Rita Levi-Montalcini

El missatge de Primo Levi

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Prego al lector que no busqui missatges. És una idea que detesto, que m’incomoda, que em fa sentir com el que no sóc, com una classe de persones de les que recelo, profetes, endevins, visionaris. No sóc com ells. -Primo Levi, octubre 1986-
[…] L’extraordinària força del teu missatge, Primo, no es deu ni al to profètic, que et repugna, ni a la novetat del seu contingut. Altres abans que tu denunciaren i altres després que tu denunciaran les tràgiques conseqüències de la devoció servil, de l’obediència incondicional, la total acceptació

 

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 […] La extraordinaria fuerza de tu mensaje, Primo, no se debe ni al tono profético, que te repugna, ni a la novedad de su contenido. Otros antes que tú denunciaron y otros después que tú denunciarán las trágicas consecuencias de la devoción servil, la obediencia incondicional, la total aceptación de órdenes dadas por fanáticos y paranoicos caudillos de pueblos. Pero ninguno lo ha hecho con tanto sentimiento y eficacia, con un análisis tan implacable de la mentalidad y los motivos que llevan a criminales como el comandante en jefe de Auschwitz a actuar como actuó, con tanta serenidad y falta de odio. Y nadie como tú ha denunciado “la facilidad con que el bien puede rendirse al mal, dejarse hostigar y finalmente vencer por él”, sobreviviendo, como en el caso de los criminales que examinas, “en pequeñas islas grotescas, en una ordenada vida familiar, en el amor por la naturaleza, en un moralismo victoriano”.

Rudolf Höss, el comandante de Auschwitz, “uno de los más grandes criminales que han existido”, como tú lo defines, “no era, con todo, de naturaleza distinta a la de cualquier otro burgués de cualquier otro país: no lleva su culpa inscrita en el patrimonio genético, ni en el haber nacido alemán, su culpa consiste en no haber insistido a la presión que un ambiente violento ejerció sobre él ya antes de que Hitler subiera al poder”.

Meditando en tus escritos, cabe preguntarse: ¿es legítimo elogiar la imperfección, es decir, el rasgo dominante del comportamiento del Homo sapiens, imperfección que se revela no sólo en los momentos críticos de su historia, cuando –como tú dices- la vida de cientos de miles de seres humanos queda a merced de abyectos y crueles siervos de déspotas, sino también en la vida corriente, en que, por vanidad, afán de poder o simple sumisión al poderoso, se manifiestan los aspectos más deplorables de la naturaleza humana?

Si la disparidad evolutiva entre las facultades intelectuales y las emotivas de nuestros sistemas cerebrales son la consecuencia de procesos biológicos de los que no somos responsables, ¿podemos pese a todo alegrarnos de pertenecer a una especie tan expuesta a las trágicas consecuencias del predominio de las facultades emotivas sobre las cognitivas?

Porque junto a los millones de individuos que portan los estigmas de esta falta de armonía y pertenecen a lo que tú llamas “la zona gris”, hay miles que no se han rendido a las torturas ni a la muerte y han mantenido encendida la antorcha de la esperanza e iluminado a sus compañeros de desventura. Tú fuiste uno de ellos, Primo, cuando a Jean, tu joven compañero, que no entendía italiano y estuvo contigo en el infierno de Auschwitz, le explicabas el significado de la admonición del Ulises dantesco, que para vosotros era como la misma voz de Dios:

Considerad vuestra estirpe: no fuisteis hechos para vivir como animales

Tu exhortación a Jean, a todos nosotros, a los que aún no han nacido, ha superado milagrosamente los mil obstáculos que se oponían a su difusión y a la supervivencia de quien la enunció.

Muchos la han escuchado y quiero creer que muchos más la escucharán en el futuro. Tu mensaje es un mensaje laico “a lo Spinoza” lleno de una profunda conciencia del mal que unos seres humanos pueden infligir a otros, pero también de esperanza, pues quien lo concibió en la más profunda desesperación, como tú lo concebiste, supo mantener intactas las más elevadas cualidades humanas y salir de aquel abismo con la frente alta y el espíritu puro.

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de: Rita Levi-Montalcini. Elogio de la imperfección. Las memorias de la premio Nobel de Medicina 1986. Tusquets, 2011. pgs. 278-279.