al servicio de nuestra condición de individualidades necesitadas movidas por el ego, sus necesidades y sus deseos. Desde ese individuo necesitado y egoísta se construyeron todos los tipos de organizaciones sociales, todos los colectivos, los países, etc. Toda la realidad de la tierra está ahí a nuestro servicio, dispuesta a nuestra explotación.
El efecto perverso de las creencias
Cuando las religiones proporcionan creencias y no el completo silencio del ego, fortalecen al ego con las creencias, pero al precio de someterlo.
Las creencias apuntalan al ego desde fuera, si se somete. Cuando se ofrecen certezas apoyadas en creencias sin deshacerse del ego, el resultado es más ego, aunque creyente.
Las creencias son un refugio del ego, son su agarradero más sólido.
Si las religiones insisten en las creencias, como algo intrínseco e imprescindible para el camino interior, lo están dificultando seriamente, porque exigen sumisión a formas, lo que significa la permanencia intocable de esas formas. Si las formas permanecen, el ego permanece, porque no se entra en la no forma, en la no dualidad. Así resulta que hablan y proponen la Vía, pero, a la vez, la impiden. Pocos son los que pueden escapar de esa trampa.
Esta trampa era casi inevitable en sociedades estáticas articuladas sobre creencias intocables. En ese tipo de sociedades se tenía que hablar del camino interior con términos que no contribuyeran a desprogramar al colectivo. Esa era la estructura de la religión: hablar de lo que no se puede hablar con formas intocables. Era una terrible trampa, pero una trampa inevitable en aquel tipo de culturas.
Esta ya no es nuestra situación. Ahora sabemos que hablamos de lo que no se puede hablar con formas que no son intocables y que, además, hay que abandonar lo antes posible para poder acceder a la sutilidad del sin forma, al “no dos”.
Poner el acento en las creencias es ponerlo en el poder.
Las creencias religiosas se muestran ligadas a la revelación y, por tanto, a la sumisión, a la exclusividad y a la exclusión de otras creencias. Estos hechos ligan las creencias con el poder.
Por tanto, la religión como sistema de creencias resulta ser un sistema de poder y un sistema exclusivo que excluye alternativas. Nada conveniente para una sociedad de innovación y cambio continuo en todos los niveles de la vida humana, democracia y globalización.
