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3. Ser hombre de conocimiento

J. Amando Robles Robles.
Hombre y mujer de conocimiento: la propuesta de Juan Matus y Carlos Castaneda.
Heredia, CR, Euna, 2006. 165 p. ISBN 9977-65-279-1

(del capítulo 3 de: Hombre y mujer de conocimiento)

En una entrevista que el psicólogo Sam Keen hiciera a Carlos Castaneda apenas aparecido su tercer libro, Viaje a Ixtlán, y ante la pregunta «¿Cuáles son los elementos de las enseñanzas de don Juan que son importantes para usted? », su respuesta fue: «Para mí las ideas de ser guerrero y un hombre de conocimiento, junto con la eventual esperanza de ser capaz de parar el mundo, han sido más aplicables» . Más aplicables y, muy probablemente, las más importantes. Así quisiéramos destacarlo en nuestro trabajo, teniendo en cuenta que “parar el mundo” es el paso previo necesario para ver, por lo tanto para llegar a ser hombre de conocimiento . Comenzamos por la más importante de todas, por esta última.

«Hombre de conocimiento»

Para expresarlo con una frase, así como con justeza se ha dicho del Evangelio que todo él se puede resumir en un solo concepto, el de reino de Dios, las enseñanzas de don Juan se pueden resumir en el concepto y propuesta ser hombre de conocimiento. Así lo destaca el propio Carlos Castaneda en el análisis estructural que añadió como segunda parte a Las enseñanzas de don Juan.

La estructura de éstas se compondría de cuatro conceptos o unidades, siendo la primera de todas «hombre de conocimiento». Esta era la meta de sus enseñanzas, y así se lo declaró don Juan en una etapa muy temprana: «”enseñar” cómo llegar a ser un hombre de conocimiento» (EDJ, 226). Porque para don Juan conocer, aprender, saber, es también la meta de todo ser humano, su destino y su quehacer. «El hombre vive sólo para aprender. Y si aprende es porque ésa es la naturaleza de su suerte, para bien o para mal. » (EDJ, 85). «Nuestra suerte como hombres es aprender» (RA, 104), «… los seres vivientes existen solamente para acrecentar la conciencia de ser.» (FI, 62).

El día en el que don Juan le comunicó estar decidido a enseñarle los secretos que corresponden a un hombre de conocimiento(EDJ, 70), Castaneda presintió que una fase nueva de aprendizaje, seria y exigente, iba a comenzar. No se equivocaba. Tratando de evitarla adelantó la excusa de no llenar los requisitos para una tarea así, y que sería feliz de poder estar sentado allí, escuchándolo durante días enteros, sin hacer otra cosa, que para él «eso sería aprender» (EDJ, 71). Su temor tenía fundamento, solamente que la exigencia iba a ser mayor de lo que él se imaginaba. En el análisis estructural antes citado Castaneda la desagregaría en siete requerimientos: 1) llegar a ser hombre de conocimiento era asunto de aprendizaje; 2) un hombre de conocimiento poseía intención rígida; 3) un hombre de conocimiento poseía claridad de mente; 4) llegar a ser hombre de conocimiento era un asunto de labor esforzada; 5) un hombre de conocimiento era un guerrero; 6) llegar a ser hombre de conocimiento era un proceso incesante, y 7) un hombre de conocimiento tenía un aliado (EDJ, 227).

Don Juan expresaría la misma exigencia de una manera más sintética: «—Un hombre de conocimiento es alguien que ha seguido de verdad las penurias de aprender —dijo—. Un hombre que, sin apuro, sin vacilación ha ido lo más lejos que se puede en desenredar los secretos del poder y del conocimiento.» (EDJ, 106; cf. VI, 222).

Ser hombre de conocimiento, pues, es una meta muy exigente, la más exigente que se puede plantear el ser humano, pero que vale la pena, la única que vale la pena. Porque no hay otra manera de vivir o, mejor dicho, la otra manera de vivir, sin conocimiento, es muy triste y, lo que no deja de resultar irónico, demanda el mismo trabajo. De manera que «O nos hacemos infelices o nos hacemos fuertes. La cantidad de trabajo es la misma.» (VI, 256)

La vida del ser humano común es como la tarde de un domingo, al fin de cuentas vacía y efímera . Sin embargo en la vida de un hombre de conocimiento no hay vacío. Todo está lleno hasta el borde. En él no hay victoria, ni derrota, ni vacío «Todo está lleno hasta el borde y todo es igual y mi lucha valió la pena»(RA, 104). Es una meta exigente, pero llena de vida y de luz.

La condición que significa ser hombre de conocimiento quizás sea muy corta en términos de duración. Porque «Uno no es nunca en realidad un hombre de conocimiento. Más bien, uno se hace hombre de conocimiento por un instante muy corto, después de vencer a los cuatro enemigos naturales.» (EDJ, 107) . Y, encima, el camino que conduce a tal condición, eso sí es cierto, es difícil y largo (VI, 247) Pero esta experiencia, que puede ser puntual, no tiene punto de comparación con ningún otro tipo de experiencia en la vida. Es lo máximo que el ser humano puede vivir. En realidad, es todo. Cuando el ser humano adquiere la conciencia de ser todo, es que, en realidad, es todo. Es la condición que corona al ser humano.

Porque el hombre de conocimiento es el que llega a la “totalidad de sí mismo” y vive desde la “totalidad de sí mismo”. Vive la realidad y vida ordinarias, y vive la realidad y vida inmanentes o trascendentes, como quiera expresarse, a aquéllas, que el común de los mortales no sospecha. Vive la vida y realidad totales, que, como totales, constituyen para él una unidad: «… sólo un hombre de conocimiento percibe el mundo con sus sentimientos y con su voluntad y también con su ver.» (RA, 172). Después de esa totalidad no hay algo más, es lo último.

Desde esta totalidad de sí mismo, el hombre de conocimiento se percibe literalmente en un mundo maravilloso y rodeado de eternidad, la mayor sabiduría a la que uno puede dar voz, le dijo don Juan a Carlos Castaneda. «—¿Sabes que en este mismo instante estás rodeado por la eternidad? ¿Y sabes que puedes usar esa eternidad, si así lo deseas? (… …). ¿Sabes que puedes extenderte hasta el infinito en cualquiera de las direcciones que he señalado? —prosiguió—.¿Sabes que un momento puede ser la eternidad? Esto no es una adivinanza; es un hecho, pero sólo si te montas en ese momento y lo usas para llevar la totalidad de ti mismo hasta el infinito, en cualquier dirección.» (RP, 19). «Estás tratando con esa inmensidad que está allá afuera. (…) Aquí, alrededor de nosotros, está la eternidad misma.» (RP. 50).

De ahí el llamado vehemente de don Juan a Carlos Castaneda a buscar y ver las maravillas que lo rodean (EDJ, 71) y a hacerse responsable de estar en este mundo extraño. Extraño porque es estupendo, pavoroso, misterioso, impenetrable: «…mi interés ha sido convencerte de que debes hacerte responsable por estar aquí, en este maravilloso mundo, en este maravilloso desierto, en este maravilloso tiempo. Quise convencerte de que debes aprender a hacer que cada acto cuente, pues vas a estar aquí sólo un rato corto, de hecho, muy corto para presenciar todas las maravillas que existen.» (VI, 122). Tantas y de tal calidad, que no hemos agotado nada. «Templa tu espíritu, llega a ser un guerrero, aprende a ver, y entonces sabrás que no hay fin a los mundos nuevos para nuestra visión.» (RA, 178). En fin, «Cuando uno ve, no hay detalles familiares en el mundo. Todo es nuevo. Nada ha sucedido antes. ¡El mundo es increíble!» (RA, 184).

Pero además el hombre de conocimiento lo es plenamente. Ama y quiere adultamente, sin ninguna preocupación, sin ningún apego ni interés, sin ninguna obsesión ni morbidez. Tiene y vive una vida verdadera, sana, buena, fuerte. Vive de actuar, no de pensar en actuar, ni de pensar qué pensará cuando termine de actuar (RA, 100). Más aún, ha aprendido a reducir a nada sus necesidades (RA, 164). Para él sentirse pobre o necesitado, lo mismo que odiar, tener hambre o sentir dolor, es sólo un pensamiento. Porque, hombre de conocimiento, él es todo lo que ve o, mejor, lo es todo: «Un hombre que ve lo es todo» (RA, 229). Como conocimiento, conciencia pura y luz que es, para él el mundo y él mismo ya no son objetos: «El es un ser luminoso en un mundo luminoso.» (RP, 67).

En este nivel de todo, nada es lo que se puede expresar, si no es mediante metáforas y símbolos, porque nada es lo que se puede conocer en términos de nuestro conocimiento ordinario, y porque cualquier cosa en este nivel de conocimiento en realidad es nada.

¿Qué es la realidad que se ve, el mundo, los otros, la experiencia del conocimiento o ver? ¿Qué es uno mismo? Existen, son reales, son la realidad más real porque es todo. Y a la vez es nada. «¿Cómo puedo saber quién soy, cuando soy todo eso? —dijo, barriendo el entorno con un gesto de cabeza.» (VI, 36). Las cosas que se miran, que ya no son familiares, que son nuevas, lo son tanto que se vuelven nada(RA, 184). El mismo ver será algo que ni siquiera se puede pensar (RA, 101). Otro tanto hay que decir del poder personal. «No me es posible decir cómo viene ni qué es en realidad. No es nada, y sin embargo hace aparecer maravillas delante de tus propios ojos.» (VI, 143). Y sin embargo visto desde el conocimiento ordinario es inefable. De ahí la justeza de la oposición algo/nada, todo/nada, que tantas veces encontramos expresada en las enseñanzas de Juan.

Hablar de la totalidad de sí mismo, como la condición desde la que conoce y actúa el hombre y mujer de conocimiento, supone hablar de una realidad en el ser humano y en las cosas a la que no estamos acostumbrados. Nos referimos a lo que con el título de un libro Castaneda llama una «realidad aparte»

«Una realidad aparte»

Si no hubiera más realidad que la que vemos, nada de lo hasta aquí dicho sobre el hombre de conocimiento tendría sentido. ¿Qué sentido tendría ser hombre de conocimiento si no hay más realidad y mundo que los que vemos y si para conocer éstos basta con el tipo de conocimiento ordinario que ya tenemos? La posibilidad, pues, de ser hombre y mujer de conocimiento, está en la existencia de esta realidad otra, la misma que vemos, porque no hay otra, pero totalmente diferente de como la vemos.

Las enseñanzas de don Juan a Carlos Castaneda lo fueron en función de que éste llegara a conocer esta realidad. Siempre que habló en términos de hombre de conocimiento, suponía esta realidad otra y era en función de ella. El conocimiento del que don Juan le habló siempre fue el conocimiento de esta realidad. Este era el secreto de don Juan, su conocimiento. Esto es lo que quería trasmitirle o, mejor, por esto quería que Castaneda fuera hombre de conocimiento: para llegar a conocer la realidad como es, en su totalidad, y verla desde la totalidad indivisa de su ser, y no ya a partir de una función tan parcial y tan fraccionada como la razón o el pensamiento.

Al igual que en otros, en las enseñanzas de este tema don Juan mostró seguir un proceso progresivo. Primero fue la necesidad de una preparación remota, concretada en el caso de Castaneda en el uso de drogas; luego fue hablarle del ser del mundo como una descripción; y, por último, de la “realidad aparte” propiamente tal. En nuestra exposición seguiremos este mismo orden.

Como preparación remota, desde el principio don Juan conjuntó en la formación de Castaneda experiencia y teoría, práctica y discurso. Le inició en el uso de ciertas plantas alucinógenas y le habló del mundo que vemos como una percepción. Mediante las drogas Castaneda se iniciaba en la experiencia de percepciones de la realidad diferentes de las normales y más allá de ellas, y de esta manera en la experiencia de lo que el propio Carlos llamaría “estados de realidad no ordinaria” (EDJ, 40) . De esta manera validaba lo que también conceptualmente le trasmitía: que existe más realidad de la que vemos, que el mundo que creemos real, lo único real, no es nada más que un reflejo de nosotros mismos; que en la condición actual conocemos únicamente lo que previamente hemos convenido en describir como existente y como real.

El aprendizaje no podía ser más pragmático. Antes de enseñarle los secretos que corresponden a un hombre de conocimiento, por doble vía, práctica y teórica, don Juan inició a Castaneda en la experiencia de estados de realidad no ordinaria , estados de los que sería cuestión en sus primeros libros (EDJ, 44).

Concretamente se trataba de experiencias de alteración, mediante las drogas, de la personalidad (sujeto) y, por con siguiente, de la realidad. En estas experiencia aprendía y descubría cosas muy importantes y aparentemente contradictorias. Por ejemplo, que la realidad es lo que uno siente ser la realidad , y, por otra parte, que la realidad percibida en un estado de conciencia no ordinaria existe como realidad fuera de uno . Que está y que no está, que es y que no es. «Las cosas no desaparecen. No se pierden, si eso es lo que quieres decir; simplemente se vuelven nada y sin embargo siguen estando ahí.» (RA, 184-185). Aprende también que para ver la realidad, cualquier objeto, cualquier cosa, como en sí misma es, hay que verla como en sí misma es, sin imágenes, sentimientos o prejuicios previos, sin interés . De lo contrario, por más que haya logrado cambiar el estado de la conciencia, uno sólo conocerá lo que ya conocía o, mejor, lo que ya creía conocer. De esta manera lo iba preparando para el salto al ver o “estado de conciencia acrecentada”, a la aceptación y a la experiencia de la “realidad aparte”.

La experiencia tenida de la realidad y de él como sujeto mediante las drogas será doblada en todo momento de la enseñanza sobre el mundo como una descripción. Para don Juan, y así se lo advertirá incansablemente a Castaneda, lo que llamamos mundo o realidad es únicamente una descripción socializada que hemos hecho de él y en la que se nos introduce desde nuestra infancia . Pero una descripción tan fuerte, tan imperiosa y avasalladora que sustituye a la propia realidad. La descripción se convierte en la realidad y es la realidad. «El mundo de los objetos y la solidez es una manera de hacer nuestro paso por la tierra más conveniente. Es sólo una descripción creada para ayudarnos. Nosotros, o mejor dicho nuestra razón, olvida que la descripción es solamente una descripción y así atrapamos la totalidad de nosotros mismos en un círculo vicioso del que rara vez salimos en la vida.» (RP, 132) .

Lo que nos lleva a describir el mundo como lo hacemos es una fuerza, un poder; la fuerza y el poder que nos impulsan a la sobrevivencia. Don Juan la llama intento, anillo, “primer anillo de poder”. A la capacidad humana correspondiente la llamará atención y razón. Y la parte de nosotros mismos que desarrollamos en función de la realidad así concebida, y a nosotros mismos, tonal. Como fuerza y poder en función de nuestra sobrevivencia forman parte de nuestro ser y son buenas. Lo malo es cuando se erigen en nosotros en la única realidad que importa e incluso en la única realidad.

«Nosotros, los seres luminosos, nacemos con dos anillos de poder, pero sólo usamos uno para crear el mundo. Ese anillo, que se engendra al muy poco tiempo que nacemos, es la razón, y su compañera es el habla. Entre los dos urden y mantienen el mundo.» (RP, 132-133; cf. VI,291-292). En efecto, este mundo o realidad en la que nos socializamos, los reproducimos después cada quien sin descanso mediante el diálogo interno continuo que mantenemos con nosotros mismo a propósito de la realidad. De ahí la necesidad de “parar el mundo” y, para parar el mundo, “frenar nuestro diálogo interno”.

Si lo que conocemos como mundo, como realidad, es una descripción en la que no hacemos más que reflejarnos nosotros mismos con nuestras necesidades y deseos, ¿qué es la “realidad aparte”?

La expresión “realidad aparte” no es quizás la mejor, ya que fácilmente puede inducir a error, a pensar en una realidad verdaderamente aparte, propia de otro mundo, de otra existencia. En este sentido, no hay tal realidad aparte. La única realidad es la que hay, la que nosotros rápidamente, impacientes, llenos de pánico a la orfandad, nos apresuramos a describir.

La realidad aparte es esta misma realidad, el mundo y el universo que nos rodean, los otros, nosotros mismos, porque no hay otra realidad, pero vista como en sí misma es, en toda su profundidad. Con una expresión que ya hemos utilizado, es la realidad vista en su totalidad y desde nuestra totalidad. No filtrada por nuestro conocimiento, intereses ni deseos. La realidad como en sí misma es. La realidad que emerge cuando toda otra “realidad” y conocimiento han callado.

Quizás aquí se encuentre el elemento más sugerente en orden a establecer la diferencia: en el conocimiento. Cualquier otro tipo de experiencia y de realidad por difícil que resulte de alguna manera es entendible, analizable y explicable a la luz de nuestro conocimiento analítico y racional. La “realidad aparte” y la experiencia de la misma, no. Aquí el conocimiento es la conciencia pura, que sólo conoce, presencia y testifica, pero que no analiza, comprende o explica. Porque en un acto puro de conocimiento no hay nada que analizar, entender o explicar .

Una realidad que sólo se puede presenciar, vivir, testificar, pero de ninguna manera entender y expresar, porque es inefable. De ahí la expresión tan reiterada de don Juan Matus: “estar ahí y al mismo tiempo ser nada” o, “no se puede explicar”, “no hay en realidad ningún modo de hablar de eso”, “¡todo lo que miras se vuelve nada!”. «A mi modo, yo también era una lagartija, realizando otro viaje extraño. Mi destino, acaso, era sólo ver; en ese momento sentía que nunca me sería posible decir lo que había visto.» (EDJ, 143), reconocerá Castaneda en la experiencia, por lo demás bien simbólica, con las lagartijas a las que cosió los ojos.

Y sin embargo, una realidad sentida, percibida y vista con todo el ser, incluido con el propio cuerpo, y no sólo con el entendimiento, con la razón. «Las plantas de poder son sólo una ayuda —dijo don Juan—.Lo de verdad es cuando se da cuenta de que puede ver. Sólo entonces somos capaces de saber que el mundo que contemplamos cada día no es nada más que una descripción. Mi intención ha sido mostrarte eso.» (VI, 350).

«Contemplación de la otredad en el mundo de todos los días», la llamó Octavio Paz. Otredad y mismidad, diríamos nosotros. Y sigue diciendo el poeta: «Los brujos no le enseñaron (a Carlos Castaneda) el secreto de la inmortalidad ni le dieron la receta de la dicha eterna: le devolvieron la vista. Le abrieron las puertas de la otra vida. Pero la otra vida está aquí. Sí, allá está aquí, la otra realidad es el mundo de todos los días.» (EDJ, 22; paréntesis nuestro). La otra realidad en la realidad del mundo de todos los días, añadiríamos nosotros.

“Ver”

Desde el principio de mi aprendizaje, narra Castaneda, don Juan había descrito el concepto de “ver” como una capacidad especial que podía cultivarse y que permitía percibir la naturaleza “última” de las cosas (RP, 42).

En efecto, “ver” es la experiencia de conocer la “realidad aparte” o de la realidad toda, en su esencia y ultimidad, que son las cosas en su condición de permanencia y de gratuidad. “Ver” es la experiencia de la realidad como en sí misma es, incluida en esa realidad el ser humano mismo. “Ver” es la condición del hombre de conocimiento. “Ver” es la capacidad de ser esa misma realidad, por lo tanto de serlo todo. Por eso un hombre que ve lo es todo (RA, 229). De ahí la exclamación, ¡cómo puedo saber quién soy cuando soy todo¡ (VI, 36).

No hay condición humana más grande, más sublime, más última. Por lo mismo, imposible de explicar. Lo que es el “ver” es algo que no se puede ni siquiera pensar. No se puede entender. Es algo que sólo se puede ver.

Desde luego es algo muy diferente de la brujería y del poder. Don Juan ilustra muy bien la diferencia con el caso de su benefactor. Don Julián era un gran brujo, es decir tenía grandes poderes, era un guerrero hecho y derecho, su voluntad era en verdad su hazaña suprema, pero no veía. No era hombre de conocimiento. Por eso mismo tenía que vivir como guerrero, tenía que mantenerse luchando, esforzándose., mientras que «Un hombre que ve no necesita vivir como un guerrero ni como ninguna otra cosa, porque puede ver las cosas como son y dirigir su vida de acuerdo con eso.» (RA, 173).

Y es que un ser humano puede tener poder como realmente lo tiene un brujo, y voluntad como la tiene un guerrero. «Pero un hombre puede ir todavía más allá; puede aprender a ver. Al aprender a ver, ya no necesita vivir como un guerrero, ni ser brujo. Al aprender a ver, un hombre llega a ser todo llegando a ser nada.» (RA, 177).

Para don Juan los brujos o videntes antiguos de México, los que él llama toltecas, aunque hicieron grandes hallazgos en materia de conocimiento, quedaron atorados en el poder. Eran magníficos brujos pero malísimos videntes. Por eso él distinguirá siempre entre los antiguos y los nuevos videntes (FI, 25-33), y al hacerlo a lo que está apuntando es al “ver”, capacidad que caracteriza a estos últimos. Por ello, maestro de verdad, don Juan quería que Carlos aprendiera a ver (VI, 348) y no se quedara en brujo como los antiguos.

Definitivamente, “ver” no es brujería. No tiene nada que ver con las técnicas manipuladoras de los brujos. Y es error de muy graves consecuencias confundir una cosa con otra, porque las técnicas del “ver” ni buscan tener poder sobre los seres humanos ni tienen efecto alguno sobre ellos. Es más, ver es lo contrario a la brujería. «Ver le hace a uno darse cuenta de lo insignificante de todo eso» (RA, 194). Pero se comete el error apuntado cuando el “ver” o conocimiento es utilizado para tener poder. De ahí también la advertencia de don Juan de que «Lo que hacen los videntes con lo que ven es más importante que el ver en sí.» (FI, 66).

Por la misma condición de que se trata, ver no es tan sencillo, es algo muy difícil. Para comenzar, “ver” es algo totalmente diferente de “mirar” . Don Juan le advierte a Castaneda que, dado su carácter, racionalizador hasta los tuétanos como hemos dicho en otros momentos, tal vez nunca aprenda a ver, y en ese caso tendrá que vivir como guerrero toda su vida, en continua lucha y esfuerzo (RA, 173).

Supone una dedicación total, y sin embargo no es algo que se consiga a base de puro esfuerzo, como sería, por ejemplo, el mismo “ver” si se lo busca con obsesión y morbidez, como dirá don Juan tantas veces. Así entendido el “ver”, no pasa de ser una pseudotarea (RP, 312). La búsqueda del “ver” tiene que ser libre y liberadora. Tiene que estar siempre abierta a la maravilla y a la sorpresa. «Los hombres de conocimiento tienen los dos (el conocimiento y el poder). Y sin embargo ninguno de ellos podría decir cómo llegó a tenerlo; simplemente que siguieron actuando como guerreros y, en un momento, todo cambió.» (RP, 38).

“Ver”, en fin, no es tener o creer tener experiencias personales especiales, en el sentido de no ordinarias o inusitadas pero que en el fondo no hacen más que reflejar nuestro yo proyectando nuestra vida, nuestras sensaciones. Son experiencias pensadas, en las que siguen prevaleciendo los significados de la vida. A este respecto hay que tener en cuenta la advertencia de don Juan, en el sentido de que cuando uno aprende a ver, ni una sola cosa es la misma (RA, 224).

“Ver” es un sentido peculiar de saber, de saber algo, en el fondo todo, sin la menor duda. «Ver es dejar al desnudo la esencia de todo, es ser testigo de lo desconocido y vislumbrar lo que no se puede conocer, pero ello, no nos trae desahogo.» (FI, 78). Y aunque ambas son formas metafóricas de hablar, es más una cuestión de oído que de ojos.

Es algo tan sutil que no se puede pensar ni se puede decir cómo se ve (RA, 101) , sólo se puede ver. Es más, no sólo el “ver” no se puede pensar sino tampoco la realidad que se pretende “ver”. Pensar algo es la señal inequívoca de que no se está viendo. «Estás pensando en la vida. No estás viendo» (RA, 95). Por ello, tampoco es cuestión de hablar (RA, 123), la acción correlativa de pensar. Así, cuando Castaneda le pregunte a don Juan pero cómo es que se ve, la respuesta será: ¡viendo!. No hay otra forma de ver. A ver se aprende viendo, y sólo se puede saber lo que es ver, viendo. Porque, en el fondo, ver es nada. «—Ahí vas otra vez. Ya te dije: no tiene caso hablar de cómo es ver. No es nada.» (RA, 165). Y sin embargo, a la pregunta, pero cómo saber que uno ve, la respuesta será, «Sabrás. Te confundes sólo cuando hablas» (RA, 195) . Porque ver es el acto de tratar directamente con el nagual (RP, 312), con la realidad total, con el todo.

Si “ver” es hacer la experiencia de esa realidad, la más presente y a la vez la más esquiva, nada extraño que, como le pasaba a San Juan de la Cruz en la noche, a la que llamaba “soledad sonora”, también para don Juan Matus sea la oscuridad, a la que él llama “la oscuridad del día”, la mejor hora para “ver” (RA, 34). En la oscuridad nuestra visión de las cosas más fácilmente desaparece y aparece la realidad en su inmensidad.

El “ver” tiene lugar cuando nuestras visiones de las cosas desaparecen para permanecer solamente la realidad. «Ya te dije: el guardián tenía que volverse nada y sin embargo tenía que seguir parado frente a ti. Tenía que estar allí y tenía al mismo tiempo que ser nada.», ¿Absurdo? «—Sí. Pero eso es ver. No hay en realidad ningún otro modo de hablar sobre eso. Ver, como te dije antes, se aprende viendo. » (RA, 196-197).

Sólo restaría añadir que no se puede “ver” sin tener “poder personal”, esa fuerza interior que hace nos convenzamos y actuemos como corresponde. La teología cristiana ha llamado a esta fuerza y preparación gracia preveniente. Don Juan la llama poder personal, y de él es cuestión sobre todo en su obra Relatos de poder. «—No importa lo que uno revela ni lo que uno se guarda —dijo—. Todo cuanto hacemos, todo cuanto somos, descansa en nuestro poder personal. Si tenemos suficiente, una palabra que se nos diga podría ser suficiente para cambiar el curso de nuestra vida. Pero si no tenemos suficiente poder personal, se nos puede revelar la sabiduría más grande y esa revelación nos importa un ajo.» (RP, 18).

El poder personal es necesario, porque cuesta mucho cambiar. Don Juan se lo confesó a Castaneda: «Creo que para mí lo más difícil fue querer realmente cambiar» (VI, 119). Por ello, lleno de experiencia, personal y ajena, le advertirá: «Tardarás años en convencerte, y luego tardarás años en actuar como corresponde. Ojalá te quede tiempo.» (VI, 143). Y es que, aunque el conocimiento es poder, «Se necesita poder hasta para concebir lo que es el poder.» (VI, 230).

Con razón los hombres de conocimiento tienen los dos, conocimiento y poder. Aunque ambos, también qué cosa sea el poder personal, no se pueden explicar. Ambos son del orden de lo inefable.

«Parar el mundo»

Lo expresamos cuando fue cuestión de la “realidad aparte”. Si el mundo es una descripción continuamente haciéndose, a cuya reproducción nosotros estamos ininterrumpidamente contribuyendo con nuestro diálogo interior, y el “ver” consiste en la superación de esa descripción, para llegar a “ver” hay que “parar el mundo” frenando el diálogo interno. Así de lógico y así de importante. De ahí que “parar el mundo” sea un tema presente en toda propuesta de espiritualidad, no importa a qué tradición, religiosa o no, pertenezca. Es condición sine qua non para el logro de la contemplación y, en cierto modo, uno de los objetivos de ésta. Los maestros de todas las tradiciones saben de su importancia y por ello lo tematizan tanto.

Así lo es también en las enseñanzas de don Juan y, por lo mismo, en la obra de Carlos Castaneda, sobre todo a partir de Viaje al Ixtlán, obra en su mayor parte, y ello pese al título, dedicada a este tema

Según confiesa Castaneda, durante años la idea de “parar el mundo” fue para él una metáfora críptica que en realidad nada significaba. Sólo posteriormente, hacia el final de su aprendizaje, llegó a advertir por entero su amplitud e importancia, como «una de las proposiciones principales en el conocimiento de don Juan» (VI, 10), y que éste todo el tiempo le había tratado de enseñar. No era para menos, “parar el mundo” era el primer paso para “ver” (VI, 10). «Don Juan declaraba que para llegar a “ver” primero era necesario “parar el mundo”.» (VI, 15).

Parar el mundo es parar su descripción, lo que creemos que es la realidad, para poder “ver” la realidad como en sí misma es. Y esto ocurre, tiene que ocurrir, dentro de uno, no fuera, es uno el que cambia no las cosas, frenando precisamente el diálogo interno con el que continuamente estamos reproduciendo la descripción del mundo. Don Juan se le explicó a Carlos en todas las formas: «Lo que se paró ayer dentro de ti fue lo que la gente te ha estado diciendo que es el mundo.» (VI, 347). Si no se para el mundo, no se puede “ver”. Lo que se cree ver, sigue siendo el mundo que nos describen y que describimos, una proyección de nuestros deseos, de nuestro yo, por “maravillosa” que tal proyección pueda resultar. Y esto no es lo último, lo incondicional y absoluto, lo gratuito. Sigue siendo una experiencia interesada. Lo último es “ver”. «Lo de verdad es cuando el cuerpo se da cuenta de que puede ver. Sólo entonces somos capaces de saber que el mundo que contemplamos cada día no es nada más que una descripción. Mi intención ha sido mostrarte eso.» (VI, 350).

Si recordamos que la descripción que hacemos del mundo y en la que vivimos, es obra de un poder y de una fuerza, el poder y la fuerza de la realidad descrita como tal, de nosotros mismos, lo que don Juan y Castaneda llaman “primer anillo de poder”, se comprenderá la convicción y la fuerza que se requieren para salir de él. De otra manera es imposible. «El requisito previo que don Juan ponía para “parar el mundo” era que uno debía estar convencido; en otras palabras, había que aprender la nueva descripción en un sentido total, con el propósito de enfrentarla con la vieja y en tal forma romper la certeza dogmática, compartida por todos nosotros, de que la validez de nuestras percepciones, o nuestra realidad de mundo, se encuentra más allá de toda duda.» (VI, 15-16).

Enseñanza que se complementa con otra de don Juan respondiendo a la pregunta de Carlos para qué querría alguien parar el mundo: «Nadie quiere, ésa es la cosa. Nada más ocurre. Y una vez que sabes cómo es parar el mundo, te das cuenta de que hay razón para ello.» (VI, 193).

Además de convicción, hay técnicas para lograrlo: superar la importancia personal o de nuestro ego, y para ello borrar la historia personal, ver la muerte como una realidad presente, como una compañera, convencerse por lo tanto de que no hay tiempo, hacerse responsable, y otras, temas que con razón suenan comunes a las diferentes tradiciones religiosas. Por su significación inmediata para “parar el mundo”, sólo vamos a enfatizar una, el no-hacer, por lo demás de hondas resonancias taoístas.

A la descripción del mundo sigue el hacer, que refuerza la descripción o, mejor aún, describimos el mundo como lo describimos en función de lo que queremos hacer en él. De ahí que no sólo describimos el mundo sino que lo hacemos. La consecuencia, pues, de cara a poder “parar el mundo” es bien lógica y eficaz: no-hacer. «El mundo es el mundo porque tú conoces el hacer implicado en hacerlo así —dijo—. Si no conocieras su hacer, el mundo sería distinto.» (VI, 262). El no-hacer no es, pues, realmente un no hacer sino un hacer que no reproduce la descripción del mundo, un hacer que la derriba.

Castaneda narra una anécdota que lo ilustra bien. Como buen antropólogo, adicto a tomar siempre notas y más notas, don Juan y don Genaro se reían de él, hasta llegar a en medio de risas aconsejarle que, ya que le gustaba escribir tanto, escribiera con la punta del dedo en vez de con el bolígrafo. El se molestó al sentir el consejo una broma falta de respeto. Posteriormente cayó en la cuenta de lo pertinente que era la enseñanza implícita en la propuesta(DA, 33). Más él escribía y escribía, más excitaba su diálogo interno y más reproducía el mundo que ya conocía, más lejos estaba de “parar el mundo” y mucho más lejos de “ver”. Para llegar a esta meta era más pertinente el silencio de no escribir, el no-hacer, que el escribir y pensar.

Los ejemplos que le pusieron fueron muchos. De hecho hay tantos no-hacer como hacer. De cualquier hacer se puede hacer un no-hacer. Como cualquier técnica, lo importante es dominarla y saber que no es un fin en sí sino un medio, aunque un medio necesario. «No-hacer es muy sencillo pero muy difícil —dijo—. No es cosa de entenderlo, sino de dominarlo. Ver, por supuesto, es la hazaña final de un hombre de conocimiento, y sólo se logra ver cuando uno ha parado el mundo a través de la técnica de no-hacer.» (VI, 269). «Ahora, si quieres parar el mundo, debes parar el hacer.» (VI, 263).

Los cuatro enemigos

No hay propuesta de espiritualidad digna de este nombre que no sepa de obstáculos, de dificultades y de enemigos. Por ello todas las propuestas hablan de ellos. La propuesta de don Juan y de Castaneda también. Y para ellos los enemigos, así los llaman, que en el camino del conocimiento enfrenta el ser humano que se propone esta meta, son cuatro: el miedo, la claridad, el poder y la vejez (EDJ, 108-112). Se trata de cuatro enemigos “naturales”, esto es, verdaderos, que es natural que existan, que todo hombre y mujer que emprenden el camino del conocimiento sienten, pero que hay que luchar contra ellos y vencerlos. De que se los venza o no depende el que se llegue o no a ser hombre de conocimiento. No hay otra alternativa.

La penetración psicológica de don Juan al respecto está a la altura de los grandes maestros. Por otra parte con su penetración no hace más que revelar el concepto exigente y profundo que él tiene del conocimiento como realización plena del ser humano. Nos limitamos a enfatizarla.

El miedo es el primer enemigo natural a hacerse presente y a vencer. Lo hemos visto reiteradamente en el caso de Carlos Castaneda, un caso verdaderamente emblemático. Porque, aparte las exigencias morales que conlleva, en su caso sobre todo implicaba el paso de un sistema cognitivo, el único válido para él, con todo lo que esto significa, a otro. Pero se trata de un miedo universal por lo que siempre implica de conversión y de cambio, un miedo que sólo se supera pasando por él. No hay otra alternativa, si se quiere llegar a ser hombre de conocimiento. De hecho, en este primer momento ya muchos abandonan.

Una vez conquistado el miedo, cosa que demanda su proceso y a la vez ocurre de una vez, el ser humano lo vence porque adquiere claridad: una claridad de mente que borra el miedo. Pero pronto ésta se convierte en obstáculo. Es mucha la seguridad que da para ponerla en riesgo. Por eso se da un aferramiento a ella, y por lo tanto una situación de fijación y estancamiento. Muchas veces cuando Castananeda le expresa a don Juan que tiene miedo, le responderá que lo que él teme es perder su “claridad”, la claridad de su razón y la nueva claridad que iba consiguiendo en su aprendizaje (RA, 133). Esta claridad no es para nada el conocimiento que hay que perseguir. Hay que desafiarla usándola únicamente como medio para seguir avanzando.

Un tercer enemigo es el poder. Cada cultura produce sus formas. En su momento aludimos al poder que según don Juan Matus caracterizó a los videntes o brujos del antiguo México. Tuvieron mucho, pero se quedaron solamente en eso, en hombres con poderes especiales, en brujos. No llegaron a ser hombres de conocimiento. Hoy día el poder puede ser prestigio, reconocimiento, renombre, la misma experiencia espiritual como una mistificación, pero el poder como enemigo sigue siendo muy real. Para don Juan, se trata del enemigo más fuerte. Un ser humano que sucumbe al poder, no tiene dominio sobre sí y, buena prueba de ello, tiene miedo ante su propia muerte.

En fin, el cuarto enemigo es la vejez, el más cruel de todos, el único que no se puede vencer por completo, dice don Juan. Se han vencido los demás enemigos, pero se hace tedioso llegar hasta el final; se experimenta un deseo de quedarse en lo logrado, de repetirse, de no seguir buscando, creando. Hay un sentimiento de cansancio. Pero sólo llegando hasta al final se es hombre de conocimiento.

La vejez tiene otras manifestaciones, que suelen darse mucho antes, desde el puro comienzo. Son las manifestaciones de falta de poder, de desánimo e incluso abatimiento, ante la gran tarea que avizora. No es tanto el miedo a cambiar como la falta de energía para hacerlo, falta que se acrecienta con el paso del tiempo. De ahí la necesidad de contar con poder personal, de contar con una cierta juventud de espíritu.

Los cuatro enemigos son formidables, de verdad poderosos. De ahí la necesidad para ser hombre de conocimiento de desafiarlos y vencerlos. Pero por otra parte, con el mismo aplomo don Juan asegura que quien los venza puede llamarse hombre de conocimiento.

Tarea ardua

Como se ve, la tarea es ardua, demanda mucho esfuerzo. Cada vez que un hombre se propone aprender, tiene que esforzarse como el que más, le dirá don Juan a Castaneda. Ser hombre de conocimiento es la tarea más difícil que un ser humano puede echarse encima (EDJ, 74).

De una manera provocadora, estilo tan propio de los maestros, don Juan le dirá a Carlos Ccastaneda que sólo a un chiflado se le ocurriría emprender por cuenta propia la tarea de hacerse hombre de conocimiento, que a uno cuerdo hay que engañarlo. Y que si bien hay muchos que acometerían con gusto la tarea, éstos no cuentan. Casi siempre están rajados. Son calabazas o cuencos que por fuera se ven en buen estado, pero que comenzarán a gotear tan pronto se los llene de agua y se los presiones (RA, 35). En expresión recogida en los evangelios, muchos son los llamados y pocos los escogidos

Pero hay otra aseveración de don Juan más patética, y que dice así: «la experiencia que tengo de mis semejantes me ha mostrado que pocos, poquísimos de ellos estarían dispuestos a escuchar; y de los pocos que escuchan, menos aún estarían dispuestos a actuar de acuerdo a lo que han escuchado; y de aquellos que están dispuestos a actuar, menos aún tienen suficiente poder personal para sacar provecho de sus actos.» (RP, 303)

Y sin embargo aprender es nuestro destino, y ser hombres y mujeres de conocimiento, nuestra única alternativa viable. Es nuestro destino. De hecho, para bien o para mal, siempre estamos aprendiendo, le recordará don Juan a Carlos. ¿Qué sentido tiene, pues, aprender cosas inútiles? Por más aterrorizante que sea el aprendizaje, es más terrible ser un hombre sin conocimiento. El hombre de conocimiento es el único que vive una vida verdadera. Una vida con la certeza nítida de estar viviéndola; una vida sana, buena, feliz, fuerte.

La tarea de conocer y ser hombre de conocimiento ha quedado personalizada en don Juan. «Usted no es igual a ninguno de nosotros, don Juan —dije—. Usted es un espejo que no refleja nuestras imágenes. Usted ya está fuera de nuestro alcance. / — Lo que estás presenciando es el resultado de una lucha que toma toda una vida —dijo—. Lo que ves es un brujo que finalmente ha aprendido a seguir los designios del espíritu. Y eso es todo.» (CS, 238).

Pero ya estos temas, enemigos, tarea ardua y lucha, además de habernos ayudado a apreciar mejor lo que en las enseñanzas de don Juan significa ser hombre de conocimiento, nos llevan a hablar de otro de los grandes temas retenidos por Carlos Castaneda como más importantes para él en las enseñanzas de don Juan: ser guerrero.



Las enseñanzas de don Juan. Una forma yaqui de conocimiento, 1968.
Una realidad aparte. Nuevas conversaciones con don Juan , 1971.
Viaje a Ixtlán. Las lecciones de don Juan, 1972.
Relatos de poder. Las lecciones de don Juan, 1974.
El segundo anillo de poder, 1977.
El don del Aguila, 1981.
El fuego interno, 1984.
El conocimiento silencioso, 1987.
El arte de ensoñar, 1993.
Pases mágicos, 1998.
La rueda del tiempo, 1998.
El lado activo del infinito, 1998.

OBRAS DE CARLOS CASTANEDA CITADAS POR SIGLAS

AE El arte de ensoñar, Emecé Editores, Buenos Aires 1998
CS El conocimiento silencioso, Gaia Ediciones, 4ª ed. Madrid 1998.
DA El don del Aguila, Gaia Ediciones, 3ª ed. Madrid 1998.
EDJ Enseñanzas de don Juan, F.C.E., México-Madrid 1974.
FI El fuego interno, Gaia Ediciones, 2ª ed. Madrid 1997.
LAI El lado activo del infinito, Suma de Letras S.L., Madrid 2001.
PM Pases mágicos, Ediciones Martínez Roca, 2ª ed. Barcelona 1998.
RA Una realidad aparte, F.C.E., México-Madrid 1974.
RP Relatos de poder, F.C.E., México-Madrid 1976.
RT La rueda del tiempo, Gaia Ediciones, Madrid 1998.
SAP El segundo anillo de poder, Gaia Ediciones, 2ª ed. Madrid 1997.
VI Viaje a Ixtlán, F.C.E., México 1975.

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