Marià Corbí No es aceptable abandonar a los jóvenes porque no se sabe qué decirles que sea aceptado por ellos, o porque les predicamos con un mensaje del pasado, que pensamos que es el único válido y que no aceptan. Hay que buscar una solución urgentemente. Muchos no saben qué hacer y dan lo que tienen a personas que ya pertenecen al último tercio de la vida; a persona que, forzadas a alejarse de las formas tradicionales de la religión, por las transformaciones de las formas de vivir y de las culturas, todavía les restan no pocos elementos de la tradición. También estos están desamparados y sin ayuda. Quienes dedican su vida y sus esfuerzos a este tipo de personas hacen muy bien. Sin embargo, hay que hacer un gran esfuerzo para encontrar una solución para las generaciones futuras, porque de ellas será el mundo, la cultura, la espiritualidad y todo.
El trabajo interior no es más que perplejidad
Nadie puede describir la acción del inconcebible.
Nadie puede describir el camino hacia lo no objetivable.
Nadie puede concebir el camino al que no es “otro” de nada.
Nadie puede seguir huellas en el mar.
Nadie puede comprender la profunda atracción de “Eso” que es nada.
Nadie puede entender el amor, primero oscuro y luego claro, a lo que se nos presenta a nosotros, pobres vivientes, como nada que podamos tocar con nuestras manos.
La perplejidad es el resultado de la aproximación al Ser que es sin ser ni individuo ni individuación alguna.
La perplejidad es la cosecha de quienes caminan por la vía de la certeza sin que sea certeza de nada ni de nadie.
La perplejidad es la compañera inseparable de quien conoce sin que pueda decir qué conoce.
La perplejidad invade a quien ama sabiendo que a ama un abismo inconcebible.
La perplejidad es inevitable para el que se siente invadido de gozo, pero por todo y por nada.
La perplejidad no abandona al que se sabe asentado en la paz inconmovible de una ausencia.
La perplejidad acompaña al que siente el peso y el calor de una presencia que es una ausencia.
La perplejidad es el lote que acompaña al pobre viviente cuando se adentra en los campos infinitos del Ser-Conciencia.
La dulce perplejidad abruma a quien comprende que “el que es” es el Padre verdadero de su propio ser.
La perplejidad pacificadora invade a quien llega a comprender que su verdadero lugar de residencia y su verdadero ser es el abismo insondable de “lo que es”.
