Marià Corbí A un viviente que tiene un doble acceso a la realidad se le plantean dos posibilidades: una es hacer todas las construcciones culturales apoyados en nuestra condición necesitad y, por tanto, en la autorreferencia a nuestra condición de vivientes, lo cual supone que hacemos las construcciones y su gestión desde nuestra egocentración que, por las dificultades que se presentan se transforma en egoísmo. La otra posibilidad, apoyamos todas nuestras construcciones culturales en la experiencia de DA de nuestra condición humana. La humanidad, en toda su historia ha fundamentado todos los rasgos de la cultura y sus construcciones al servicio de nuestra condición de individualidades necesitadas movidas por el ego, sus necesidades y sus deseos. Desde ese individuo necesitado y egoísta se construyeron todos los tipos de organizaciones sociales, todos los colectivos, los países, etc. Toda la realidad de la tierra está ahí a nuestro servicio, dispuesta a nuestra explotación.
El trabajo interior no es más que perplejidad
Nadie puede describir la acción del inconcebible.
Nadie puede describir el camino hacia lo no objetivable.
Nadie puede concebir el camino al que no es “otro” de nada.
Nadie puede seguir huellas en el mar.
Nadie puede comprender la profunda atracción de “Eso” que es nada.
Nadie puede entender el amor, primero oscuro y luego claro, a lo que se nos presenta a nosotros, pobres vivientes, como nada que podamos tocar con nuestras manos.
La perplejidad es el resultado de la aproximación al Ser que es sin ser ni individuo ni individuación alguna.
La perplejidad es la cosecha de quienes caminan por la vía de la certeza sin que sea certeza de nada ni de nadie.
La perplejidad es la compañera inseparable de quien conoce sin que pueda decir qué conoce.
La perplejidad invade a quien ama sabiendo que a ama un abismo inconcebible.
La perplejidad es inevitable para el que se siente invadido de gozo, pero por todo y por nada.
La perplejidad no abandona al que se sabe asentado en la paz inconmovible de una ausencia.
La perplejidad acompaña al que siente el peso y el calor de una presencia que es una ausencia.
La perplejidad es el lote que acompaña al pobre viviente cuando se adentra en los campos infinitos del Ser-Conciencia.
La dulce perplejidad abruma a quien comprende que “el que es” es el Padre verdadero de su propio ser.
La perplejidad pacificadora invade a quien llega a comprender que su verdadero lugar de residencia y su verdadero ser es el abismo insondable de “lo que es”.
