Mark C. Taylor

Guía de perplejos

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Selección del capítulo 8, “Una ética sin absolutos”, del libro: Después de Dios: la religión y las redes de la ciencia, el arte, las finanzas y la política. Madrid, Siruela, 2011. pgs. 391-403. Saber más: www.siruela.com/archivos/fragmentos/DespuesdeDiosfrag.pdf

Una sensación de crisis domina el mundo de hoy. A medida que las antiguas figuras y patrones se desmoronan, se percibe que nos encontramos en un punto crítico, pero aún no se pueden discernir los contornos del llamado nuevo orden mundial. este malestar no es el simple resultado de la ansiedad que acompaña y caracteriza al nuevo milenio. Más bien hay una creciente conciencia de que las estructuras mismas que constituyen el mundo cambian cada vez más deprisa, de modo que la realidad misma se transforma de manera inesperada. Estos momentos de transición tienden a generar inseguridad e incertidumbre. En nuestros días, como en la época de Lutero, el suelo se abre bajo nuestros pies y todo el mundo trata de encontrar un fundamento firme que, una vez más, pueda proporcionar sentido y propósito a la vida. Con un presente inquietante y un futuro incierto, muchos de los perplejos se vuelven hacia el pasado para encontrar una guía. Si los cambios que están teniendo lugar son, de hecho, radicales, esta estrategia está condenada al fracaso. Los antiguos mapas no pueden proporcionar una guía correcta para los nuevos territorios.

[…] es necesario desarrollar una ética global de la vida que pueda guiar las decisiones individuales e impulsar políticas sociales desde el nivel local hasta el internacional. Para lograr este ambicioso objetivo, no es suficiente criticar y oponerse a posturas que se consideran problemáticas, porque, como Kierkegaard observó una vez, hacer lo contrario también es una forma de imitación. Lo que se necesita es una concienzuda reformulación de las cuestiones para articular una nueva visión del mundo que no sólo nos ayude a entender el lugar que ocupamos en él, sino que también proporcione una serie e principios rectores que nos sirvan para manejar conflictos que a menudo parecen inmanejables. He estado planteando este esquema alternativo desde el principio del libro. […] La cuestión es: ¿cuál es el “debería ser” que el “es” alberga? Si, como he sostenido, la vida es una red adaptativa compleja en la que todo es codependiente y coevoluciona, el absolutismo debe dejar paso al relacionalismo. En la red infinita de la vida, nada es absoluto porque todo está relacionado. […] El relacionalismo proporciona los contornos dentro de los cuales puede articularse una ética de la vida global adecuada para la naciente cultura de redes. […]

Teniendo presentes estas ideas, cuatro principios rectores deberían guiar a los perplejos cuando intentan formular políticas y programas en la cultura de redes.

1. Abrazar la complejidad

Aunque la creciente complejidad puede resultar abrumadora, también puede enriquecer la vida al estimular las diferencias creadoras. Los que consideran que la complejidad es amenazante tratan de evitar lo extraño y protegen lo conocido manteniéndolo todo igual. Sin embargo, en la medida en que la identidad y la diferencia, la unicidad y la multiplicidad, la unidad y la pluralidad no son opuestos excluyentes, sino codependientes, la producción de diferencias en redes complejas no tiene por qué conducir al conflicto. Una mayor diversidad puede fortalecer la vida y hacer que los sistemas naturales, sociales, culturales y tecnológicos sean más sólidos, de modo que aumente su viabilidad. En cambio, la reducción de la heterogeneidad a la homogeneidad hace que los sistemas sean más frágiles y vulnerables. Para los que aprecian el valor de la complejidad, la sutileza y los matices son virtudes importantes. En un mundo dominado por la lógica excluyente del o/o, la insistencia en que las cosas no son ni simplemente de esta manera ni de la otra se tilda demasiado a menudo de confusión mental que no resuelve nada, que debe ser rechazada en nombre de la claridad que se supone que requiere la acción decidida. Pero la claridad no es, necesariamente, una virtud, y la decidibilidad puede ser destructora en un mundo complejo en el que las cosas no siempre son claras.

2. Promover la cooperación tanto como la competencia

Desde el nivel molecular hasta el humano, la vida, según hemos descubierto, supone tanto la cooperación como la competencia. La combinación de una concepción simplificada de la individualidad autónoma con la teoría de la evolución de Darwin y la economía política de Smith ha llevado a privilegiar la competencia por encima de la cooperación en todos los reinos de la vida. Las diferentes versiones de estos esquemas “musculares” presuponen, y a la vez promueven, la lógica dualista del o/o, que, cuando se lleva al extremo, degenera en un conflicto destructor. Aunque la competencia es necesaria para todo organismo, organización o sistema sano, es fatal si no se atenúa con la cooperación. A medida que aumenta la interdependencia, se hace más importante promover estrategias de cooperación.

3. Aceptar la volatilidad

Aunque la volatilidad y la inseguridad que acompañan a una mayor complejidad pueden ser destructoras, también son condiciones necesarias para la creatividad. La creatividad emerge entre el exceso y la insuficiencia de orden. Por un lado, la seguridad engendra estancamiento, lo cual tiende  a reprimir la infinita agitación de la vida y, por otro lado, la vida es imposible cuando el orden se disuelve por completo. Como la emergencia creadora ocurre en condiciones lejanas al equilibrio, la volatilidad y la inestabilidad que engendra proporcionan oportunidades que no tienen por qué ser amenazantes. Puesto que las acciones y los acontecimientos genuinamente creadores desestabilizan de forma inevitable los sistemas y estructuras, cierta deconstrucción es un momento necesario de todo proceso constructor.

4. Cultivar la incertidumbre

La certeza es el síntoma de la muerte; la incertidumbre, el pulso de la vida. La muerte es posible, por supuesto, antes del final de la vida; la muerte en vida ocurre cuando parece que se han agotado las posibilidades porque el futuro no es otra cosa que la repetición del pasado. Esta condición es la desesperación (latín desperare: de-, “inversión”; sperare, “tener esperanza”): sufrir la desesperación es no tener esperanza. La esperanza es la huella fugaz de la apertura inagotable de los sistemas y estructuras sin los cuales la vida es imposible. Sin la incertidumbre, no hay futuro, y sin un futuro, no hay esperanza. Alimentar la incertidumbre sirve como correctivo terapéutico para toda verdad que se pretende absoluta. Puesto que la incertidumbre señala el huidizo horizonte de la vida, el futuro se ve menos amenazado por los que dudan que por los que verdaderamente creen e insisten en que su vía es la única vía. Puesto que el conocimiento inevitablemente incluye, como condición de su propia posibilidad, lo que es incomprensible, siempre es incompleto. El reconocimiento de este carácter incompleto deriva en la docta ignorancia que nos mantiene abiertos a lo inesperado, que es el regalo del futuro.

 

Cuando se toman en conjunto, estos cuatro principios sugieren que la única ética adecuada para la emergente cultura de redes es una ética sin absolutos. Los principios rectores del relacionalismo ponen en cuestión lo que he identificado como los principios más importantes que moldean gran parte de la moral personal y de la política pública en la actualidad.

1. Dualismo

El relacionalismo sustituye el o/o del absolutismo con el ni/ni que subvierte las oposiciones claras. El reconocimiento de la complejidad no necesariamente conduce a la indecibilidad, sino que puede promover unas decisiones deliberadas que sean sensibles a sus limitaciones inevitables, así como a la posibilidad de sus ramificaciones impredecibles.

2. Fundacionalismo

No parece haber ningún fondo o fundamento subyacente que pueda garantizar el sentido y propósito de la vida. Más precisamente, el fundamento infundamentado del que todo emerge y al que todo vuelve (sin llegar a cerrar el círculo) se acerca retirándose, de tal manera que pone en cuestión todo fundamento que parecía seguro. La ausencia de fondo deriva en la interminable agitación de la vida, en la que todo está en movimiento y en la que (el) todo fluye.

3. Proliferación de posibilidades de elección

Aunque la decisión libre es definitoria de la subjetividad, la elección no es un fin en sí mismo. La proliferación de las posibilidades de elección no tiene ninguna consecuencia si su contenido es trivial o, incluso, destructor. Lo que se elige es tan importante como el hecho de elegir. Además, en un mundo interconectado, la limitación de las posibilidades de elección es, a veces, un bien común y, como tal, puede ser un imperativo ético. En la sociedad contemporánea, la ideología de la elección promueve un consumismo que amenaza con escapar al control, En esta situación, limitar las alternativas estableciendo razonables parámetros de restricción puede, en realidad, promover la creatividad.

4. Regulación y desregulación

Lutero lo formuló claramente: desregular lo privado y, cuando sea necesario, regular lo público. La ideología neoconservadora y neoliberal de la desregulación descansa sobre un desencaminado fundamentalismo de mercado que supone una antropología equivocada, Se cree que el mercado es, como el Dios trascendente, omnisciente, omnipotente y omnipresente, y en tanto que los seres humanos tienen un conocimiento limitado, las intervenciones de éstos son, inevitablemente, contraproducentes. Si el mercado sabe lo que es mejor, la política más prudente es dejarlo funcionar por sí solo. Esta línea de análisis presupone una relación externa entre los agentes individuales y el sistema económico en su conjunto que es, simplemente errónea. Las redes y los sujetos se relacionan íntegramente, más que externamente. En consecuencia, la acción humana es la autodeterminación del mismo sistema, y no una intervención externa en una estructura aparentemente autónoma. En los bucles no lineales de las redes adaptativas complejas, los diferentes esquemas proporcionan regulación en cada nivel. A medida que la red de redes se hace consciente de sí misma en la conciencia y la autoconciencia humanas, la regulación se hace deliberada y debe ser guiada por normas elegidas con cuidado. La cuestión, pues, no es si hay que regular o no, sino qué principios deberían guiar la regulación. Como el conocimiento es necesariamente limitado y los efectos pueden ser desproporcionados con respecto a sus causas, todas las decisiones reguladoras y desreguladoras deben hacerse con extrema precaución. Si, como he sostenido, la trayectoria del proceso evolutivo va hacia una mayor conectividad, cada vez será más urgente desarrollar una ética sin absolutos que pueda sostener y enriquecer la infinita complejidad de la vida.

 

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Mark C. Taylor (Plainfield, Nueva Jersey, 1945), filósofo de las religiones y colaborador de The New York Times y Los Angeles Times, estudió en la Universidad de Harvard y es catedrático de religión. Desde 2007 es director del departamento de Religión de la universidad de Columbia. Ha escrito una veintena de libros sobre teología, filosofía, arquitectura, tecnología, etc., entre ellos About Religion: Economies of Faith in Virtual Culture (1999), The Moment of Complexity (2003), Mystic Bones (2006) o Field notes from elsewhere. Reflections on dying and living (2009)