Marià Corbí El poemario El encuentro de Marià Corbí se presenta como una meditación lírica y existencial escrita desde la conciencia de la vejez y la inminencia de la muerte. A través de una sucesión de poemas breves, el autor articula una indagación radical sobre el sentido de la existencia, el misterio del ser y la relación entre vida, muerte y absoluto. El eje central de la obra es la noción de “misterio”, entendida no como un enigma que deba resolverse, sino como la realidad última que envuelve y constituye todo lo existente. Corbí insiste en que nada es obvio ni cotidiano: todo, desde la naturaleza hasta la propia conciencia humana, es expresión de una profundidad insondable. Esta intuición atraviesa el libro y se manifiesta en la contemplación de paisajes, estaciones, animales o fenómenos cotidianos, que aparecen como revelaciones de lo absoluto.
Coro de poetas
No pensar nunca en la muerte
y dejar irse las tardes
mirando como atardece.
Ver toda la mar de frente
y no estar triste por nada
mientras el sol se arrepiente.
Y morirme de repente
el día menos pensao
ése en el que pienso siempre.
(Manuel Alcántara)
Poesía es Amargura
Miel celeste que mana
De un panal invisible
Que fabrican las almas.
Poesía es lo imposible
Hecho posible. Arpa
Que tiene en vez de cuerdas
Corazones y llamas.
Poesía es la vida
Que cruzamos con ansia
Esperando al que lleve
Sin rumbo nuestra barca.
(Federico García Lorca. Sobre un libro de versos)
He sufrido. No importa.
Ni amargura ni queja.
Entre salud y amor
Gire y zumbe el planeta.
Desemboqué en lo alto.
Vida regala vida,
Ímpetu de ascensión.
Ventura es siempre cima.
Quien dice la verdad
Es el día sereno.
El aire trasparenta
Lo que mejor entiendo.
Suenan aquí las calles
A esparcido tesoro,
A júbilo de Mayo
Que nos abraza a todos.
La luz, que nunca sufre,
Me guía bien. Dependo,
Humilde, fiel, desnudo,
De la tierra y el cielo.
(Jorge Guillén. de: Cántico)
Yo no soy yo.
Soy este
que va a mi lado sin yo verlo;
que, a veces, voy a ver,
y que, a veces, olvido.
El que calla, sereno, cuando hablo,
el que perdona, dulce, cuando odio,
el que pasea por donde no estoy,
el que quedará en pie cuando yo muera.
(Juan Ramón Jiménez)
